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miércoles, septiembre 15, 2010

MUERTES INSOLITAS

Por Ciro Bianchi Ross (Barraca Habanera)

La muerte es algo impredecible y también inevitable. Todo el mundo se muere cuando le llega la hora, no antes ni después. Sin embargo, hay gente que fallece, y no precisamente por accidente, en circunstancias inusitadas, sorpresivas, cuando nada parece presagiar el final.

El poeta cubano Julián del Casal, sin ir más lejos, murió de risa. Así como lo cuento. En efecto, en la noche del 21 de octubre de 1893, cenaba en la casa del doctor Santos Lamadrid, en el Paseo del Prado. Ya al final de la comida, uno de los comensales hizo un chiste, Casal dejó escuchar una estruendosa carcajada y, de pronto, su risa se vio interrumpida por una violenta hemorragia que puso fin a su existencia. Era un hombre triste y melancólico. Enfermo. Rubén Darío, en las páginas que le dedicó en Los raros, alude a sus contactos con el poeta y recuerda haberlo visto alegre solo el día en que visitaron el cementerio de Colón. De ahí que José Lezama Lima en el poema que dedicó a Casal escribiera: “Tú, que viviste como un delfín muerto de sueño / alcanzaste a morir muerto de risa”.

También las cosas empezaron bien y acabaron mal para la señora que hoy identificamos como la “vieja del doble tres”. Jugaba una partida de dominó y cuando se disponía a “pegarse” con la mencionada ficha, el compañero que la precedía le “mató” la jugada y la posibilidad del triunfo. Quedó la mujer con la pieza en la mano levantada y el sabor amargo de la derrota en los labios. No había abandonado aún la mesa cuando la fulminó un ataque cerebral. En la losa que cubre su tumba, sus familiares y amigos reprodujeron los últimos movimientos del partido, y la jardinera de su sepultura imita un doble tres.

Lo de Antonio López Camero parece cosa de película. Quizás llegara a pensar que tenía siete vidas. Durante la dictadura batistiana, esbirros del sanguinario Esteban Ventura Novo lo dieron por muerto en tres ocasiones y en las tres se equivocaron. Dos de ellas, cuando lo arrojaron desde lo alto del Paso Superior, y la otra, cuando, destrozado por la tortura, lo abandonaron a su suerte en las márgenes del río Almendares.

Apresado de nuevo, López Camero fue sometido, durante veintidós noches consecutivas, a suplicios indescriptibles en los sótanos de la Novena Estación de Policía antes de que se le remitiera a la Cárcel de La Habana, con sede en el Castillo del Príncipe y de allí salió al desplomarse la dictadura.

De pronto, la alegría de la libertad. El júbilo por la caída del régimen batistiano y la victoria de las huestes rebeldes. Salió del Príncipe con el resto de los presos el 1ro de enero. Pero Antonio López Camero no llegó vivo a su casa. Se vio envuelto en un tiroteo casual y murió de una bala que no era para él.

LA ÚLTIMA SONRISA

Se dice que poco antes de iniciarse la manifestación antimachadista del 30 de septiembre de 1930, Carlos Prío dijo a sus compañeros en la Asociación de Estudiantes de Derecho: A esta manifestación le hace falta un muerto.

Rafael Trejo, que lo escuchaba, comentó a su vez: Ese muerto debes ser tú, Carlos, que eres de los más conocidos entre los estudiantes.

Ya en la calle Infanta, sonó un disparo y Pablo de la Torriente Brau cayó al suelo. Con los ojos cubiertos por la sangre, creyó que había recibido un balazo. Cuando llegó al hospital de Emergencias vio que de un automóvil bajaban a Trejo y pensó que aquel disparo pudo haber sido para otro. Así fue. A él, realmente, un policía lo había golpeado con su tolete. Médicos y estudiantes hicieron las primeras curas a los heridos y Pablo recuperó el conocimiento y lo perdió una y otra vez. En un momento de lucidez escuchó que un médico decía: Este puede salvarse, pero a ese otro muchacho (Trejo) se muere sin remedio.

Después trasladaron a los heridos a la Sala de Urgencia y los colocaron en camas contiguas. Pablo sintió unas náuseas angustiosas y entre convulsiones comenzó a vomitar toda la sangre que había tragado. Trejo, tranquilo sobre su cama, lo miraba. Le sonrió como para darle ánimos en aquel momento doloroso, pensando acaso que su compañero estaba mucho peor que él. Pablo volvió a perder la conciencia. Luego le administraron unos calmantes y durmió profundamente. A la mañana siguiente, el silencio del hospital le reveló la verdad. Nadie tuvo que decírsela. Solo preguntó: ¿A qué hora murió?

Trejo, que iba a morir, se había despedido de Pablo con una sonrisa abrumadora. Su última sonrisa.

ENVUELTO EN LLAMAS

Casal intuyó la muerte temprana de la poetisa Juana Borrero y así lo dijo en “Virgen triste”, uno de sus poemas más recordados. Ella murió sin haber cumplido los 20 años, en 1896, víctima de una pulmonía, en Cayo Hueso, donde, por sus ideas independentistas, buscó refugio su familia. Allí, poco antes de morir, Juana dijo a su novio: Me muerde la sierpe que llevo oculta en el pecho, y visitó el cementerio donde sería enterrada, “para reconocer la tierra donde se levantaría su morada en la eternidad”.

Por suerte, no siempre se cumplen esas premoniciones de poeta. Y ahí está el caso de Nicolás Guillén, que tenía 19 años cuando escribió: “Tengo el presentimiento de que me iré temprano…” y vivió sin embargo más de 80.

A Ana María, una de las hermanas de Juana, la muerte la tomó por sorpresa. “Cubría” en México, como enviada especial de un periódico habanero, la visita a ese país del presidente norteamericano Harry S. Truman y perdió la vida aplastada por la muchedumbre de espectadores, en un motín circunstancial.

En Carteles, en Vanidades, en Ellas, en Bohemia y en el Diario de la Marina… en casi todas las revistas y los periódicos cubanos había dejado Ana María Borrero su impronta. Estaba excepcionalmente dotada para hacer un poema de cada vestido de mujer. Pero descuidó la alta costura, que tan pingües ganancias proporcionaba a su firma, porque el duende pobre del periodismo reclamaba esa firma para sí, y como periodista encontró la muerte.

Su caso es parecido al de Ruy de Lugo-Viña, muerto en un accidente cuando participaba como cronista oficial en el vuelo Pro Faro de Colón, en 1937.

Lugo-Viña nació en Santo Domingo, en la antigua provincia de Las Villas, en 1888 y fue maestro en los inicios de la enseñanza pública en la Isla. Tuvo una vida muy activa como periodista, labor en la que se inició en la ciudad de Cienfuegos y prosiguió en La Habana, Buenos Aires (donde se estrenó como autor dramático) Nueva York y México, hasta que regresó a Cuba en 1918 para trabajar primero como redactor y luego como editor jefe del periódico habanero Heraldo de Cuba. Sus críticas al gobierno del general Menocal lo llevaron a la cárcel en 1919. Al año siguiente resultó electo concejal del Ayuntamiento de la capital y como tal se desenvolvió durante los seis años subsiguientes. Al abandonar la cámara municipal se convirtió en un propagador de su teoría sobre la intermunicipalidad universal, idea a la que dedicó artículos, folletos y ponencias en conferencias y congresos.

Representó a Cuba en la Liga de las Naciones, organismo internacional que precedió a la ONU, y, radicado en España, dirigió la revista Así va el mundo. En 1936, luego de su regreso a La Habana, comenzó a trabajar en el proyecto del gran vuelo de confraternidad americana Pro Faro de Colón, que involucró a varios países y que perseguía el fin de erigir al Descubridor de América el monumento que merecía.

El periodista emprendió ese viaje con un oscuro presentimiento. Tanto había luchado por hacerlo realidad que no pudo eludirlo. Ni quiso porque nunca le abandonaron la fe en el buen éxito de los nobles propósitos ni el entusiasmo por los empeños difíciles. No imaginaron los que lo vieron partir que llevaba en el ánimo una mezcla extraña de optimismo y aprehensión. En Río de Janeiro acabó por expresar públicamente sus secretas inquietudes en una frase que no demoraría en hacerse realidad. Dijo a los que lo rodeaban: “Me veo morir envuelto en llamas”.

En efecto, el avión en que viajaba, al igual que otros de la escuadrilla de cuatro que formaban parte del proyecto Pro Faro de Colón, sufrió un accidente en los alrededores de la ciudad colombiana de Cali al chocar con una montaña.

La máquina de escribir de Lugo-Viña, encontrada en el lugar del siniestro, se conservó durante años en el Museo de la Prensa de la Asociación de Reporters de La Habana, en la calle Zulueta. El fuego la derritió y la convirtió en un amasijo de metales apenas reconocible.

ENTRÓ EN ÓRBITA

¿Recuerdan a Julito Díaz y Adolfo Otero, dos glorias del teatro vernáculo cubano? Mucho hicieron reír asimismo en la radio y en la TV. Habían sido compañeros de toda la vida. Juntos hicieron largas temporadas en nuestros mejores teatros y giras por el extranjero y se decía que en México los dos pelearon y alcanzaron grados militares bajo las órdenes del legendario Pancho Villa. Sostenían una estrecha amistad más allá de los escenarios y era habitual escucharlos bromear sobre cual de los dos fallecería primero. El que quedara vivo debía despedir el duelo del otro. Esto que contaré ahora lo relató Enrique Núñez Rodríguez hace muchos años en esta misma página.

Murió Julito y la noticia llegó a la cabina de radio donde Otero hacía un programa que Enrique escribía. Todos temían darle la noticia hasta que se decidieron a hacerlo. Eran los días en que se hacían las primeras incursiones al cosmos.

Otero escuchó muy serio la novedad del fallecimiento de su amigo y compañero, y, sin exteriorizar sentimiento alguno, se limitó a comentar: Así que Julito entró en órbita.

Terminado el programa, Otero salió el edificio de la TV y la Radio cubanas y cruzó la calle 23 para dirigirse a la funeraria Caballero, donde velaban a Julito Díaz. No llegó a verlo. Muy cerca del ataúd se desplomó. Él también había entrado en órbita.

El esposo de Alicia Rico, actriz del vernáculo, murió en el escenario del teatro Martí. En una función de homenaje a su compañera, El Espada, como le llamaban, no pudo resistir la emoción de los aplausos que a ella le tributaban y no hubo tiempo de trasladarlo al hospital. Desde aquel momento, contaba Núñez Rodríguez, ella también abrigó el deseo de morir en el escenario.

Alicia sufría de una cardiopatía, pero siguió trabajando hasta que el recrudecimiento de la dolencia exigió su hospitalización. Se acercaban las fiestas de fin de año y la actriz rogó, exigió, a su médico que la dejara volver al teatro, con lo que colocó al cardiólogo en una terrible alternativa. El trabajo podía matarla, pero mantenerla fuera de temporada, alejada de su público podía ser también fatal. Transigió al fin el galeno. Regresaría a la escena con el compromiso de que no realizaría esfuerzos físicos. Así quedó pactado: Alicia Rico bailaría una rumba al final del espectáculo, pero no habría repeticiones.

Reapareció Alicia en el Martí. Hizo la obra. Bailó la rumba y cayó el telón. Pidió el público, con gritos y aplausos, que la repitiera. Quiso hacerlo, pero Núñez Rodríguez, director de la puesta, que conocía la disposición del cardiólogo, se negó. Lo cubrió ella con los peores epítetos y Enrique, imperturbable, se mantuvo en su negativa. Entonces la actriz se asomó al lateral y pidió al maestro Rodrigo Prats, al frente de la orquesta, que atacara de nuevo con la rumba. Enrique le hizo señas para que no lo hiciera. Volvió Alicia a insistir y como Prats no le hacía caso, amenazó a Enrique.

-Si no le ordenas a Rodrigo que dirija la orquesta, voy a salir a decirle al público que ustedes no me dejan bailar para ellos.

Y se encaminó al escenario para cumplir su amenaza. Enrique, ya sin salida, hizo un gesto a Prats y la orquesta acometió la rumba. Fueron seis las repeticiones. Al final, radiante y satisfecha, gritó a Enrique: Oye como están… ¡A mí me roncan!

Al día siguiente, la actriz salió de nuevo a escena. Pero esa noche, a petición de Enrique, que apeló a sus sentimientos más nobles, hizo solo dos repeticiones. Al concluir la función y cuando se dirigía al vestíbulo, todavía con el maquillaje de la obra, Alicia Rico palideció súbitamente y se desplomó para siempre.

Concluía Núñez Rodríguez su crónica publicada también en esta página:

“Nunca me perdonaré el haberla convencido para que limitara sus repeticiones de la rumba. Impedí, con aquella decisión, que muriera tal y como lo había deseado y que escribiera el lógico final de su bonita historia de amor”.

De manera abrupta terminó la existencia de Carlitos Aguirre. Era hijo de un coronel de la Independencia y sobrino político del astuto Orestes Ferrara. Había concluido sus estudios y la familia quiso congratularlo con un viaje a España. Ya allí, concurrieron a una corrida de toros. El espectáculo transcurrió como siempre. Solo que cuando aquel matador metió la espada en la cerviz de la bestia, el toro saltó, se sacudió y el arma voló por el aire hasta clavarse en el cuerpo de Carlitos Aguirre y provocarle la muerte.

jueves, mayo 21, 2009

EL MALECON CON QUE VIVO

Por Ciro Bianchi Ross (Barraca Habanera)
Foto: Silvia Mayra

No se concibe La Habana sin la Rampa, la escalinata universitaria, la Plaza de la Revolución ni la heladería Coppelia. Tampoco se concibe sin su Malecón, el sitio más cosmopolita de la urbe. Tanta importancia se le da, que ese nombre genérico y que es sinónimo de dique, adquiere aquí categoría de nombre propio y se escribe con letra inicial mayúscula.

Son algo más de siete kilómetros de un muro que corre de este a oeste y se extiende entre dos fortalezas coloniales: el castillo de la Punta, al comienzo del Paseo del Prado, y el castillito de La Chorrera, a la vera de la desembocadura del río Almendares. Del lado de acá, la ciudad vieja y nueva, con algunos de sus mejores hoteles, monumentos y parques; del otro lado, el mar abierto, azul, sencillo, democrático, como lo definiera nuestro gran poeta Nicolás Guillén. Una transitada avenida lo bordea de extremo a extremo y cada uno de sus cuatro tramos tiene un nombre que lo identifica. Pero para cualquier habanero que se respete, la costanera, a pesar de sus tramos, no tiene más nombre que Malecón, el camino más rápido para conectarse con Miramar y la Marina Hemingway desde La Habana Vieja, y que se convierte durante los carnavales habaneros en la pista de baile más grande del mundo.

Así como no se concibe La Habana sin ese muro y su populosa vía aledaña, no se concibe el Malecón sin sus enamorados y sus pescadores. Desde que hace más de cien años comenzó a construirse esa obra que embelleció la ciudad, los habaneros lo hicieron lugar de preferencia para el paseo. Y parejas de enamorados, acunadas por la brisa marina, acudieron en busca de intimidad: una intimidad que consiguen inexplicablemente aunque casi a su lado se hallen sentadas otras parejas con idéntico propósito.

Eso ocurre sobre todo en las noches. De día, el Malecón es de los pescadores. No se sabe cuándo empezaron a aparecer. Tal vez hayan estado siempre. Los de aquí son, como todos los pescadores del mundo, gente callada, de paciencia infinita, de una constancia y un optimismo dignos de mejor causa y exagerados a más no poder cuando aluden a su ocupación. Aunque las aguas de la zona no están exentas de contaminación, se mantienen habitables para numerosas especies gracias al movimiento incesante de las corrientes: mar afuera, la famosa corriente del Golfo, y, pegada a la tierra, la contracorriente costera, que los marineros españoles llamaron en el pasado la revesa de La Habana por lo difícil que hacía que grandes buques entraran al puerto. Llegan con sus avíos, los despliegan y ¡a pescar! Aunque a veces nada pesquen o cobren solo una pobre captura tras muchas horas de faena bajo un sol de justicia que hace caer barretas encendidas sobre sus cabezas.

No importa. Nada los desanima. Son toda una estirpe. Tienen linaje y nobleza. Son los pescadores del Malecón, y volverán al día siguiente para más de lo mismo. Lo curioso es que a la mayoría de ellos no los alienta el interés material. Solo el gusto por hacer lo que hacen para después comentar con otros pescadores que consiguieron atrapar el peje más grande del mundo que solo existió en su imaginación y en su deseo.

domingo, noviembre 09, 2008

DILE QUE PIENSO EN ELLA

Por Ciro Bianchi Ross (Barraca Habanera)

Se dice y se repite que Pensamiento es la pieza musical que identifica a Sancti Spíritus.

Su autor, Rafael Gómez Mayea, que hizo célebre el seudónimo de Teofilito, la compuso en 1915. Se cuenta que el 15 de junio de ese año, asistía a la fiesta de Rosa María Ordaz, que ese día cumplía 16, cuando la homenajeada le reprochó amigablemente que más de una vez se hubiera negado a cantar para ella. Le dijo: “Rafael, tome usted esas frutas y piense en mí, aunque yo no pienso en usted”.

Estaban de moda entonces los juegos de prendas y castigos, en los que las muchachas llevaban nombres de flores. Alguien decidió organizarlo en aquella fiesta y Rosa María recibió discretamente el nombre de Fragancia. Entraron los hombres en la escena y cuando tocó a participar a Teofilito le dijeron que debía buscar en el salón y bailar con la muchacha a la que se le había adjudicado ese seudónimo. Se dice también que no le resultó difícil identificarla porque Rosa María, ansiosa de ser descubierta por el trovador, le hizo una seña, él jugó sobre seguro y ahí, asevera el periodista Manuel Echevarría, “surgió la verdadera historia de Pensamiento”, que Teofilito compuso en unos pocos minutos en la misma fiesta.

El primer disco con la canción de Teofilito es una placa Víctor que contiene la grabación realizada el 15 de marzo de 1923 por Eusebio Delfín y Rita Montaner, con acompañamiento de una orquesta dirigida por Eduardo Sánchez de Fuentes. Pero en dicho disco, Pensamiento aparece atribuida a Sánchez de Fuentes y no a su autor. Error que, con buena o mala fe, se mantuvo inalterable hasta después del triunfo de la Revolución, cuando se rectificó.

Encontré esta interesantísima historia en un libro recién publicado por la editorial Luminaria, de Sancti Spíritus. Se titula Presencia espirituana en la fonografía musical cubana; volumen I. Su autor es Gaspar Marrero Pérez de Urría, realizador radial y profesor; verdadera enciclopedia viva de la música cubana. Un investigador riguroso y paciente que encuentra el dato desconocido, precisa nombres olvidados y esclarece aristas polémicas a fin de situar los temas que trata en su justo sitio y hacer una fiesta de la palabra en cada una de sus páginas, disfrutables para todos los lectores. Porque no escribe únicamente para especialistas, sino que lo hace para que lo lean.

Me dicen que este libro fue una especie de reto para su autor. Con un nombre ya hecho en el medio radial habanero, Marrero Pérez de Urría se fue a vivir y trabajar a Sancti Spíritus. Alguien le dijo allí que sus conocimientos acerca de la música cubana podían ser muchos, pero que poco sabía de la que se había hecho en la localidad que había escogido para vivir. Marrero Pérez de Urría no respondió palabra. Prefirió ripostar con Presencia espirituana en la fonografía musical cubana. Una obra definitiva.

Entre otros compositores e intérpretes espirituanos, hay en el libro acercamientos a la discografía de Julio Cueva, Homero Jiménez, Palmarito y Evelio Rodríguez. También de Felo Bergaza, Sigifredo Mora, Félix Reina, “el desconocido Lorgio Ortiz y Arturo Alonso, el autor de Un canto a Cabaiguán, popularizada por Barbarito Diez e incluida en la serie Así bailaba Cuba, una de las joyas de la discografía cubana.

SI TÚ PASAS POR MI CASA

Pensamiento no es la única melodía espirituana atribuida a un autor que no es. Sucedió igual con la conga Yayabo (“Tú que me decías que Yayabo no salía más…”) pasacalle muy popular en las fiestas del Santiago local, carnavales que tienen lugar en el mes de julio. El violinista Antonio Sánchez, conocido por Musiquita, de visita en Sancti Spíritus, la escuchó, tomó nota de ella y al llevarla a los atriles de la orquesta América del 55 quedó registrada a su nombre. Su autor es Emilio Valle Pina, pero el error no se ha rectificado todavía.

Gerardo Echemendía Madrigal, más conocido por Serapio, escapó a esa suerte, escribe Gaspar Marrero en su libro. Estaba en la fonda La Gran China cuando en una mesa cercana conversaban dos sujetos y uno de ellos decía al otro que al pasar por su casa había visto a la mujer de su interlocutor. Era noche de carnaval y Serapio concibió en un decir amén su pasacalle Si tú pasas por mi casa. Enseguida lo llevó a la comparsa Aires de Pueblo Nuevo y tuvo una aceptación extraordinaria. Luego el trío La Madrugada lo cantó por bares y cantinas hasta que la orquesta Riverside, con su cantante Tito Gómez, lo interpretó en parque Serafín Sánchez, de Sancti Spíritus. Nadie sabía quién era su autor y en las grabaciones discográficas aparecía con derechos reservados. Pero Pío Leyva, que la grabó y popularizó con el título de Cuidado con los callos, y que sí conocía que Serapio era el autor del pasacalle le mandó a pedir la partitura y la pieza quedó inscrita con el nombre de su autor.

SE ACLARA EL ERROR

Cita Gaspar Marrero en su libro la entrevista que Manuel Echevarría hizo al historiador Armando Legón Toledo. Dice:

“En 1917, vino Sindo Garay a Sancti Spíritus como trapecista de circo, recogió la canción (Pensamiento) y la montó en su repertorio. En La Habana la escuchó Eduardo Sánchez de Fuentes y la inscribió como propia. Así se mantuvo registrada hasta el triunfo de la Revolución, cuando Odilio Urfé vino buscando a Teofilito porque había descubierto que la canción era suya”.

Cuesta trabajo creer, sin embargo, que un compositor de la talla de Eduardo Sánchez de Fuentes, autor entre otras melodías de la habanera , se haya apropiado de una creación ajena. Con respecto a esto, la compositora Marta Valdés, Premio Nacional de Música, que le tocó intervenir, por orientaciones de Urfé, en la restitución de Pensamiento a su verdadero creador, me dijo que no era raro en la época que un compositor de nombre prohijase –vamos a llamarle así– una pieza de autor desconocido a fin, sobre todo de protegerla. Marta guarda recuerdos conmovedores de Teofilito que, cuando viajaba a La Habana para esclarecer su autoría sobre Pensamiento, le entregaba la relación de los gastos en que había incurrido. Sumas risibles, pero que aún así eran significativas en la economía del trovador.

Marrero cita asimismo las opiniones de Lino Betancourt y Sixto Edelmiro Bonachea al respecto. Dice el primero que es muy posible que los técnicos de la Víctor al ver en la partitura orquestal la firma de Sánchez de Fuentes, se la atribuyeran. Bonachea ofrece un criterio muy parecido: A Sánchez de Fuentes “le fue atribuida la obra, al aparecer su nombre como transcriptor y orquestador, por desconocer el editor el nombre de su verdadero autor”.

