Búsqueda Personalizada

martes, junio 26, 2007

Belkis Ayón: Los ojos en la noche

Por Luis Manuel Pérez Boitel (Revista Esquife)

He quedado atrapada, con todo placer, en un mundo de recuerdos sagrados, de misterios, de secretos conocidos, y de secretos-secretos donde, desde mi posición de observadora, persigo a sus legendarios personajes en ceremonias de iniciación, de consagraciones, de sacrificio y muerte.

Belkis Ayón (La Habana, 1967-1999)

La ceremonia como objetivo o pretexto para el acto, sea circunstancial o definitorio, nos enuncia una nueva temporada. Los signos venideros nos aseveran que ya desde otras legiones la vida es algo más que un hecho fantasmagórico, una venganza o un instante. En esos mundos, entre sahumerios, podemos adentrarnos una vez más al órfico y universal tiempo de la obra de Belkis Ayón.

Nadie, sin embargo, podrá precisar dónde comenzó el viaje o hasta dónde llegó su viaje. Lo cierto es que hoy tengo frente mí un conjunto de colografías, que marcan realmente su voz desde el silencio donde hoy continúa morando. La artista tal vez presintió tales senderos y fue armando una catedral milenaria ante la noche, ya reverente donde los cuerpos, quizás cuerpos mágicos jueguen para deleitarnos.

No hay un trazo que no sea una huella palpable de la vida. Esos cuerpos son realmente el espectador y su sino (su constante dialogo), y somos engañados en el divertimento de las sombras. Sombras a veces donde hay luces como en un debate bíblico o en una estampa antigua, allí se nos reafirma el sentido de su obra como advierte Yolanda Wood: “La obra de Belkis se abre a una reflexión crítica sobre la condición humana.” [1]

Quizás en esos claustros la artista prefirió la colografía, técnica del grabado que consiste en una especie de collage impreso, con una amplia variedad de materiales puestos y pegados sobre un soporte de cartón. Las dimensiones de su obra nos acercan a lo colosal de su mundo. Allí se advierte toda una escena de símbolos, de historias posibles, de mágicos sacrificios.

Y es que el hecho del sacrificio pudiera habernos advertido de su pronta despedida, la solución de esos sortilegios que la autora nos legó y pretendió resolver como una deuda ante los hombres.

Tal parece un canto por la muerte, por burlar la muerte, esa fuerza que impone siempre renovada desde los ojos de los cuerpos. Quizás por venganza o por filosofía personal la artista no enuncia si son realmente cuerpos vivientes. Ya nada importa, lo inmaterial es ahora un simple compás para sumergirnos en el otro mundo. Hay un fino humor como hay divertimento en cada trazo, pero más que ello hay un modo peculiar y alegórico de presentarse, incluso de despedirse. Entonces como pretexto por buscar esa salida, están las imágenes en blanco y negro.

Lo que se cuenta al margen de esos espléndidos grabados son historias que traspasan la leyenda de Sikán; según refiere David Mateo, “parece enfatizar su propio conflicto. La causa de uno se fue desdoblando cada vez más hasta convertirse en la causa del otro.” [2]

Algo parece enunciar en “La Familia” (colografía, 1991); allí, como en otras obras, desciframos un discurso ante lo sagrado, lo magnánimo y lo inasible. La supuesta utopía está precisamente en advertir otros enigmas, otros rostros, otras historias, al fondo de esos ojos que nos miran. ¿Fueron quizás estos los celadores de su mundo real?

Nada pudiera aseverar después de reconocer en su efímera vida tanta obra para adentrarnos a lo mágico de su ceremonia, de sus actos definitivos. La religión, es asumida como desdoblamiento en un dialogo permanente entre el mundo humano y el mundo animal, entre el mundo real y el mundo de las cosas. La predilección por esa sentencia fue la que asumió con un rigor divino, que ni los propios hombres pudieran denotar como realeza ante el credo mágico, ante la fe.

