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domingo, mayo 29, 2011

AMORES MALDITOS DEL IMAGINARIO SOCIAL CUBANO

Por Gerardo E. Chávez Spínola (Cubarte)

En todas las épocas han existido seres cuyas aventuras y desventuras amorosas tuvieron una fuerza dramática tal, que trascendieron su período histórico a vivir para ser convertidos en leyendas. Los amores maldecidos, han sido origen de las más grandes obras de la literatura universal. De un modo casi mágico, personas de existencia real, cuyas vidas y azahares tomaron por asalto la memoria popular, fueron sustraídos de la realidad y convertidos en seres de fantasía.

Emociones intensas, espíritus volubles y sensibilidad del alma, son característicos en estos personajes, que sin distinción de clase social, época y lugar, tuvieron en común la desdicha como cierre a su tormento pasional. En cada una de sus vidas; crueldades, arbitrariedades, e intolerancias, o sencillamente tristes jugarretas de la vida, como crueles tintes amargos colorearon estos desempeños. Pasiones que les llevaron sin escape a un desenlace sombrío. Tomando así para el imaginario popular el rol de figuras arquetípicas y fijados en la memoria colectiva de su tiempo, como amores malditos.

Seres de carne y hueso han dado origen a estas leyendas, pues ya se ha dicho, que siempre la realidad sostiene a la ficción, la verifica, le da arte ante los ojos del alma y en ocasiones, la supera. Vidas, donde percepciones, razonamientos y conductas, están sojuzgados al sentimiento, los principios y las concepciones morales vigentes en su momento, obedeciéndoles incondicionalmente, o revelándose integralmente y por ello, conducidos hacia su destino final.

Limitados esta vez en equilibrio a la fugacidad del tiempo, han sido seleccionados solo unos pocos relatos, presentados con la sana intención de ver en ellos; la curiosa manera en que enmadejan los sentimientos, las concepciones morales, los convencionalismos y condicionamientos. Así como también, esta forma de obrar en sentido de la naturaleza del espíritu, que tienen sus protagonistas, para brindarnos una muestra de ese contraste armónico y peculiar similitud, con el que suelen estar sintonizadas todas las almas, a través del tiempo y el espacio.

Estas leyendas pertenecen al exuberante árbol mitológico de la Mayor de las Antillas, y puede decirse que han sido recreadas de la más pura realidad por el imaginario social, conservadas en la memoria popular y transmitidas de bocas a oídos por generaciones de cubanos. Desde aquellas lejanas épocas, en que solía hablarse mucho más de amor, que de sexo.

MODESTO Y MARGARITA

Entre las más famosas leyendas del Cementerio de Colón, en La Ciudad de La Habana, se encuentra la de los ocupantes de una tumba que contiene en su epitafio, uno de los más sentidos reclamos de amor que hubiese recogido piedra alguna, en aquel sacrosanto lugar.

Margarita Pacheco era al principio, tan solo una conocida del barrio. Se cuenta que el marido le propinaba golpes frecuentemente, en medio de violentas discusiones. Modesto Cantó Menjíbar, conocía de la nobleza de carácter de esta vecina y sentía mucha pena de su situación. Esto le llevó a un sentimiento más profundo y algún tiempo después, sin darse cuenta como ni cuando, sintieron ambos recíproca simpatía. Una atracción irresistible, que no pudo definirse, hasta que la separación del cruel marido fuera sentencia legal. Modesto era mucho mayor que Margarita, pero eso no era impedimento para que la primavera del amor les inundarse el alma y efectuaran su unión. Las críticas y los perjuicios de la época no lograron opacar la felicidad de la pareja, pero algún tiempo después, la escuálida cruel de la guadaña, le arrebató a Modesto la mujer de su vida.

Fallece ella de 39 años. Él sufrió respirando por 20 años más sin vivirlos, durante los cuales visitaba a diario la tumba de su amada. Cuentan que acompañado de un músico amigo, le dedicaba una hermosa melodía a los acordes de un violín, interpretando un himno titulado: "Sublime sueño", que el propio Modesto compuso para ella. Profesor de oficio, músico y escultor, talló el busto de Margarita en 1964 con la inscripción: "Margarita mía, modelo ésta obra inspirado en tu sagrada memoria. Tu Modesto". También, esculpió un busto de él al año siguiente, que colocó al lado del de su amada. Así esperaba el momento para unirse a ella. En el panteón, conocido como "la Tumba del Amor", puede apreciarse un epitafio que dice: "Bondadoso caminante: abstrae tu mente del ingrato mundo unos momentos y dedica un pensamiento de amor y paz a estos dos seres, a quienes el destino tronchó su felicidad terrenal, y cuyos restos mortales reposan para siempre en esta sepultura, cumpliendo un sagrado juramento. Te damos las gracias desde lo eterno. Modesto y Margarita".