“No creo posible, dado el prestigio ganado por Eduardo Sánchez de Fuentes, un robo de la obra de Teofilito”, escribe Gaspar Marrero en Presencia espirituana en la fonografía musical cubana. Recuerda que su quehacer como compositor y director orquestal le hicieron acreedor de un lugar muy importante en el ambiente artístico. Precisa: “En pocas palabras: no necesitaba cometer semejante delito que no de otra forma puede calificarse”.

Pero lo cierto es que Sánchez de Fuentes, que inscribió la pieza a su nombre en 1923, casi con 50 años de edad, murió en 1944 sin preocuparse de aclarar que Pensamiento no era suya. De no haber sido por Odilio Urfé, director entonces del Instituto Musical de Investigaciones Folclóricas, es muy posible que el error todavía subsistiera.

200 COMPOSICIONES

Nació el compositor el 20 de abril de 1889. Juan Eduardo Bernal Echemendía lo incluye en su Diccionario de la trova espirituana con el nombre de Ángel Rafael Gómez Mayea. Otros aseguran que, como hijo natural que era, llevaba solo el apellido de su madre, Mayea. Pero la veneración que sintió siempre por su progenitor hizo que siempre usara el apellido paterno. Eran cuatro hermanos y el padre, Teófilo, formó con ellos una agrupación musical que se conoció con el nombre de Los Teofilitos.

De niño estudió canto y guitarra y con solo diez años tocaba el acordeón en una orquesta. Llegó, de adolescente, a ser flautista y clarinetista de la Banda Municipal. Estudió teoría, solfeo y armonía y aprendió otros instrumentos, como el timbal y el contrabajo. Fue fundador y director desde 1914, del coro de clave del barrio de Jesús María. Falleció el 7 de abril de 1971. En sus funerales el coro de clave espirituano dejó escuchar una emotiva pieza suya, El director.

Su catálogo autoral, afirma Gaspar Marrero, lo conforman más de 200 composiciones. La primera de ellas, En tus labios y en tu rostro, está fechada en 1908. Otros títulos suyos son La mariposa, Ven a mis lares, Yo no sabía, Solo por ti… Ninguna de ellas, sin embargo, es tan conocida como Pensamiento.

Esa es la pieza emblemática del repertorio musical espirituano. Un verdadero himno local. Pero, deja establecido el autor en su libro, no es la pieza más grabada. Ese honor corresponde a Mujer perjura, de Miguelito Companioni, otro grande la trova cubana. Cuenta con 32 versiones en discos desde su primera grabación en 1918. En tanto que Pensamiento se grabó en 23 ocasiones. Lugar destacado en la discografía ocupa también Si te contara, del trinitario Félix Reina, autor asimismo de Angoa, popularizada por la orquesta de Arcaño y sus Maravillas. Si te contara, escribe Gaspar Marrero es un capítulo insoslayable en la historia del bolero cubano. A partir de su estreno en 1959 por la orquesta de Fajardo y sus Estrellas, se ha grabado en estilos tan diferentes como los de René Touzet, Lino Borges, Tito Puente, Kino Morán, Fernando Álvarez, Elena Burke…

No puedo no quiero agotar de un solo trago el volumen I de Presencia espirituana en la fonografía musical cubana, de Gaspar Marrero, publicado por Ediciones Luminaria. Pero no dejaré de reproducir las palabras con que cierra su epílogo:

“¿Cuántos discos comerciales –en plena era de internet y del soporte digital– han grabado nuestros músicos? ¿Cuántas compilaciones de la trova espirituana han salido a la venta? ¿Cuántas agrupaciones olvidamos y pasan inadvertidas…?

“¿Cuánto nos reprocharán las futuras generaciones la falta de creatividad, de previsión, de interés hacia la conservación de lo que es, y ha sido, definitivamente nuestro? ¿Qué será de la música espirituana, de nosotros mismos si perdemos, de una vez, estos sonidos?

“Más que las huellas del pasado, nos convocan las obras musicales del presente que serán las de otros tiempos para los que vendrán”.

sábado, julio 12, 2008

UN TRADUCTOR LLAMADO NOVAS CALVO

Por Ciro Bianchi Ross (Barraca Habanera)

Se cumplieron cincuenta y cinco años de la primera publicación en español de El viejo y el mar, la célebre novela de Ernest Hemingway. El acontecimiento lo propició la revista Bohemia, de La Habana, que insertó de manera íntegra el relato en su edición correspondiente a 15 de marzo de 1953. Suceso que se inscribe en la celebración del centenario de Bohemia y en la de los ochenta años de la primera visita a Cuba del gran narrador norteamericano.

La revista Life había dado a conocer en inglés la novela en cuestión antes de que se publicara como libro. Pagó a su autor a razón de un dólar con diez centavos por palabra, lo que permitió al escritor honorarios por casi treinta mil dólares. Bohemia le ofreció cinco mil pesos y Hemingway aceptó a condición de que con ese dinero se compraran televisores para los enfermos del leprosorio de El Rincón, al sur de la capital cubana. Puso otra condición más. El traductor debía ser Lino Novás Calvo.

Hoy aquella edición de Bohemia que incluyó El viejo y el mar es un objeto de culto para coleccionistas y los que se interesan por la presencia de Hemingway en Cuba. Bohemia tenía entonces una tirada que superaba los 259 000 ejemplares y encuestadores independientes estimaban que cada ejemplar era leído por ocho personas. Circulaba no solo en Cuba, sino en todo el continente, con excepciones como República Dominicana, donde el sátrapa Rafael L. Trujillo no la dejaba entrar.

La edición en cuestión lleva en la portada un magnífico retrato del escritor realizado por Orlando Yánez, portadista habitual de la revista. En su interior, numerosas fotografías y dibujos calzan la novela y parecen anticipar la película que a partir de ella se filmara. No se da crédito al fotógrafo ni al ilustrador, pero sí se consigna que la traducción es de Lino Novás Calvo, lo que no sucede en todas las ediciones en español de El viejo y el mar. En muchas de ellas se omite su nombre, aunque hacen constar que se trata de una traducción autorizada por el narrador. Así sucede en la primera edición cubana de la novela en forma de libro, hoy otra rareza bibliográfica que los coleccionistas pagan a precio de oro en los mercados de libros viejos de La Habana.

Fue gracias a la labor de Lino Novás Calvo que William Faulkner comenzó a ser conocido en español, cuando dio a conocer su versión de Sanctuary (Santuario) publicada a instancias del traductor por Espasa Calpe, de Madrid, en 1933. Tradujo asimismo, entre otros veinte títulos, Kangaroo (Canguro) de D. H. Lawrence, y Point Counter Point (Contrapunto) de Aldous Huxley, publicados ambos con el sello de Ediciones Sur, que dirigía Victoria Ocampo, en Buenos Aires.

En unas confesiones que en 1948 hizo Novás al profesor Salvador Bueno, habla sobre su relación epistolar con Sherwood Anderson y Eugene O’Neill y de la influencia que algunos escritores norteamericanos ejercieron en él. Recuerda en ese sentido a Caldwell y Steinbeck y, sobre todo, a Faulkner. Pero al mencionar a Hemingway, cuya influencia también reconoce en su obra, hace una precisión: “Es amigo personal mío”.

¿Cómo se conocieron? ¿En Madrid, en los días de la Guerra Civil, o en La Habana? ¿Cuáles fueron los detalles de esa relación? ¿Lo escogió Hemingway como traductor solo porque era su amigo o porque lo reconocía como la persona más idónea para hacerlo?

Queda mucho por precisar todavía en cuanto a esa amistad, pero algo anticipa Herminia del Portal, la viuda de Lino, en una entrevista que entre 1992 y 1993 concedió en Nueva York a Nedda G. de Anhalt para su libro Dile que pienso en ella. Los presentó en 1946 el crítico y escritor norteamericano Hoffman R. Hays a su paso por La Habana, a donde llegó procedente de Perú con destino a EE UU. Dice Del Portal que Hays había traducido varios cuentos de Novás al inglés y quiso que conociera a Hemingway.

En esa fecha, Novás Calvo no era solo un traductor reconocido, y un periodista de prestigio, sino un narrador que con su novela Pedro Blanco, el negrero (Espasa Calpe, Madrid, 1933) había aportado, dice el ensayista Ambrosio Fornet, un nuevo punto de partida a la novelística cubana.

QUEMANDO GASOLINA

Lino Novás Calvo nació en un poblado de La Coruña, Galicia, en 1905, y tenía siete años de edad cuando un tío materno lo trajo a Cuba. Aquí desempeñó los oficios más humildes. No pudo asistir a la escuela, pero ya en 1928 lograba publicar algunos poemas en la importante Revista de Avance. Obtuvo, en 1930, mención en un concurso de cuentos, y al año siguiente la revista Orbe, que publicaba el Diario de la Marina, le encargó su corresponsalía en Madrid. Poco tiempo después desaparecía esa publicación y Novás Calvo, varado en España, lograba, gracias a la recomendación indirecta de Miguel de Unamuno, una plaza de bibliotecario en el Ateneo de Madrid. En la capital española, además de la ya aludida Pedro Blanco, el negrero da a conocer, en 1936, Un experimento en el barrio chino.

El inicio de la Guerra Civil lo sorprendió en Madrid. Se incorporó al Quinto Regimiento y llegó a alcanzar el grado de Oficial de Enlace en la brigada de Valentín González (Campesino). Escribe crónicas y reportajes, entre ellos uno sobre la muerte en combate y el entierro del periodista cubano Pablo de la Torriente Brau, y, por sus conocimientos de los temas militares, se le llega a considerar un analista muy seguro y confiable.

Regresó a Cuba, luego de pasar por Francia, en 1939. Trabajó aquí en el periódico Hoy, órgano del Partido Socialista Popular, al que estuvo afiliado durante un tiempo. Cuando se separó o lo separaron de esa organización política, empezó a trabajar para Bohemia. Por las confesiones que escribió para el profesor Salvador Bueno sabemos por el propio Lino que una de sus tareas en Bohemia era la de traducir de manera íntegra la revista Times a fin de que el director pudiera seleccionar lo que daría a conocer en su publicación. Hacía además otras traducciones que firmaba o no, y escribía las secciones Así va la ciencia y En pocas palabras, que aparecían sin crédito.

En 1942 su cuento “Un dedo encima”, obtiene el Premio Nacional Alfonso Hernández Catá, la distinción literaria cubana más prestigiosa y codiciada hasta 1959. En 1943 su libro La luna nona mereció el Premio Nacional de Cuento, que otorgaba el Ministerio de Educación. Obtuvo además los importantes premios periodísticos Enrique José Varona y Eduardo Varela Zequeira. Este último con el reportaje “Guerra de nervios en Santa Lucía”, publicado en Bohemia sobre las luchas campesinas y el asesinato de Sabino Pupo.

Fue profesor de francés en la Escuela Normal para Maestros de La Habana. En 1954 asumió la dirección de información en Bohemia. En 1960 participó como jurado en el primer concurso Casa de las Américas. En ese mismo año, Miguel Ángel Quevedo pide asilo en la embajada del Perú, en La Habana. Al enterarse de la noticia, Lino Novás Calvo, desconcertado, se comunica por teléfono con Enrique de la Osa, que sustituiría a Quevedo en la dirección de la revista.

-El Director se ha asilado –dijo Lino a Enrique-. ¿Qué haremos ahora?

-Yo me quedo –respondió Enrique-. Haga usted lo que le parezca mejor.

Nadie lo perseguía, pero Lino Novás Calvo pidió protección a la embajada colombiana y salió del país. Trabajó hasta que la salud se lo permitió como profesor de la Universidad de Syracuse. Murió en 1983 en Nueva York.

Otros títulos suyos son: No sé quién soy (1945) Cayo Canas (1946) Cubano de tres mundos (1956) y El otro cayo (1959). En 1990 se publicó en La Habana su Obra narrativa, un volumen de casi 500 páginas, y en 1995 apareció en Santiago de Cuba Ocho narraciones policiales. Una pequeña parte de su quehacer para la prensa está en el libro Lino Novás Calvo: periodista encontrado (2004). Contiene, entre otros materiales, la crónica titulada “Quemando gasolina: confesiones de un botero”, que a ratos parece escrita para nuestros taxistas y carreros actuales.

A BELLERGAL Y PESADILLA

En su entrevista con Anhalt, Herminia del Portal recordaba al que fue su esposo. Dice: “Lino no era un ser normal. Tenía obsesiones. Terrores. Se sentía acorralado. Perseguido”. Dice además: “Vivía en el terror. Embrujado. Poseído”. Lo cierto es que después de su regreso a Cuba, tras el fin de la Guerra Civil española, vivirá en una angustia existencial y creativa inenarrable. Quizás no podía ser de otra forma en un hombre que, en los días de esa contienda, pasó toda una noche en un calabozo, en espera de que lo fusilaran, y se vio libre a la mañana cuando se comprobó que había víctima de una calumnia.

El 9 de abril de 1945 escribía a su amigo José Antonio Portuondo: “[…] Hay que vivir con los defectos ajenos. La razón está en que yo vivo, ahora más que nunca, en un perenne mal humor, con angustias, miedos, afanes, temores, depresiones y baches de todo tipo. Estoy a Bellergal y pesadilla…”

Nada lo entusiasma. Dice que en Herminia del Portal encontró la mujer ideal, pero, señala, tiene sus mismos defectos. La pequeña hija de ambos le causa tanta alegría como preocupación. Apenas tiene ganas de escribir. Siente que le falta idioma porque el lenguaje “está manido, viciado, emporcado por el uso; todas las imágenes están asendereadas y todos los giros gastados”, y siente además que le sobran técnicas porque las nuevas formas de expresión obligan al narrador a buscar toda suerte de recursos que al final forman en su cabeza un dédalo de posibilidades sin una posibilidad real. Los libros que tiene en proceso editorial, más que alegrarlo, lo inquietan. Sabe que se les hará el vacío crítico más completo y le buscarán animosidades. “Entre escribir y romper, dice, en eso se entretiene uno”. Escribe también: “En vez de hacer novelas, habría que hacer nación. Lo malo es que nadie se pone de acuerdo sobre cómo se hace eso”.

En realidad, a Lino Novás Calvo le duele Cuba; le duele la sociedad en que vive. Sabe, con Lezama Lima, y lo dice explícitamente, que si la cultura cubana no tiene “propósito y misión” es porque tampoco los tiene el país. “Vuelve uno la vista en derredor y analiza. ¿Y qué encuentra? Encuentra maldad, envidia, deslealtad, veneno, egoísmo, pretexto, calumnia, mentira, insidia, simulación. Entonces se huye en estampía, y cada uno trata de salvarse como puede”, dice en otra carta de 1947. Y en otra, del año siguiente: “Nos estamos encuevando. O quizás sea que nos están encuevando. Tú sabes, estorbamos. Todo el que quiera hacer algo y decir algo con sinceridad, estorba. El campo está en poder de los simuladores: los Mañach, los Ichaso, los Marquina, los Lázaros, las Saras…” En una carta de 1946 concluye: “Nos falta un ideal, un designio, un destino, un propósito que nos saque de estos remolinos, rencillas, resquemores, personalismos, narcisismos y crónicas sociales”.

Conoce Lino el por qué de sus carencias. Escribe: “Me falta una misión, la misión de estar identificado con algún sector humano en marcha, con fe, con generosidad, con idealidad, con amor, con sacrificio, con pasión, y con un propósito y contra algún estorbo. Esto viene a ser militancia en arte”. Pero él ya no milita. Cree que el partido al que perteneció tendría una salvación: “repudiar a la URSS y quedarse como partido de clase puramente cubano, y americano, que mira sobre todo por los intereses directos o inmediatos de esa clase […] Pero las señales son otras. Ah, y desde luego, tendría que soltar unos cuantos gomígrafos y discos y clichés y aceptar la verdad donde quiera que la encontrara. Y jugar más limpio y menos fríamente con los hombres, y los sentimientos, y los valores morales. Menos estrategia y menos táctica y menos funcionalismo y más alma y humanidad. Pero también eso es difícil”.

MÁS DESVALIDO QUE NUNCA

La vida de Lino Novás Calvo parece una novela. Una vida llena de contradicciones, dudas, vacilaciones, inconsecuencias, miedos.

Se le tuvo por hijo ilegítimo hasta que, a los siete años, su madre se enteró de que el padre lo había reconocido en secreto. En Madrid mariposeaba con los marxistas, pero era un escritor conservador y católico, José María Chacón y Calvo, quien le pagaba el Ateneo para que tuviera calefacción y pudiese trabajar en su biblioteca. En España peleó al lado de la República pese a que, desde el comienzo de la contienda, estuvo convencido de que los republicanos perderían la guerra contra Franco. Sin ser comunista, se vio un día afiliado a ese partido por la mera razón de pertenecer al Quinto Regimiento…

Muy caro le costó, ya en La Habana, expresar en público su desacuerdo con el pacto Hitler-Stalin. Fue uno de nuestros grandes periodistas, pero hacía su trabajo con desgano. Se desempeñaba como profesor auxiliar de francés en la Escuela Normal para Maestros y los alumnos, que le apodaban Hirohito por su parecido con el Emperador de Japón, le ponían rabo.

El hombre que para vivir, durante los primeros años de su estancia en Cuba, fue mandadero y dependiente de fondas, carbonero y cortador de paños, taxista, contrabandista de alcoholes y boxeador hasta que lo noquearon, y que convivió en España con la muerte, no pudo nunca imponerse al alumnado. Lezama Lima le aconsejó que lo enfrentara, que mentara madres si era preciso. Lino siguió el consejo y le mentó la madre a un estudiante. Mejor hubiera sido que no lo hiciera. Se echó a llorar y se vio consolado y compadecido por aquellos mismos jóvenes que minutos después siguieron haciéndolo blanco de sus burlas.

Aun, sin embargo, no había vivido lo peor. Sobrevino un cambio de ministro y el nuevo titular de Educación se empeñó en racionalizar plazas en la Escuela Normal. Y Novás Calvo, que dominaba el inglés y el francés y había traducido algunas obras de Balzac, se vio de patitas en la calle, cesanteado.

Los evaluadores no se contentaron con quitarle la plaza, sino que lo humillaron al calificarle con dos puntos sobre cien aquella ingente labor de traducción. Lino tenía todas las de perder porque carecía de título universitario. Pecado mortal en un país con tantos títulos sin profesionales. Aún así apeló al Ministro. Le concedieron la cita. Y ya en el antedespacho del funcionario un ujier le advirtió que no se entraba en aquella oficina con el sombrero puesto y, sin darle tiempo a reaccionar, se lo sacó de un manotazo. El incidente precipitó a Lino Novás Calvo en el derrumbe total. Terminó por convencerse, ya de manera definitiva, de que nada valía ser un escritor de su talla en un país donde un conserje podía permitirse, impunemente, un atrevimiento semejante.

Diría a Salvador Bueno:

“Así comienza una nueva época para mí, la más desdichada que recuerdo. Por inesperado, por injusto, por incomprensible, el despojo me dejó gravemente averiado. Se me han multiplicado los reveses […] //Todos mis planes y trabajos quedaron paralizados […] //Lo único que pudo hacer ahora es traducir para Bohemia y hacer algunas secciones fijas de humor y ciencia. Mi trabajo es ahora mucho más lento, debido a los calmantes que debo tomar a diario, en grandes dosis. Este acto me ha demostrado que tampoco valen nada los méritos ni esfuerzos culturales. Tal demostración me ha dejado psicológicamente más desvalido que nunca. Se me han caído los últimos asideros. Ahora no me queda nada, salvo Dios, al que he vuelto silenciosamente”.

FINAL LENTO CON SUICIDIO

Recordemos que Hemingway pidió que aquellos cinco mil pesos que le ofreció Bohemia por la publicación de su novela se destinaran a la compra de televisores para los enfermos de El Rincón. En 1953, esa suma alcanzaría para adquirir en un comercio minorista unos diez aparatos de televisión.

Norberto Fuentes, en su libro Hemingway en Cuba, afirma que no está claro que pasó finalmente con esos honorarios, pero más adelante asevera en la misma página que “la historia termina con los televisores instalados”. Fuentes asegura haber visto en los archivos de Finca Vigía, la residencia cubana del escritor, una docena de documentos que evidencian irregularidades. En algunas de esas cartas, la administración de la revista se apresura a informar a Hemingway que los televisores serán adquiridos en fecha próxima, y en otras, que los equipos en cuestión están a punto de ser instalados. Se conserva asimismo una carta de Lino a Hemingway en la que le aclara que no tiene nada que ver con las demoras de la administración y añade que le preocupa el largo silencio del escritor para con él y que no responda a sus llamadas. Al final, todo se resolvió y el hospital de El Rincón dispuso de los televisores.

Bohemia convirtió a Miguel Ángel Quevedo, su director-propietario, en una figura poderosísima, alguien con influencia ilimitada en la vida nacional, al punto de que llegó a decirse que la dirección de Bohemia era la segunda posición de la República.

La relación con Francisco Saralegui, el zar del papel en Cuba y administrador de la revista, llevó a Quevedo a hacer grandes inversiones en los años finales de la década de los 50. Bohemia estrenó un nuevo edificio en la Avenida de Ranchos Boyeros y adquirió las revistas Carteles y Vanidades, propiedad de Alfredo T. Quilés. Al triunfar la Revolución tenía deudas que superaban los dos millones y medio de pesos. Enterado de esa situación, el comandante Fidel Castro mandó a decirle por intermedio del capitán Antonio Núñez Jiménez que el Gobierno Revolucionario asumiría ese compromiso.

Quevedo se negó a aceptar el ofrecimiento. A mediados de 1960 se fue del país.

Sobreviene entonces un periodo de su vida que en Cuba se ha conocido de manera insuficiente y tergiversada. Al llegar a Nueva York encontró que la salida de Bohemia estaba asegurada, y que tenía además a su disposición una gran oficina y un gran apartamento. Allí estaba Bebo Saralegui, uno de los hijos de su antiguo socio, y no tardaría en aparecer Carlos Mauricio Castañeda. El grupo se completaría con la llegada de Lino Novás Calvo y su esposa, que había dirigido en Cuba la revista Vanidades.

Le supongo a Quevedo la inteligencia suficiente para percatarse que aquella revista de lujo en que se convirtió Bohemia, aquella gran oficina, aquel gran apartamento, todo aquel aparataje que permitía asumir la revista, estaban financiados por la CIA. Pero no se percató que Saralegui, Castañeda y Herminia del Portal y no sé hasta qué punto Lino Novás Calvo se confabularon en su contra empeñados, como estaban, en dejar a Bohemia de la mano, cada vez con una tirada más reducida, y echar a andar y fortalecer otra revista, Vanidades Continental, lo que consiguieron.

Cuando Quevedo se percató de la traición nada podía hacer. Quiso entonces salir de EE UU y para hacerlo debió reconocer a la CIA una deuda de casi cinco millones de dólares. Se estableció al fin en Caracas. Pensó que la sociedad con los Capriles y los De Armas, grandes distribuidores de revistas, le asegurarían la salida de Bohemia. Nuevo fracaso. Bohemia no era ya ni la sombra de lo que fue y para hacerle el trago más amargo se vio convertido en empleado de los que creyó sus socios. Era el director nominal de la revista. Pero no se le permitía decisión alguna y llegó a impedírsele la entrada a su propia oficina.

Circuló por ahí una carta, muy publicitada por los medios anticubanos, en la que Miguel Ángel Quevedo se reprochaba el papel que había hecho asumir a Bohemia en los días de la dictadura batistiana. Es una carta patética, pero hay que decir enseguida que también es apócrifa. Quevedo nunca se arrepintió de nada. La escribió, plenamente consciente de su falsedad, Carlos Alberto Montaner padre. Lo cierto es, me aseguran fuentes autorizadas del entorno íntimo de Quevedo, que Fidel al enterarse de su angustiosa situación en Caracas le dejó saber, a través del canciller Raúl Roa, que las puertas de Cuba estaban abiertas para él.

Como la vez anterior, tampoco aceptó Quevedo en esta ocasión el ofrecimiento del jefe de la Revolución. Y terminó suicidándose. Era un mal hereditario. También su padre se había privado de la vida.

domingo, abril 13, 2008

EL BRILLANTE DEL CAPITOLIO

Por Ciro Bianchi Ross (Barraca Habanera)

Esta es una historia tremenda. El lunes 25 de marzo de 1946 se esfumaba misteriosamente el brillante de 25 quilates que en el Capitolio Nacional marcaba el kilómetro cero de todas las distancias de la Isla. A las siete de la mañana de ese día, tras el cambio de guardia, el vigilante Enrique Mena, de la Policía del Senado, de ronda por el Salón de los Pasos Perdidos, advirtió su falta y dio cuenta a sus superiores. La joya se consideraba uno de los tesoros mejor protegidos de la República. La habían engarzado en ágata y platino antes de introducirla en un bloque de andesita, el granito más fuerte del mundo, y este a su vez fue recubierto por otro, de concreto, al empotrarse en el piso, en el centro del Salón. Un cristal tallado, tan sólido que se estimaba irrompible, reforzaba su resguardo. Pero solo treinta minutos, al parecer, bastaron a los ladrones para sustraer el brillante, que quince meses reaparecería en el despacho oficial del presidente de la nación. ¿Quién lo robó? ¿Quién lo devolvió? No hay respuestas para esas preguntas. Como otros muchos hechos delictivos ocurridos en el periodo de los gobiernos auténticos (1944-1952) el robo del brillante del Capitolio quedó sin esclarecer.

Los romanos medían sus distancias a partir de un hito situado en el Capitolio. Los franceses, desde el célebre Arco de Triunfo parisino, y en EE UU el sistema vial del Este arranca desde la aguja del Capitolio de Washington. Cuba no podía ser menos. En La Habana, el brillante, empotrado bajo la aguja de la cúpula, no solo marcaría el punto inicial de la carretera Central, sino que dividiría en dos ese lujoso espacio, una especie de túnel inspirado en la galería cilíndrica de la basílica de San Pedro, en el Vaticano. El ala izquierda correspondería al Senado; la derecha, a la Cámara de Representantes. Pronto se convirtió en una de las grandes atracciones turísticas de la capital. En catálogos de agencias de viajes norteamericanas se atribuían poderes mágicos a la joya, que, decían, curaba a los enfermos e irradiaba buena suerte.

Pero lejos de esparcir buena suerte, el brillante del Capitolio tenía mala sombra. Llevaba la desgracia a todo el que lo tocaba.

EL FULGOR AMARILLO

Isaac Estéfano, un joyero turco o libanés radicado en La Habana y que hizo aquí buenos negocios con joyas de la aristocracia rusa, logró interesar a María Jaén, esposa del presidente Alfredo Zayas, en uno de los cinco brillantes que conformaban una de las coronas del último zar de Rusia. Viajó el joyero a París para traérselo, pero ya con el brillante en la mano a la primera dama le parecieron excesivos los 17 000 pesos que debía pagar y se arrepintió de comprarlo, lo que puso a Estéfano entre la espada y la pared.

A los antiguos propietarios del brillante no les había ido mejor. El zar a quien perteneció fue derrocado y asesinado junto con toda su familia. La duquesa, de quien Estéfano lo adquirió en París, murió diez días después de la venta, y el ruso que sirvió de intermediario en el negocio quedó ciego a causa de una agresión. El mismo Estéfano no levantaba cabeza desde que lo tenía. Los negocios le iban de mal en peor y llegó el momento en que se vio obligado a empeñar la gema por solo 4 000 pesos. Para remate, había sido objeto de varios asaltos y de un intento de secuestro orquestados por gente que quería apoderarse de la joya.

Fue así que vio los cielos abiertos cuando Carlos Miguel de Céspedes, ministro de Obras Pública del gobierno de Machado, se interesó en adquirirla para colocarla en el Capitolio, todavía en construcción. A esa altura el joyero se conformaba con 12 000 pesos. Obreros, técnicos, ingenieros y arquitectos que participaban en la edificación de la majestuosa obra y hasta la propia firma contratista allegaron 9 000 pesos. Los 3 000 restantes los puso Carlos Miguel de su bolsillo. Cuando el Capitolio se inauguró el 20 de mayo de 1929, el brillante estaba ya en su sitio y por su engarce suntuoso, el tallado y su sorprendente fulgor amarillo fue el centro de la atención de las personalidades nacionales y los dignatarios extranjeros que ese día asistieron a la toma de posesión del presidente Machado, empeñado en prorrogarse en el poder en contra de la opinión de los sectores más responsables del país. Dos años después, el 24 de febrero de 1931, cuando el Estado, de manera oficial, traspasó el edificio al Congreso de la República, la joya continuó siendo el punto máximo de atracción de los visitantes cubanos y de otros países.

Llegó así la mañana del 25 de marzo de 1946. La víspera se había clausurado una gran muestra de pintura cubana en el Salón de los Pasos Perdidos, que atrajo a miles de visitantes durante los días en que se mantuvo abierta bajo los auspicios del Ministerio de Educación. Pese a eso no hubo en el Capitolio una vigilancia especial y de todos era sabido que la guardia nocturna del Palacio de las Leyes eludía en sus rondas el Salón por temor a toparse con el fantasma del senador machadista Clemente Vázquez Bello, ultimado por un comando revolucionario en 1932, que, se decía, vagaba por allí en las noches. Por eso no debió haber sido difícil para el ladrón o los ladrones, antes de que cerraran el edificio, esconderse tras los cuadros de la exposición o en la parte trasera de la monumental Estatua de la República, y aguardar la hora oportuna.

Junto al lecho vacío del brillante, los peritos del Gabinete Nacional de Identificación encontraron el forro de un sombrero manchado de sangre, varios fósforos usados y una curiosa inscripción a lápiz en el piso. Decía: “2:45 a 3:15 – 24 kilates”. Lo que indicaba, al parecer, la hora en que los ladrones comenzaron su faena y el tiempo que les demoró. Ninguna huella digital. Aseguraron los peritos el robo fue cometido por expertos. Miguel Suárez Fernández, presidente del Senado, suspendió de empleo y sueldo al pelotón de la Policía que esa noche custodió el edificio y sus integrantes quedaron sujetos a investigación.

EN FORMA ANÓNIMA

Pasaron los meses; el robo del brillante parecía haber caído en la categoría de los crímenes perfectos cuando, el 2 de junio del 47, el presidente Grau llamó a su despacho a algunas de las más conspicuas figuras del régimen. Allí estaban el presidente del Senado, el senador Carlos Prío, el senador Caíñas Milanés, Guillermo Alonso Pujol, senador y presidente del Partido Republicano, los ministros de Justicia y Salubridad, Alejo Cossío del Pino, recién estrenado como ministro de Gobernación (Interior)… El doctor Arturo Hevia atraía las miradas de todos los presentes. Era el juez instructor de la causa incoada por el robo de la joya. Grau rompió el silencio.

- Señores, les he citado para que presencien la entrega que voy a hacer de un brillante que he recibido en forma anónima y que, según parece, es el mismo que fue sustraído hace algún tiempo del Capitolio Nacional. Lo entrego al doctor Hevia…

El brillante estaba dentro de un pequeño y ajado sobre amarillo. Un periodista se interesó en saber cómo había llegado a manos del presidente. “En forma anónima…” reiteró Grau. Y ante otra pregunta en ese sentido, expresó:

- Ya dije que lo he recibido en forma anónima, y eso es todo. Es como si a uno le dijeran levante ese papel, que va a encontrar algo debajo. Y efectivamente, aparece el brillante.

La pieza pasó de mano en mano. Caíñas Milanés aseveró que parecía más clara que la del Capitolio, a lo que Grau respondió que si no se trataba del brillante robado había que devolvérselo “porque fue a mí a quien se lo enviaron”. Pero Suárez Fernández, temeroso de perderlo por segunda vez, aseveró, categórico, que era el brillante perdido.

LO DEMÁS ES LO DE MENOS

Poco antes del mediodía de aquel 2 de junio, Grau sostuvo una larga entrevista con José Manuel Alemán, el amillonado ministro de Educación y protegido de Palacio. Se dice que fue él quien puso la joya en poder del presidente, luego de pagar 5 000 pesos por su devolución. Y lo confirmó el propio Grau al declarar: “No me importa lo que digan sobre la aparición del brillante. Lo cierto es que apareció. Lo demás es lo de menos. Alemán me consultó antes de traerlo. Yo le dije que sí y que eso era buena publicidad”.

Pero de ahí a afirmar, como se ha hecho, que fue Alemán el autor intelectual del robo, va un largo trecho. Se dice, para completar esta historia, que el aventajado ministro quería regalar la joya a Paulina Alsina, cuñadísima del presidente y primera dama de la nación. ¿Dónde y en qué circunstancias hubiera podido ella lucir la gema robada? Sin contar que un hombre tan cercano al mandatario no podía cometer un acto así sin poner en grave aprieto y hasta en ridículo a su ilustre amigo y protector.

No descarto que el robo haya sido obra de la oposición. Los ánimos estaban ya muy inflamados y el presidente, en definitiva, no tenía mayoría en el Congreso. Humberto Vázquez García, en su documentadísimo libro El gobierno de la kubanidad (2005) dice que en el momento muchos consideraron que había que buscar a los ladrones entre las esferas del poder. Y añade enseguida que motivos había por montones: pugnas, envidias, venganzas. Cita lo que muchos años después del suceso le contó Segundo Curti, alto cargo en el gobierno grausista: “Pablito Suárez fue el que lo llevó [el brillante] a la mesa de Grau”. Estaba casado con Tatita Grau, una de las sobrinas del presidente; matrimonio que le valió avecindarse en Palacio y el grado de comandante en la Policía Nacional. Él fue el intermediario en la devolución del brillante, decía Curti, operación en la que contó con la ayuda de Abelardo Fernández, El Manquito, jefe de la Policía del Ministerio de Educación.

El historiador Rolando Aniceto aseguró a este escribidor que un antiguo recluso le contó que El Manquito, que guardaba prisión por la muerte del hijo de Martínez Sáenz, le aseguró en la cárcel que él fue el autor del robo del brillante. Como jefe de la Policía de Educación había tenido a su cargo la vigilancia de la exposición de pintura cubana en el Capitolio. Hay otra versión. “No le dé más vueltas al asunto. El brillante se lo robó Pablo Suárez”, me dijo hace años un familiar cercano suyo.

Periódicos de la época parecen confirmarlo. En aquel mes de junio del 47, Grau prohibió terminantemente la entrada de Pablo en Palacio y fue víctima de una golpiza que lo dejó mal parado. Dice Vázquez García: “Era lícito pensar que su presencia en el Palacio Presidencial – ya fuera culpable, sospechoso o simplemente chivo expiatorio – resultaba muy incómoda… En cuanto a su deplorable estado, no podía descartarse que hubiera sido consecuencia de un ajuste de cuenta o de una advertencia para disuadirlo de intentar algún chantaje o formular declaraciones a la prensa”.