Una prueba definitoria de esa solución se advierte en la concatenación de su obra, en su secuencia: en un inicio colografías donde los colores predominaban de vez en vez, hasta lograr los matices definitivos. Según Eugenio Valdés Figueroa, “su obra vence las versiones trilladas de carácter expositivo. La artista ya cuenta con sobrados precedentes de la búsqueda artística que penetra la naturaleza del mito como materia reflexiva, y logra aportar nuevos ángulos exploratorios y especulativos, sobre todo porque su discurso está marcado raigalmente por una conciencia sexual que resulta casi contestataria.”[3]

Los códigos de una sociedad secreta como la Abakúa nos advierten de la iniciación, incluso ante el temor de ser reconocida. Pero ya la artista había descifrado cada pasarela sobre el cuerpo, y había sido incluso juzgada por los hombres. Estaba allí, para asumir sus deudas posibles, sin temor a vagar por el trasmundo. Tenía fuerza y suficiente valor para el desafío, la dura contienda. Ya había confesado: “Fue una suerte descubrir el libro Los Ñáñigos, de Enrique Sosa; en especial el capítulo 'Tánze, Sikán y el pacto de los Obones'; volver a reencontrarme con El Monte y La sociedad secreta abakúa narrada por sus viejos adeptos, escritos por Lidya Cabrera”.

Los cuerpos yacen sobre las palabras de los otros, que ya no están. Una filosofía que nos invita a reconocernos ante la muerte y desde la muerte nos plantea Belkis en cada obra. El dolor aquí es parte del consuelo, del ritual de las cosas que saltan o escapan a otra dimensión, a otro mundo. El llanto y la fatiga no es el llanto y la fatiga. La meditación es la llave de tales enigmas, de sus saudades. Como Empédocles, también la artista descifra lo cíclico de la existencia, esa comunión del reino animal y humano como precedente, como realeza en la secuencia de la vida, como partitura original para asumir cada segundo en su creación.

Cada colografía es una puerta, ya sea una estampa o múltiples piezas, una historia que es parte de otra, definitivamente. Cada segundo está cubierto de una precisa justificación, de ir juntando los cuerpos para la ceremonia, el festín, la algarabía.

Nada existía por casualidad en estos grabados que Belkis nos propone en su obra, nada vivía con más fuerza a no ser el sentido del movimiento que daba a cada rostro, en cada entrega. Movimiento que fue notándose cada vez más violento, incluso agresivo para el espectador. Así aparecen colografías como “Acoso” (1998), “Intolerancia” (1998), “Hay que tener paciencia” (1998), que nos provocan grandes enigmas, precisamente cuando la artista había ganado un reconocimiento internacional.

Ese sentido de movimiento, es precisamente una idea personal, quizás, para lograr ciertos equilibrios, ciertos estados de gracia. Es precisamente un momento donde ya Belkis entiende conformada su obra, su filosofía ante las cosas y no rehuye de ella, como Sócrates, en el empeño de legitimar su mundo.

No bastaba ya a la artista ese permanecer en otros cuerpos, para alucinar su cuerpo, para revivirlo constantemente. Quería alcanzar con los ojos la noche inmensa. Romper con la misma fuerza cada una de esas máscaras para quedar o salir de ellas. Tal vez nos reiteraba su ceremonia incluso desde algunas colografías que no se atrevió a titular.

Demasiado era el mundo ya de la artista para asumir irreverentemente algo que para ella pudo ser sagrado. La tiranía de esa historia fue su salto, su supuesta despedida, porque no hay dudas que en cada uno de los cuerpos, existe y nos mira complaciente.

No hay espectador que escape ante las puertas que se abren y se cierran, ante lo mágico que nos ofrece —y se oficia— en esta obra, como el Gran Corazón de Jesús siempre cercano a nuestras vidas, deslizando su mano poderosa y sabia a su pecho. Nada pasa inadvertido, en la quintaesencia de las cosas, apenas las más insignificantes se nos muestran en estos grabados llenos de vida, de una fuerza que muy pocas mujeres han impuesto a su obra.

En esas figuraciones y pretextos, en esos andenes de la vida insular advertimos la sonrisa de Belkis Ayón como si fuera ayer que nos hablara. Esa quizás fue la razón para romper el equilibrio y alcanzar una armonía divina, como sus cuerpos, sus alucinaciones, después de tanto adentrarse y adentrarnos a la noche.

NOTAS:

[1] Yolanda Wood, noviembre, 1999. Belkis Ayón: La resurrección de los cuerpos marcados.
[2] David Mateo: Volver sobre los sentidos. Exposición homenaje, VII Bienal de La Habana. 2000.
[3] Eugenio Valdés Figueroa: Belkis Ayón: la revelación de un secreto. La Habana 1991

0 comentarios: