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lunes, mayo 28, 2007

La ruta de Hemingway

Por Luis Ubeda (CubAhora)

Más de cuatro siglos después, la II Guerra Mundial asoló el planeta y esta zona, a tira de piedra del Canal Viejo de Bahamas y paso obligado de convoyes atestados de combustibles y mercancías para las tropas aliadas, devino coto de caza de los U-boots nazis.

A un renombrado escritor norteamericano que vivía en San Francisco de Paula, en las afueras de La Habana, se le ocurrió nuclear a un grupo de hombres tan amigos de la aventura como él, enrolarlos en su yate y patrullar la costa norte de Cuba, desde cayo Paraíso, en el occidente, hasta cayo Sabinal, antesala de la bahía de Nuevitas.

Fue así como durante veinte meses, Ernest Hemingway, el yate Pilar disfrazado de barco de investigaciones científicas y siete u ocho de sus "alter ego", armados con ametralladoras de mano, bazukas y granadas, cumplieron una misión que, con carácter póstumo, fue develada en la novela Islas en el golfo.

Nunca pudieron hundir un submarino; empero, a 63 años de aquel episodio, la aureola de Thomas Jordan-Ernest Hemingway y de su amigo y capitán del Pilar, Antonio Gregorio Fuentes, perdura en los Jardines del Rey, y muchos visitan el polo turístico del mismo nombre atraídos por La Ruta de Hemingway.

EL PARAÍSO TERRENAL

"Era un cayo maravilloso cuando el viento del este soplaba de noche y día, y se podía caminar dos días seguidos con un fusil y se estaba en buena tierra. Era un territorio tan virgen como cuando Colón llegó a estas costas. Pero en cuanto el viento amainaba, los mosquitos avanzaban en nubes desde los pantanos. Decir que venían en nubes, pensó, no es una metáfora" (Islas en el golfo).

En mis múltiples andanzas por los escenarios pesqueros como periodista de la revista Mar y Pesca, comprobé en piel propia que las 66 palabras empleadas por el escritor para dibujar a Cayo Romano no era "metáfora". Y hasta pude entrevistar a un hombre que lo conoció en aquella etapa, el pescador de quelonios Alcides Fals.

Exhumando notas y revistas di con el bien nombrado por entonces Rey de la Cayería. A finales de los setentas, Alcides parecía frisar las seis décadas. Ni alto ni bajo, magro de carnes, cabello y barba níveos y unos pies enormes, tal vez propios de quien ha vivido más de cincuenta años sobre las tablas de un bote, la tórrida arena o el afilado "diente de perro".

Admitió que seguía enamorado de "su" cayo. En él le habían nacido diez hijos –la mitad hembras–, "pero solo uno, Robertico, se ha dedicado a la pesca, pues el resto emigró para la tierra firme… Claro, la vida en el cayo es difícil, muy difícil, pero de aquí solo me voy con los pies por delante…"

Después hablamos de Hemingway. Cito: "Ellos se aparecían por aquí a cada rato cuando la guerra. Fondeaban el barco y venían a tierra. Él era un hombre grandote, de buen carácter, muy preguntón, vaya, no parecía americano. Zoila Marina, mi mujer, les lavaba la ropa y pagaba muy bien, y también me compraba careyes y tortugas para disecarlos. Era coloradote, y Gregorio, el patrón de su barco, no le perdía ni pie ni pisada".

Inquirí si había ido a bordo del Pilar y visto las armas: "Amigo, fui a bordo varias veces, pero nunca vi ni un revólver. Mucho tiempo después me enteré que ellos buscaban submarinos alemanes, pero de eso él ni los demás hablaban. Yo les llevaba cocos y preparaban saoco, pero él lo que bebía era whisky. Y sí, dicen que por aquí andaban los alemanes esos, pero tampoco los vi; más exactamente dicen que era por cayo Guillermo, al oeste de aquí, y que cazaban reses y puercos jíbaros y sacaban agua de las casimbas de la orilla. Pero le repito que nunca los vi…"

ANÉCDOTAS

"Gregorio Fuentes es el piloto del Pilar desde 1938. Ha cumplido los cincuenta este verano, y vino de la Isla de Lanzarote a la edad de cuatro años. Nos conocimos en Dry Tortuga en 1928; entonces era patrón de una lancha pesquera; allí corrimos una tempestad con fuerte nordeste. Estuvimos a bordo de su embarcación con objeto de comprarle unas cebollas. No quiso cobrárnoslas y nos agasajó con ron. Recuerdo que su embarcación era la más limpia que he visto" (El Gran Río Azul, Holiday, julio de 1949).

Veinticinco años después de escritas estas líneas conversé por primera vez con Gregorio Fuentes, el Capitán Grigorine –como cariñosamente le nombraba el autor de El viejo y el mar–, o también, en honor a su profesionalidad, "el pilar del Pilar".

El ya hombre-leyenda tenía 77 años muy bien llevados y un inusual brillo en los ojos azules. Sentados en la acogedora sala de su casa en Cojímar, villorrio al este de la capital habanera, largó el ancla de sus recuerdos entre sorbos de ron y nubes de un soberbio tabaco…

"¿Sabe una cosa? Cada vez que zarpábamos de cualquier parte, Papa me decía: ¡Capitán Grigorine, hágase cargo del departamento etílico! Ja, ja, ja, Papa era mucho hombre. Algunos creen que nuestro patrullaje durante la guerra era para practicar tiro, pescar y beber… ¡No señor! A bordo teníamos un sonar, y varias veces detectamos submarinos y el radista lo comunicó a la base aeronaval yanqui. Incluso una vez un bicho de esos emergió como a media milla de nosotros, que estábamos al pairo. Papa ordenó prepararse para el combate, pero parece que los tipos vieron que era un yatecito de mierda y ni caso nos hicieron. ¡Coño, si se acercan, les hubiéramos caído a granadas y bazukazos!

Y sigue recordando don Gregorio: "Una vez estábamos atracados al Club Náutico Internacional de La Habana, y de repente me dice: "Viejo, ¿tú sabes lo que es un amigo? Yo le contesto: Usted y yo somos amigos. Y dice él: Dos amigos equivalen a dos historias que se unen… Jamás se me olvidarán esas palabras…"

Tal vez la más profunda de estas reminiscencias ocurrió a fines de los cincuentas, rebasando Gregorio los 60 años y Hemingway pisándole los talones. Con más de media botella de Haig & Haig cada uno entre pecho y espalda, filosofaban sobre la vida y la muerte en la popa del yate, a la espera de que el chasquido de los "outriggers" anunciara pesca.

"Entonces Papa me dice: Hemos tenido un buen barco, Grigorine. Un barco de gasolina, de los que ya no se fabrican. Pero nunca ha presentado un incendio a bordo. Con este barco enfrentamos las tormentas y capturamos los peces de la Corriente del Golfo. Con él estuvimos en la persecución de los lobos alemanes.

"Ah –le digo–, yo tengo una idea. Vamos a ver quién se muere primero. Si le toca a usted, me hago cargo del barco. Pienso ponerlo en Finca Vigía, en una casa de cristal: el barco lo voy a preparar como siempre, con la caña de pescar, un vaso de ron, un libro abierto y las horas para escribir y su pluma, y con una estatua suya.

"Y me contesta él: Está bien, viejo, me gusta la idea…"

Desde hace mucho tiempo la profecía se cumplió. En Finca Vigía está anclado hasta la eternidad el yate que Hemingway le dejó a Gregorio, estimado entonces en medio millón de dólares pero cuyo precio sentimental no puede valorarse. "No hay dinero para eso", me aseguró en 1985.

Finalmente, el 13 de enero de 2002, a los 104 años de edad, Gregorio Fuentes ancló para siempre su nave. Hemingway lo había precedido el 2 de julio de 1961, tras el escopetazo en Ketchum, Idaho.

A partir de entonces la muerte los emparejó. Y quién quita que a bordo de un Pilar etéreo que curricanea entre nubes de espuma y los inconfundibles "outriggers" desplazándose entre petos y "blue marlins", a cada rato se escuche al escritor decir: "Capitán Grigorine, hágase cargo del departamento etílico…"

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