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martes, marzo 11, 2008

CARUSO EN LA HABANA

Por Ciro Bianchi Ross (Barraca Habanera)

La vida teatral habanera fue intensa durante las tres primeras décadas del siglo XX. Se daba el caso de que noche a noche ocho teatros abrieran sus puertas para la presentación de distintos géneros teatrales. No era raro entonces el empeño de compañías europeas de venir a la capital cubana a “hacer la América”. Si triunfaban aquí, tenían garantizado el éxito en otras latitudes americanas; si no, ya podían volverse a Europa con el rabo entre las piernas y los bolsillos vacíos.

En cuanto a la música, la ópera seguía siendo entonces el espectáculo preferido. Y La Habana igualaba y superaba a las más importantes urbes europeas y norteamericanas por la brillantez de los conjuntos operísticos que acogía. En una fecha tan temprana como 1776 abrió sus puertas el primer teatro de óperas con que contó la capital de la Isla. “Un teatro de óperas como no lo había en el mundo en aquella época. No lo había en los Estados Unidos aún ni en otras ciudades de América”, afirmaba Alejo Carpentier.

Precisaba el novelista de Los pasos perdidos que en aquellos comienzos del siglo XX, “la ópera italiana era un pretexto para toda una exhibición de vanidades, de modas, de cosas. Con un calor infernal y sin aire acondicionado la gente venía de frac y chistera y las mujeres traían pieles de cibelina y casi largaban el pellejo”.

Carpentier no dejaba de reconocer, sin embargo, que entre 1912 y 1921 se dieron en el Teatro Nacional “las temporadas de ópera más fabulosas que pudieran verse”. En abril de 1915, con motivo de la inauguración de dicho teatro, que se llamó Tacón hasta entonces, vino a La Habana una compañía compuesta por artistas de mucho renombre bajo la conducción del maestro Tulio Serafín. Y en 1920 estaba aquí Enrico Caruso para actuar junto a María Barrientos, Gabriela Bensanzoni, María Luisa Escobar, Flora Perini, Ricardo Stracciari y José Mardones.

Caruso, que haría diez presentaciones, pidió 10 000 dólares por función. Fue el contrato mejor pagado de toda su carrera. Hoy la cifra podrá parecer ridícula para los “grandes tenores”, que cobran mucho más, pero hasta los años 70 al menos no había sido superada por cantante alguno.

Visitas y contratos como esos cesaron poco después de la visita del gran divo italiano. En aquel ya lejano año de 1920, a causa de la caída del precio internacional del azúcar, se clausuró la llamada Danza de los Millones o de las Vacas Gordas para dar paso al periodo conocido como de las Vacas Flacas. El precio del azúcar, principal rubro exportable cubano, descendió de 22,5 centavos/libra, en el mes de mayo, a 3,75, en diciembre, por lo que el Gobierno debió decretar la moratoria general. Suspendieron pagos el Banco Español, el Banco Internacional y el Banco Nacional de Cuba, que especularon con el alza azucarera, y tras el crack bancario solo sobrevivió la banca norteamericana que operaba en el país. Los trabajadores se fueron a la huelga y varias bombas estallaron en la capital. Una de ellas le tocó a Caruso.

TÚNICA COLOR DE COLEÓPTERO

Para ver a Caruso, el teatro fijó el precio de 25 pesos la luneta, que, por fuera, se revendían en 60. Veinticinco pesos eran entonces el salario mensual de un obrero, y con ellos podían vivir cuatro personas. Aquel alarde de lujo indujo a alguna gente a manifestar su descontento. Y lo manifestó con una bomba que estremeció el Teatro Nacional y que obligó al tenor a abandonar el escenario con pies ligeros.

Se trata de un incidente sobre el que existen al menos dos versiones. Una atribuye el bombazo a un grupo de anarquistas que exigía reivindicaciones salariales para los empleados del teatro, y asegura que el artefacto explosivo fue colocado en los baños del edificio. Carpentier, en cambio, responsabiliza, de manera más general, a gente descontenta con la situación cubana y dice que tiraron la bomba en el foso de la orquesta. Ambas versiones coinciden en que no fue una bomba para hacer daño, sino un petardo para asustar.

Trataremos de reconstruir los hechos.

Sucedió durante una matinée. Enrico Caruso, junto a Gabriela Bensanzoni, ocupaba la escena. Interpretaba Celeste Aida, de Verdi. Hacía el tenor, como es lógico, el papel de Radamés y vestía una túnica enorme color de coleóptero con reflejos verdes, cuando estalló la bomba.

Recuerda Carpentier:

“Caruso, que era muy miedoso, agarró un susto terrible, salió por la puerta del fondo del Nacional y empezó a correr a las tres de la tarde por la calle San Rafael.

“Cuando llega dos cuadras más arriba, un policía […] lo agarra violentamente por la mano, y dice:

“-Qué es esto. Aquí no estamos en carnavales para andar disfrazados por las calles.

“Entonces Caruso, que no hablaba español, empieza a decir:

-Io non sono in carnavalle, io sono un grande tenore… vestido de Radamés, io sono il tenore Caruso.

“Pero el policía no entendía. Se quedó mirando fijo a Caruso y le espetó:

“¡Eh! ¿Y además de eso disfrazado de mujer? ¡Para la estación de policía!”.

“Y el pobre Caruso tuvo que ser sacado de la estación de policía por el embajador de su país”, concluía Alejo Carpentier su relato.

¿QUIÉN FUE EL “BOMBERO”?

Enrico Caruso nació en 1873 y se presentó en público por primera vez cuando contaba con 19 años de edad. A partir de 1902 actuó en Gran Bretaña y desde el año siguiente lo hizo en los Estados Unidos, donde alcanzó una fama extraordinaria gracias, sobre todo, a las grabaciones discográficas. Murió en 1921, un año después de su visita a Cuba.

En La Habana, se alojó en el hotel Sevilla, aunque algunos insisten en que lo hizo en el hotel Inglaterra. Creo haber oído decir que en esta instalación se conserva un vale de tintorería a su nombre. Cualquiera de los dos resultaba digno del gran divo en esa fecha. Inglaterra era ya entonces un hotel tradicional en La Habana, preferido por artistas y periodistas extranjeros. Allí vivieron un tórrido romance la célebre trágica Sara Bernhardt y Mazanttini, el torero. El otro, inaugurado en 1908, era lo nuevo, con sus cuatro plantas, 300 habitaciones y nueve apartamentos, todos con teléfono y baño privado. Su arquitectura, inspirada en las líneas moriscas del famoso Patio de los Leones del Alhambra de Granada, su decoración, el lujoso mobiliario y los servicios que ofrecía, hicieron que Sevilla fuera uno de los hoteles habaneros más frecuentados durante las décadas iniciales de la República y su fama trascendió los límites de la Isla.

Entre otros actos sociales, Caruso acudió en La Habana a la residencia de los esposos Pennino, el introductor del granito en las construcciones cubanas, e invitado por el presidente Mario García Menocal pasó un día de campo en su finca El Chico. Viajó a Cienfuegos y a Santa Clara y ofreció sendos conciertos en esas ciudades.

El día de la bomba en el Teatro Nacional –y aquí viene la otra versión– Caruso y la Bensanzoni, “contralto de navajas en la liga y apostura de rica hembra”, ganaron la calle, se introdujeron en el auto de cierta dama que, se asevera, flirteaba con el divo, y se trasladaron al Hotel Sevilla. Allí, dicen los historiadores, llegó Caruso con el traje de Radamés, aquella túnica enorme color de coleóptero.

El “bombero” fue un niño que vendía periódicos en la Acera del Louvre, el lugar más concurrido de La Habana de entonces. Un grupo anarquista, que exigía reivindicaciones económicas para los empleados del teatro, le dio cuarenta centavos para que colocara el petardo en uno de los baños del inmueble.

Aquel vendedor de periódicos contó la historia al escritor Eduardo Robreño muchos años después, cuando –parlamentario y ministro– era uno de los “presidenciables” para las elecciones de 1948. Se llamaba Luis Pérez Espinós, fue Ministro de Educación del gobierno del presidente Grau y se hizo célebre por su campaña de “Todo para el niño”.

Esta es la historia de Enrico Caruso en La Habana. Imaginamos el susto terrible que debe haberle pegado al gran tenor, divo entre los divos, aquella máquina infernal que, a diferencia de las de ahora, era solo de humo y ruido.

lunes, enero 07, 2008

UN CUBANO EN EL POLO NORTE

Por Ciro Bianchi Ross (Barraca Cubana)

Un cubano radicado en Estados Unidos llegó al Polo Norte, en una expedición de salvamento, en 1881. Se llamaba José Joaquín Castillo Duany, se había graduado en la Universidad de Pennsylvania y, aunque su incorporación a aquella gesta fue voluntaria, prestaba servicio como médico en la Marina de Guerra norteamericana. A su regreso, en 1882, se le aclamó en California como a un héroe y fue objeto de numerosos honores y reconocimientos. Años después, como integrante del Ejército Libertador, ganaría los grados de General de Brigada en la guerra de Cuba contra España.

En esa época el Polo Norte era todavía una aventura retadora que apasionaba a marinos y científicos, escribe René González Barrios, biógrafo de Castillo Duany. Una aureola de misticismo envolvía el tema. Se hacía necesario estudiar las vías seguras de navegación en los alrededores del casco Artico y el sentido de las corrientes polares. El medio era enigmático por lo desconocido y adverso y hostil por la crudeza del clima.

Nada de eso fue obstáculo para que el explorador, geógrafo y geólogo sueco Adolf Eirk Nordenskjöld se dejara ganar por la empresa. Fue el pionero. En julio de 1878, zarpó de Noruega, a bordo del buque Vega, con la idea de bojear el océano Ártico por las vías del noreste. Pero cuando se acercaba al estrecho de Bering, el barco fue atrapado por los hielos y permaneció inmóvil hasta julio del 79, cuando el deshielo lo liberó y pudo arribar a Alaska.

La falta de información sobre la expedición del Vega, de la que se hacían los peores pronósticos, llevó a James Gordon Bennett, figura notable del periodismo norteamericano y propietario del diario New York Herald, a alistar su barco Jeannette a fin de localizar y rescatar a los hombres perdidos. Después de las autorizaciones pertinentes, el Jeannette zarpó de San Francisco, California, el 8 de julio, y, al pasar el estrecho de Bering, su tripulación conoció que Nordenskjöld y los suyos estaban con vida. Fue entonces que George De Long, que capitaneaba el barco de Bennett, decidió marchar más al norte que el marino sueco y hacer el viaje polar en sentido contrario.

Pero el 6 de septiembre, el Jeannette quedó aprisionado en los hielos. Los vientos y la corriente lo llevaron a la deriva hacia la zona ártica de congelación permanente. Allí estuvo durante 21 meses hasta que, comprimido, terminó hundiéndose, el 23 de junio de 1881, a 150 millas del delta del río Lena, al norte de la Siberia rusa.

Como había sucedido con el Vega, el destino del Jeannette intranquilizaba también al pueblo norteamericano, y el Senado aprobó la suma de 175 000 dólares para rescatar a sus hombres si era posible. Cuatro expediciones de socorro se organizarían con ese dinero, y se prepararían excursiones que, en trineos, se acercarían a aquellas zonas donde los esquimales pudieran brindar información sobre los desaparecidos. En una de esas expediciones, la que viajaría al Artico a bordo de vapor Rodgers, se enroló el cubano José Joaquín Castillo Duany.

FRÍO, HAMBRE Y ESCORBUTO

Había nacido en Santiago de Cuba, el 1 de mayo de 1858. Se graduó como médico cirujano en 1880 y ese mismo año se presentó a una convocatoria de la Marina de Guerra norteamericana que buscaba cubrir veinte plazas de médico. Más de cien profesionales respondieron al aviso e hicieron los exámenes correspondientes, pero el cubano estuvo entre los primeros seleccionados.

El Rodgers salió de San Francisco, el 16 de junio de 1881. Fue incansable la búsqueda por bahías y tierras heladas. Recorrió varias estaciones polares sin hallar indicio alguno del Jeannette. Luego de rastrear Alaska, el barco tomó rumbo a la Siberia. Cerca del delta del Lena una explosión accidental incendió el Rodgers y sus treinta y cinco tripulantes quedaron a la deriva en el inhóspito territorio polar ruso. Supieron al fin que los hombres que buscaban habían muerto congelados.

A los expedicionarios del Rodgers no esperaba una suerte mejor. Lucharon durante diez y seis meses contra la adversidad, pero la mayoría murió de frío, hambre y escorbuto. Escribe René González Barrios: “El joven médico cubano aprovechó la dramática experiencia para, de su convivencia con los habitantes del Artico, elaborar algunos apuntes científicos que una vez concluida la apasionante aventura, publicaría en un libro titulado Los hábitos y la higiene de los esquimales”.

De aquellos treinta y cinco expedicionarios, solo Castillo Duany y dos compañeros sobrevivieron. Atravesaron la Siberia rusa hasta llegar a la península de Kamchatka. Cruzaron el estrecho de Bering y arribaron al poblado de Sitka, en Alaska. Su próxima escala sería San Francisco, de donde habían partido. Nadie los esperaba. Cuando se supo la noticia, los tres hombres fueron acogidos como héroes. Pero una página más heroica aún escribiría José Joaquín Castillo Duany en su patria.

POR CUBA LIBRE

En 1883, ya casado, vuelve a instalarse en Santiago de Cuba. Ejerce como médico y conspira contra España. Cuando, en julio de 1890, el general Antonio Maceo visita la ciudad, Castillo Duany organiza un banquete en su honor al que asisten las más notables figuras del independentismo en la región. En voz baja se reiteran los brindis por Cuba libre y los asistentes se conjuran para respaldar los planes insurreccionales de Maceo. Escribiría el General: “Los hermanos Dr. Joaquín y Demetrio Castillo Duany se habían comprometido, a petición propia, a formar barricadas, el primero, en la ciudad, para secundar mis planes, como él decía, y batirse en las calles, mientras que el segundo, lo verificaría en las minas de Juraguá, aniquilando una guarnición de veinte hombres que había en aquel lugar, para incorporarse luego a los combatientes de la ciudad…”

Aquel movimiento, que pasó a la historia con el nombre Del Manganeso, se frustró al fin, pero dio paso a un sentimiento de admiración y simpatía entre Maceo y el médico explorador. Cuando en 1892 Martí funda en Estados Unidos el Partido Revolucionario Cubano, Castillo Duany viaja a Nueva York y recibe órdenes directas del Apóstol de la Independencia de Cuba. Será en su ciudad natal uno de los pilares de la guerra que se prepara y que estalla el 24 de febrero de 1895. El 1 de julio está ya Castillo Duany en el campo de batalla. Combate, por separado, bajo las órdenes de los hermanos Maceo, José, también general, y Antonio. Como delegado de la región oriental de la Isla asiste a la Asamblea Constituyente de Jimaguayú y el gobierno de la República en Armas lo designa subsecretario de Hacienda. Pero Castillo Duany está hecho para la acción. Renuncia al alto cargo y acompaña a Maceo en la invasión hacia occidente. Ostenta ya el grado de general y es jefe de Sanidad del Ejército Libertador.

OTRA VEZ EN EE UU

Por órdenes de Maceo debe salir al exterior. Lo hace por el puerto de La Habana, burlando la férrea vigilancia española. Quiere el general Antonio que en Santo Domingo contacte con el presidente Hereaux y otros políticos y militares que simpatizan con la independencia cubana y recabe su apoyo. Pasa después a Estados Unidos y en Nueva York se le designa subdelegado del Partido Revolucionario Cubano y asesor de su Departamento de Expediciones. Envía hombres y pertrechos bélicos a la Isla, y lo hace con éxito, y no es extraño que venga él mismo a bordo de alguna de aquellas frágiles embarcaciones utilizadas para el trasiego de armas y combatientes. “Navegó seguro Castillo Duany, desafiando esta vez no la inhóspita soledad de los mares del norte, sino las fuertes corrientes del Golfo de México y un mar infestado de barcos de guerra españoles a la caza de expediciones mambisas”, escribe su biógrafo González Barrios.

A LA LUZ DEL MORRO

La organización de esas expediciones le cuesta persecución y cárcel en Estados Unidos. Pero le vale la admiración y el respeto de sus compatriotas. Impresionada por su audacia e intrepidez, decía la revista Cuba y América: “Va y vuelve, impertérrito, tenaz, sin darse cuenta de que hace algo maravilloso. Como si fuera un sajón de raza, apenas sonríe; suele enrojecer por algún elogio vivo, y su modestia, que pasa de raya tal vez, le ha conquistado todas las simpatías y ya le ha ceñido el laurel de César en todos los corazones cubanos”.

Impacta por su osadía cuando logra el desembarco de una expedición por la playa de Boca Ciega, a pocos kilómetros al este de la capital. Un viejo patriota, curado ya de espanto por los largos años de guerra y exilio, escribía al respecto: “Lo de Castillo fue una hombrada. Nadie había jamás pensado se metiera una expedición por la Vuelta Abajo y, después de entregada a Maceo, volver por otras, fracasar dos veces en aguas americanas… y al fin poner la segunda en la misma Habana a la luz de la farola del Morro y al alcance de los cañones de los castillos… Este Castillo Duany se ha convertido en una fortaleza”.

MUERTE EN PARÍS

El 25 de mayo de 1898 está otra vez en Cuba. Vino en el vapor Florida, que trae a bordo a unos trescientos combatientes. La Guerra de Independencia se acerca a su final. Estados Unidos ha declarado la guerra a España y decide intervenir en la contienda que libran cubanos y españoles. Castillo Duany y su hermano, el general de división Demetrio, reciben órdenes de asegurar el desembarco del ejército interventor. A la vanguardia de sus tropas garantizan la invasión estadounidense por la playa de Daiquirí, el ataque al poblado de Siboney y la toma de la loma de San Juan. Pero, escribe René González Barrios, los hermanos Castillo Duany fueron de los primeros decepcionados y de los primeros también en percibir la humillación a que los norteamericanos sometían al aguerrido y heroico Ejército Libertador. Una vez derrotada España, el general de división Demetrio Castillo Duany fue el único jefe cubano al que se le permitió entrar en la ya rendida plaza militar de Santiago de Cuba, el 17 de agosto de 1898. Lo hizo en compañía del general Shafter y el contralmirante Sampson, jefes del ejército de ocupación.

Ya en la paz, José Joaquín asumió la dirección del Hospital Civil de Santiago de Cuba. Más de diez mil santiagueros lo eligieron como delegado a la asamblea que redactaría la Constitución de 1901. No aceptó la representación. Prefirió el ejercicio de la cirugía. Pero estaba ya muy enfermo y quebrantado. Con la esperanza de restablecerse, viajó a París, escenario de sus días de infancia y juventud. Esfuerzo inútil. Allí falleció el 20 de noviembre de 1902. El Hospital Militar de Santiago lleva su nombre.

martes, diciembre 18, 2007

Dos habaneras de ayer

Por Ciro Bianchi Ross (Barraca Habanera)

¿Qué tal si le digo que María Teresa Montalvo y O'Farrill, Condesa de San Juan de Jaruco por más señas, una ilustre habanera, viuda y con cuatro hijos, pero todavía joven, apetecible y perfectamente encamable, fue amante del rey José I, aquel "Pepe Botella" elevado al trono de España por obra y gracia de su tierno hermano Napoleón? ¿Y que su hija María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, la muy célebre Condesa de Merlin, lo fue a su vez de Jerónimo Bonaparte, sobrino del Emperador?

¿Verdad o mentira? ¿Rumores alentados por la envidia o la malquerencia? No se sabe. Al menos, es lo que se dice. Chismes de la historia. Pero lo cierto es ambas dieron pábulo a los comentarios. Lady Holland, en su libro Mi viaje a España, retrata a la Condesa de Jaruco como una "hermosa habanera, en extremo voluptuosa, que vive entregada por completo a la pasión del amor", en tanto que en un panfleto político de la época se la tacha de "disoluta y escandalosa". Y en cuanto a la hija, sus biógrafos, siempre ansiosos de hurgar en las sábanas sucias, sobre todo por tratarse de las de una mujer, le atribuyen unos cuantos romances, entre ellos el del Príncipe Jerónimo, sin que a la vuelta del tiempo podamos saber ya cuáles fueron platónicos y cuáles aristotélicos.

UN CONDE ILUSO

La Condesa de Jaruco es figura principal de aquel Madrid de Carlos IV, primero, y luego de José Bonaparte. Su tío Gonzalo O'Farrill ocupa importantes cargos en la corte del rey Borbón y será ministro de Hacienda del rey francés. En su palacio de la calle madrileña de Clavel, donde habita María Teresa, son visitas frecuentes los poetas Quintana y Moratín y también un pintor que responde al nombre de Francisco de Goya, personajes que agradan a la Condesa tanto como exasperan a su marido, que prefiere recibir en sus predios a don Manuel Godoy, elevado a la condición de superministro y exaltado como Príncipe de la Paz gracias a los favores íntimos que tributa a la fea y desdentada reina María Luisa y a la paciente tolerancia del simple de Carlos IV.

Porque don Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, tercer Conde de San Juan de Jaruco y primer Conde de Mopox, no se anda por las ramas. No en balde fue en su tiempo (1769-1807) el hombre más rico de Cuba. Pero es iluso y poco práctico. Sueña con grandes empresas y casi todas fracasan; pese a que carece de escrúpulos, su capital decrece y las deudas aumentan. Cuando fallece, lega a su hijo la, para la época, inmensa fortuna de nueve millones de pesos, condicionada por una deuda de siete millones que en el testamento le obliga a honrar.

Don Joaquín ha sido designado en Madrid gentilhombre de cámara de Carlos IV y lo hacen Caballero de la Orden de Calatrava hasta que, un día de 1795, gracias a su amistad con Godoy y al empuje del habanero Francisco Arango y Parreño, el llamado "estadista sin Estado", eminencia gris de la sacarocracia criolla, lo nombran subinspector general de las tropas españolas en Cuba y presidente de una comisión que elaboraría planes, casi todos ideados por el propio Conde, para la transformación económica de la Isla.

Esos cargos le obligan a trasladarse a Cuba una y otra vez y a medida que el Conde se aleja de Madrid crecen los rumores malignos acerca de la conducta de su esposa. Cierto es que llevan ya muchos años de matrimonio; se casaron cuando él tenía quince y ella, doce. En uno de esos viajes, enfermo de hidropesía como estaba, lo sorprende la muerte en La Habana, pero ya había llevado a España a la hija mayor, María de las Mercedes, que quedó aquí al cuidado de una bisabuela y después como pupila en el convento de Santa Clara, de donde, con diez u once años y con la ayuda de una monja, logró fugarse para no volver jamás.

LA BELLA CUBANA

Es muy linda María de las Mercedes, aunque no nos lo parezca ahora en los retratos. Ya se sabe que el concepto de lo bello muta con el tiempo. Ella misma, en su libro Mis doce primeros años (1832) dice que a los once ya había llegado a todo su tamaño y si bien muy delgada, estaba tan formada como cualquier muchacha de diez y ocho. Precisa:

"Mi color de criolla, mis ojos negros y animados, mi pelo tan largo que costaba trabajo sujetarlo, me daban cierto aspecto salvaje, que se hallaba en relación con mis disposiciones morales… Viva y apasionada en exceso, no vislumbraba la necesidad de reprimir mis emociones y mucho menos de ocultarlas".

Apenas tiene trece años cuando llega a Madrid y la aristocracia española le rinde pleitesía. La asedian militares, políticos, escritores… Goya, un día, ve sus pinturas y, más que en los cuadros, repara en el destino de la adolescente. Le dice: "Como pintora no alcanzarás la gloria, pero llegarás lejos como mujer".