Afirman los presentes en el entierro, que al bajar el sarcófago de Modesto a la sepultura, una luz blanca ascendió al cielo, llevándose el alma de los amantes.

YARINI Y BERTA

En la calle Paula número 96, casi en el mismo centro de la vieja Habana, Alberto Yarini y Ponce de León. Miembro de la secta secreta abakúa. Presidente del Partido Conservador en su jurisdicción. Exitoso personaje de la vida mundanal y notable administrador de “damas de la noche”, compartía con sus 6 mujeres dedicadas a la vida pública. Era el hombre más famoso de la barriada San Isidro, sitio habanero de tolerancia, donde las autoridades de la época permitían ampliamente el ejercicio del más antiguo de los oficios. Inexplicable profesión, para el hijo de una familia pudiente, de larga tradición honrosa y decente. Yarini comenzaría a convertirse en leyenda, aquella tarde primaveral del año 1910, cuando su rival en el oficio de chulo (proxeneta), el francés Luís Lolot, se paseaba por el medio de la calle con un grupo de sus más bellas mujeres. Una de ellas sobresalía del sexuado rebaño. Berta Fontaine, hermosa hembra de 21 años, acabadita de llegar de París. Parecía fabricada para el oficio de amar. Nadie sabe si fue su melancólica forma de mirar a los ojos a los hombres; esa manera tan europea de caminar; su acento francés; sus húmedos labios carnosos; o su escultural cuerpo, anunciador de los más desquiciantes placeres. Dicen, que en aquel momento solo fue una mirada, pero en ésta, el fuego del amor les quemó el alma.

Pero ambos sabían que esta pasión habría de sentenciarles. Conocían bien que en este oficio del amor tarifado, el que se enamora pierde. El desenlace ocurrió cuando Lolot salió de viaje al extranjero. Berta no perdió ni un segundo en escapar de madrugada a la calle Paula, para unirse al harén público de Yarini. Al regreso, la respuesta no se hizo esperar. Unos dicen que el duelo fue a machete, otros aseguran que a cuchillos. Se cuenta que el 26 de noviembre de 1910 pelearon como fieras, en plena calle y la sangre empapaba ambos cuerpos abundantemente, cuando fueron llevados al hospital. Luís Lolot, de 28 años de edad, llegó cadáver al centro asistencial. Yarini, de 26 años, logró sobrevivir unas horas más, para después irse del mundo. Esa noche, casi todas las “trotantes del asfalto” en La Habana, ejercieron con lágrimas en los ojos.

El funeral fue tildado por la prensa como “trascendente manifestación de duelo público”. Una impresionante multitud seguía al féretro de Yarini. Afirman que asistió José Miguel Gómez, entonces Presidente de la República, además de otros importantes personajes políticos de la época. En el Cementerio, ante el asombro de todos se dejaron escuchar los tambores. Por primera vez, se permitía en público la danza de la hermandad secreta de los abakúa, que lamenta la pérdida de un "ecobio". Pero también estaba ya en la necrópolis, el cortejo fúnebre de los partidarios de Lolot y la reyerta estalló de pronto entre los dos bandos. Dicen que comenzó en el cementerio y a la noche se extendió al barrio de San Isidro, alargándose con incidentes callejeros y furiosos choques por varios días, hasta que fueron extinguidos los deseos de venganza. La violencia alejaba a los clientes, la mentalidad del "negocio" les llamó a la cordura y nuevos chulos ocuparon el lugar de los muertos. Pero todos en La Habana aun recuerdan el amor maldito del gran Yarini y la francesita Berta.

CATALINA Y JUAN PEDRO

Catalina Laza era una de las damas más bellas, inteligentes y cordiales de la alta sociedad habanera de principios del siglo XX. Casada con Luís Estévez Abreu, hijo del Primer Vicepresidente de la República, había ya ganado varios concursos de belleza y era una de las personas más atractivas y preciadas del mundillo social de su época. Muy lejos estaba ella de pensar que aquella tarde, en los salones de una de las más lujosas mansiones de la ciudad, en medio de una fiesta de oropeles, entre los connotados asistentes, la mirada insistente de un hombre le seguía de una manera muy diferente a los demás. Fue inevitable el encuentro. Supo entonces que él se llamaba Juan Pedro Baró, que radicaba en París, Francia y era dueño de un inmenso capital. La conquistó con su sonrisa y sus modales.

Cuentan las malas lenguas que estuvieron viéndose a escondidas. Ella pidió la separación formal a su marido, pero le fue negada. Entonces no estaba aprobada la ley del divorcio en Cuba. Luís Estévez (hijo) formuló proceso legal contra Catalina, entre otras acusaciones, constaba la del delito de bigamia. La misma sociedad de alta alcurnia que antes le adorase, le viró las espaldas a la enamorada Catalina, y repudió con inaudita ferocidad. Aseguran algunos, que cierta vez Juan Pedro y Catalina asistieron a una función de teatro y en cuanto les vieron llegar, los asistentes, todos de la más alta clase social, abandonaron sus asientos y salieron del local. Dicen quienes estaban presentes, que los actores y actrices del elenco, salieron al escenario conociendo el asunto, para representar la obra ante la pareja repudiada, como único público. Al terminar la función, cuentan que Catalina, en medio de sus aplausos, quitaba las valiosas joyas que adornaban su vestimenta y las lanzaba emocionada al escenario, hasta que no dejó una sobre su cuerpo.

Todo le fue tan exasperante y hostil a la pareja en La Habana, que Juan Pedro decidió irse a Francia con su amada. Algunos tienen la certeza que viajaron a Roma, solicitaron al Papa la anulación del matrimonio y esta les fue otorgada. En 1917 el presidente Menocal firmaba la ley del divorcio. Ese mismo año, es registrada la separación legal de Catalina con Luís Estévez. Muchos son de la creencia que fue ella la primera mujer que se divorció en Cuba. En 1922, mientras la clase acomodada iba dejando de rumiar la comidilla de estos maldecidos amores, una elegante mansión se levantaba en la parcela nominada con el 406 de la calle Paseo en la barriada del Vedado, en La Habana.

Durante algo más de tres años, se rumoraba, que ni siquiera sus proyectistas, los famosos arquitectos Govantes y Covarrocas, conocían quienes eran los dueños. Por fin, quince días antes de la inauguración en 1926, se conoció que eran Catalina Laza y Juan Pedro Baró. Todos concuerdan que el costo del palacete fue calculado en un millón de pesos. Dos leones de mármol blanco sosteniendo escudo nobiliario, guardan la escalinata que brinda acceso al portalón de entrada. Hay indicios que la arena utilizada para la mezcla de cemento, con la cual se construyó, era traída del Nilo. Para sus jardines, Juan Pedro encargó una rosa de injerto, con la combinación de colores favoritos de Catalina, el rosado y amarillo, que aun es conocida como Rosa Catalina. Muchas novias de la época hicieron con ella sus ramos de boda y aun se puede ver con profusión en los jardines de no pocas casas de La Habana.

Pero nada diferencia a los amores maldecidos de los amores malditos. Catalina hubo de enfermar de extraño mal que ningún profesional de la medicina podía curar. La belleza se tornó en algo horrendo, a tal punto que ella misma no dejaba que sus propios criados la viesen. Pedro la llevó a Francia, donde a pesar de todos los cuidados, falleció el 3 de diciembre de 1930.

El cuerpo embalsamado de Catalina, reposa aún en la magnífica cripta erigida en la calle principal de la Necrópolis de Colón, cuartel NE 4, zona de monumentos de primera categoría, frente al obelisco a los bomberos. Dos ángeles encontrados de frente custodian la entrada del costoso sepulcro. Sobre esta puerta, la imaginación popular también ha entretejido sus imágenes del inconsciente, al ver en los contornos interiores de las dos figuras celestiales, la clásica e inconfundible silueta fálica. Cuentan que a su interior de mármoles blanquísimos, entraba cada mañana la luz del sol a través de un vitral francés que hacía derramar sobre el último lecho de la amada, un encaje de rosas amarillas y rosadas (actualmente sustituido por otro que no produce este efecto).

Juan Pedro murió diez años después. Fue su deseo que lo enterrasen a los pies del amor de su vida. Hoy todavía se cuenta, que algunas noches sin luna, en el jardín del palacete de la calle Paseo, se ve fugaz una hermosa mujer cuidando amorosa sus rosales y en medio del silencio pueden escucharse ahogados sollozos, mientras ella se inclina de cuando en vez, para regar los capullos con sus lágrimas. Algunos aseguran, que es el alma en pena de Catalina Laza.

BIBLIOGRAFÍA:

Rivero Glean, Manuel y Chávez Spínola, Gerardo. Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba. Instituto de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello. La Habana 2005.