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martes, noviembre 12, 2013

ADIÓS A TERESITA FERNÁNDEZ, LA VOZ QUE DIBUJÓ NUESTRA INFANCIA

Por Michel Hernández (Granma)

Foto: Yánder Zamora
Ha muerto a los 82 años la niña eterna de ojos de luna. La trovadora irreverente y sabia que realmente hizo honor a ese título viviendo con una extraordinaria honestidad. La valiente y verdadera martiana que afirmaba que la vida no vale nada si no se es bueno, si no somos coherentes en nuestros hechos, con lo que decimos a diario, si no tratamos a nuestros coterráneos con profunda humildad, sinceridad y cariño. La artista de espíritu libre y nómada que siempre tuvo la certeza de que esta vida material solamente es pasajera, para enseñarnos desde la infancia que para ser grandes teníamos que descubrir hasta el más oculto vericueto de la sensibilidad de las pequeñas cosas; y encontrar la felicidad en la realización de alguna buena acción en nuestra existencia diaria, sin engañar nunca a otros en busca del beneficio propio.

Ha muerto Teresita Fernández cuando más la necesitábamos, cuando a los que tuvimos la fortuna de crecer con sus canciones nos embarga la enorme preocupación de que las nuevas generaciones —sobre todos los adolescentes— no tienen una auténtica Teresita que los ayude a levantar los cimientos de su educación espiritual. Un vacío que se notará realmente cuando los más jóvenes de hoy crezcan y miren hacia atrás (si lo hacen), y descubran que no tienen mucho que les recuerde que un día también fueron niños.

A pesar de que los medios no aportan demasiado a que se conozca su obra, compuesta por más de 500 canciones para niños y adultos y 28 rondas musicalizadas de Gabriela Mistral, hay cantautores que, por suerte, mantienen vivo su legado como Kiki Corona y especialmente Liuba María Hevia, una destacada discípula de Teresita que en cada concierto le habla a los niños de esa extraordinaria mujer de pelo como la espuma y mirada sabia que convirtió la humildad en orgullo y vivió con el regocijo de haber sostenido su creación sobre las buenas acciones; de haber sido fiel a su filosofía de vida; de haber creado una obra que se hizo grande gracias a la sinceridad y la coherencia con que fue esculpida, una obra que hoy iluminará el andar de los gatos en los tejados, de los perros callejeros, de las luciérnagas en las noches de luna, de los seres que se pierden por ahí en silencio buscando la belleza de las pequeñas cosas.

Hay pocos recuerdos que atesoro en mis lances por estos mundos del polémico y difícil oficio periodístico como la ocasión en que conocí personalmente a Teresita. Era una tarde de junio del 2010 cuando una tropa de la Asociación Hermanos Saíz llegaba a su pequeño y humilde apartamento en el piso 12 del edificio de Infanta y Manglar, para entregarle el premio Maestro de Juventudes.

Ahí estaba ella dando vueltas, inquieta por la sala, adornada solamente con los diplomas regalados por los niños de los barrios del Cerro y de la ciudad de Santa Clara, los retratos de la poeta Ada Elba Pérez, las imágenes de Cristo, del Che, la Madre Teresa y un pequeño busto de Martí niño. Rodeada de sus queridos vecinos, y de tres o cuatro maravillas de gatos que iban de un lado a otro como si no quisieran perderle ni pies ni pisada a su amorosa dueña.

Teresita recibió a los que irrumpimos la soledad de su habitación con su inseparable tabaco, con su sonrisa de mujer buena, con su mirada de quien lo ha visto todo y tiene un alma tan grande que puede perdonar los agravios de cualquier ser humano, con la experiencia de quien viene de regreso de muchas vidas y aún tiene deseos de dar salida a lo que ha visto por esos caminos de Dios su enorme corazón, lleno de canciones por hacer, por cantar y de ganas de conocer cómo son los niños de hoy, a los que, según comentaba, no había podido cantarles por los achaques de la edad.

Después de que invitó a los jóvenes a sentirse como en su propia casa, Teresita comenzó a resucitar las aventuras vividas en su paso por el controvertido mundo de los seres humanos; a revelar cómo nació la canción de aquel otro gatico que le puso Vinagrito, por estar feo y flaquito; a hablar de la necesidad de profundizar en Martí; a explicar que para ella el amor también está en el aire, en la quietud de las noches tranquillas y en el viento que mueve las hojas de los árboles.

Pero sobre todo, su conversación dibujó un universo muy especial cuando aprovechó el momento para dar algunos consejos a los invitados. Entre ellos hubo uno que me caló hasta los huesos. "Sé siempre una persona buena", me dijo con una seguridad pasmosa, mientras me agarraba la mano como si quisiera grabar la frase hasta en los más indescifrables vericuetos del alma. Como si tuviera la total certeza de que esta máxima debía trascender aquel encuentro para convertirse en una lección de vida para todos los cubanos en estos azarosos y complejos días.

Ella no dejaba de pensar en la sociedad que palpitaba detrás de sus ventanas, aunque apenas salía de su apartamento, porque había hecho de la soledad su pasión; y quería que los niños de ayer la recordaran solamente con esa fuerza vital con la que siempre interpretó sus canciones, ya fuese en la calidez de las peñas, como en los parques más destartalados, o en los escenarios más majestuosos.

En todos los lugares era la misma y no dejaba pasar ni un instante para, sin cobrar un centavo, cantarle a los niños con su guitarra las historias de las palanganas viejas, de lo feo, de la belleza de los campos, de la lluvia, de las estrellas, y de las travesuras de los perros callejeros. Si bien, como se dijo, la vida la llevó a alejarse de los escenarios desde hace algún tiempo, la trovadora permanece para siempre en un lugar muy íntimo de la vida de los que conocimos el mundo a través de sus canciones, esos que tenemos en Teresita una de esas inseparables guías espirituales que junto a nuestros padres nos iluminó el camino desde los primeros años de la infancia, y que desde hoy todos debemos tratar de que su legado ocupe el lugar que merece en la educación sentimental de todos los niños y jóvenes cubanos.

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