Los acontecimientos políticos de precipitan. Napoleón, que quiere engullirse a toda Europa, invade a España. Carlos IV abdica y lo obligan a trasladarse a Francia, y Godoy es puesto preso, mientras que el pueblo español se alza en armas contra el extranjero y no cesará en su lucha hasta expulsarlo. Los nobles se acobardan; muchos huyen, otros se quedan y, pasado el desconcierto inicial, buscan acomodo al lado de los franceses. Entre ellos están Gonzalo O'Farrill, tío de la Condesa de Jaruco, y la propia Condesa que, se dice, encontrará entonces consuelo a su viudez en los brazos del rey usurpador José I.

Fue una mala jugada. Cuando los Borbones recuperan el trono en la persona del nefasto Fernando VII, hijo de Carlos y María Luisa, ya la Condesa de Jaruco había muerto, pero el tío padecerá el exilio y la fortuna familiar será confiscada.

Para entonces María de las Mercedes está casada con Antonio Cristóbal Merlin, un general francés que recibe en España el título de Conde. Cuando contraen matrimonio, ella tiene veinte años de edad y él, cuarenta. No se piense, sin embargo, en una relación de conveniencia, por muy buen partido que el General pudiera ser en el país ocupado. Las cartas que le remite cuando él parte a la conquista de Andalucía evidencian a una mujer enamorada. Son, dice el profesor Salvador Bueno, misivas "escritas con cierta ingenuidad a veces, y otras con palabras apasionadas y referencias francamente eróticas". Muy distintas a las que escribiría a Philaréte Chasles, un amante de pacotilla, literato e historiador fracasado, que se aprovecha del amor de la Condesa ya viuda y en un etapa en que la belleza de la Merlin necesitaba de urgente chapistería y su economía se resquebrajaba.

EL DERRUMBE

También debe salir de España la Condesa de Merlin ante la caída de José I. Y le tocará asistir, años después en París, al derrumbe de Napoleón. Aunque excluido de la nueva corte que encabeza otro Borbón, Luis XVIII, el matrimonio, que tiene tres hijos, mantiene una posición y su residencia es visitada por muchos famosos. Con María de las Mercedes alternan Víctor Hugo y Lamartine, Musset y Rossini, María Malibrán, la celebérrima cantante, y Domingo del Monte y José Antonio Saco, sus compatriotas, en reuniones en que la Condesa deja escuchar su bella voz de soprano.

Ese mundo empieza a resquebrajarse con la muerte de Antonio Merlin, en 1839. Viaja la Condesa a Cuba y acopia datos para su obra más conocida, La Havane, que escribe por encargo de los hacendados esclavistas, que le retribuyen muy bien el servicio. Aparecerá también en español, abreviado y con prólogo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, bajo el título de Viaje a La Habana. En 1845 vuelve a España. Quiere recuperar lo que los Borbones confiscaron a los suyos. "Nunca pedigüeña fue tan bien atendida", escribe, pero nada logra, se a con las manos vacías.

Y sobreviene el final. Rodeada de sus hijos y olvidada por los que tanto la halagaron y brillaron en sus salones, ve llegar la muerte con resignación extraordinaria, el 31 de marzo de 1852, a los sesenta y tres años de edad. Un pequeño cortejo siguió sus restos hasta el cementerio parisino de Pére-Lachaise. Muchos años después, Domingo Figarola-Caneda, su más acucioso biógrafo, logró localizar su tumba. Estaba cubierta por la hierba y no había en ella un epitafio que recordase a esta bella cubana, apasionada en exceso y que jamás se cuidó mucho de reprimir sus sentimientos y emociones.

domingo, noviembre 25, 2007

Hemingway, ciudadano de Cojímar

Por Ciro Bianchi Ross (Barraca Habanera)

Sucedió en el ya desaparecido Palacio de los Deportes, en Paseo y Mar, en el Vedado, cerca de donde se edificó después el hotel Havana Riviera, el 17 de noviembre de 1955. Ernest Hemingway acudió al lugar con el fin de recibir la medalla de San Cristóbal de La Habana, que le concedería el gobierno habanero en reconocimiento a sus méritos de escritor y por su larga residencia en la capital, y vio en exhibición una caricatura que mucho lo disgustó. En ella, el autor de El viejo y el mar aparecía como un dios Neptuno – con tridente y su correspondiente trago en las manos – emergido de los mares. Junto a la caricatura se hallaba su creador, Conrado W. Massaguer, y Hemingway, sin perder un minuto, se abalanzó sobre el artista y lo agarró por el cuello al tiempo que lo amenazaba con su puño derecho.

-¡Oiga, deténgase! ¡Usted no puede tratar así a ese hombre que es un gran caricaturista y una gloria de Cuba!

Hemingway, sin soltar a Massaguer, miró a quien lo interpelaba.

-¿Y usted quién es?

-Soy Juan David, el caricaturista.

La furia de Hemingway no parecía disminuir, más bien se acrecentaba. Se olvidó de Massaguer y, puños en alto, se volvió hacia su interlocutor. David, con más de seis pies de estatura y más joven que Hemingway, se puso también en guardia.

-¿Y viene a hacerme otra caricatura?

-No, vengo a hablar de negocios –respondió David.

El escritor hizo entonces un gesto como de quien pide tiempo y dijo enseguida:

-Pues vamos al bar.

El negocio era el siguiente: Bohemia, de La Habana, quería publicar en una sola entrega y de manera íntegra El viejo y el mar, al igual que lo había hecho la revista Life antes de que la novela apareciera en forma de libro. "Contacta con Hemingway y dile que no podemos pagarle tanto como Life, pero que tenemos mucho interés en dar a conocer esa obra en Cuba", pidió Miguel Ángel Quevedo, director de Bohemia a David. La revista norteamericana pagó a Hemingway un dólar diez centavos por palabra – la novela tiene unas 27 000 – lo que redondeó la bonita suma de casi 30 000 dólares. Bohemia ofrecía 5 000.

El narrador, ya repuesto del encuentro inesperado que acaba de tener consigo mismo en el espejo revelador de la caricatura de Massaguer, aceptó la oferta, recordaba David muchos años después. Pero puso dos condiciones. La traducción debía hacerla Lino Novás Calvo, el gran novelista de Pedro Blanco, el negrero y La noche de Ramón Yendía, un español que se avecindó en La Habana, murió en EE UU, y forma parte de las letras cubanas. Pidió además que la suma ofrecida se donara en beneficio de los enfermos del leprosorio de El Rincón.

CINCO MILLONES EN DOS DÍAS

Quise recordar esta anécdota poco conocida y siempre mal contada ahora que El viejo y el mar cumplió 55 años de haberse publicado por primera vez. Cuando apareció, Hemingway no las tenía todas consigo. La crítica lo había vapuleado, y muy duro, tras la publicación de A través del río y entre los árboles (1950) una novela sentimental, se dijo, que relata el amor del viejo y gastado Cantwell por una muchacha, Renata. Era, en lo esencial, una historia autobiográfica; mientras recorría en el norte de Italia los escenarios de Adiós a las armas, el gastado Hemingway se había enamorado de la condesa Adriana Ivancich. Insistió en traerla a Finca Vigía, su casa habanera, y Mary, la cuarta esposa del narrador, que podía comprender el romance, pero no aquella convivencia, estalló en una crisis de celos homérica.

Las críticas desfavorables a su libro lo hirieron hondo y ante ellas hizo lo que uno supone no haría un escritor de su estatura: se justificó, se defendió. Pero no abandonó su tarea. En el otoño de aquel mismo año de 1950 reanuda el trabajo en lo que llamaba The Sea Book y que nunca llegaría a publicar. De ahí se desprendió El viejo y el mar. Alguien lo convenció de que lo diera a conocer como una obra independiente. Hemingway se negó al comienzo, pero terminó haciéndolo.

En abril de 1951, recordaba el periodista cubano Fernando G. Campoamor, tenía listo el borrador y lo remitió a Charles Scribner, su editor, en marzo del año siguiente. Su publicación en Life, el 1 de septiembre de 1952, fue una prueba. La revista vendió 5 325 447 ejemplares en 48 horas. El 8 de septiembre la casa Scribner puso a la venta la primera edición de la novela y ese mismo día dispuso la segunda edición. De inmediato, El viejo y el mar ganó la selección del Book of the Month Club, donde se le calificó como un libro “destinado a graduarse entre los clásicos de la literatura norteamericana”. Al año siguiente se alzó con el importante premio Pulitzer. Fue la antesala del Nobel que se le concedería a su autor, por el conjunto de su obra, en 1954.

Desde entonces se ha traducido a todos los idiomas y se llevó al sistema Braille para ciegos. Se adaptó al cine y a la TV. Más de cinco décadas después de su publicación inicial, El viejo y el mar sigue siendo un éxito en librerías y bibliotecas, aun cuando es ya uno y varios libros a la vez: incompleto, resumido, ilustrado, mal traducido, pirateado… A veces, en las ediciones en español, el nombre de Lino Novás Calvo se sustituye con un seco: "Traducción autorizada por el autor".

EL DIOS DE BRONCE

Con la publicación de El viejo y el mar, Ernest Hemingway se ratificó como el dios de bronce de la literatura norteamericana. Todo un coro se alzó en su honor. William Faulkner dijo, sencillamente, que con esa novela su autor había encontrado a Dios. Campoamor, cubanísimo, tiró a choteo su verdad al afirmar: "Hemingway sabía de química y de geografía, de numismática y economía, de historia militar y de violines, e inventó el daiquirí especial al igual que inventó el monte Kilimanjaro, el idioma inglés y los casteros".

Hemingway dijo: "Traté de hacer un viejo real, un muchacho real, un mar real, un pez real y tiburones reales. Pero si los hice bien y suficientemente verdaderos, pueden significar muchas cosas. Cuando se escribe bien y con sinceridad de una cosa, esa cosa significará después muchas otras cosas". Añadiría que en su novela el mar es el mar, el viejo es el viejo y el pez es el pez… no hay en ella ningún simbolismo. No hay en sus páginas más que un viejo que pescaba solo en un bote en la Corriente del Golfo y hacía 84 días que no cogía un pez…

Puede suponerse que el autor leyó El viejo y el mar más de 200 veces. A esa conclusión se llega tras conocer la carta en la que dice: "Ahora las pruebas del libro están listas y no volveré a leerlo durante diez años. Porque cada vez que lo leo siento las mismas cosas que he sentido y 200 veces son suficientes".

La anécdota de la novela es muy conocida. Su sentido es bien evidente. Hemingway lo pone en boca de Santiago, su protagonista: "El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado".

El escenario de la novela es el mar y la lucha del viejo contra los tiburones, es la del hombre por la vida. Hay en ella alusiones a Cuba, como las hay, con mayor o menor extensión, en otros libros del escritor. En Verdes colinas de Africa recuerda a Cuba como una "isla larga, hermosa y desdichada". Diría en alguna parte: "Amo este país y me siento como en casa; y donde un hombre se siente como en su casa, aparte del lugar donde nació, ese es el sitio al que estaba destinado". Idea esa que reiteró cuando se supo ganador del Premio Nobel: "Este es un Premio que pertenece a Cuba, porque mi obra fue pensada y creada en Cuba, con mi gente de Cojímar, de donde soy ciudadano. A través de todas las traducciones está presente esta patria adoptiva donde tengo mis libros y mi casa".

Tras la publicación de El viejo y el mar, Hemingway estaba en deuda con los pescadores de Cojímar, la pequeña localidad marina del este de La Habana. Cuando la cervecería Modelo, de El Cotorro, le rindió homenaje por el Nobel, aquellos hombres fueron los invitados de honor de la fiesta. Tras la publicación de la novela estaba en definitiva en deuda con la Isla, y eso explica quizás su decisión de ofrendar la medalla del Premio a la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba.