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sábado, septiembre 10, 2011

BOLA DE NIEVE: CONJUGACIÓN PERFECTA ENTRE PALABRA Y MÚSICA

Tomado de Somos Jóvenes

En la Villa de la Asunción de Guanabacoa y a los 11 días del mes de septiembre de 1911, nació un niño hijo de Domingo Villa e Inés Fernández, en la casa sita en Máximo Gómez # 32 esq. a Versalles.

De padres humildes, él cocinero, ella ama de casa, Bola (sobrenombre con que se conoce internacionalmente), pasó sus primeros años junto a su nutrida familia, y los problemas económicos hicieron que la familia Fernández cambiara de domicilio muchas veces, esto influyó en su espíritu bohemio y sentimental. Así lo tenemos viviendo en la Calle Cadenas # 13, entre Corralfalso y Padillas, en la empinada Lebredo, también en la conocida Maceo, Aranguren 30 y en la antigua Candelaria #28. Pero la casona de sus recuerdos, la que sirvió de marco para incrementar su cultura creadora y su espíritu musical, fue la de la calle División.

Bola comenzó sus estudios de música, a los ocho años, en el Conservatorio "Mateu". Algún tiempo después le dedicó su interés a la guitarra, pero ya a finales del año 27, matriculaba en la Academia Municipal de Música, para ampliar sus estudios de solfeo y de teoría, bajo la dirección del maestro Gerardo Delgado Guanche. Un año después ingresa en la escuela normal para maestros, pero sus estudios se ven truncos en la década del 30, cuando los centros estudiantiles se ven afectados por la funesta dictadura machadista.

Es entonces que para ganarse unos centavos, Bola tiene que recurrir de nuevo al piano, y sin tener una gran capacidad, comienza a trabajar en su propio pueblo, unas veces acompañando a los artistas, en las variedades que presentaba el Teatro "Carral", otras, en las tandas del cine silente. Precisamente por esta época recibe Ignacio Villa el sobrenombre de Bola, y es que un día se presenta a tocar con su cabeza toda rapada y los chicos de la tertulia le gritan así. Más tarde enterada su amiga de siempre, Rita Montaner, le sigue llamando así cariñosamente, pero ya con el apodo completo de Bola de Nieve.

Meses después, ya totalmente acoplado a Rita como pianista acompañante, parte hacia México, donde triunfa junto a la cantante cubana. Debuta en grande en el lujoso "Politeama" de la capital. Ya por siempre Rita le siguió bautizando con el mote de Bola, haciéndose internacional. Cuando Rita decide volver a Cuba, en el 33, Bola de Nieve queda en México, trabajando como pianista de muchos artistas famosos, pero es precisamente el maestro Ernesto Lecuona, de paso por la Ciudad Azteca, quien lo convence para que vuelva a la Habana, y es así como comienza otra fusión maravillosa. Lecuona y Bola actúan en muchos teatros de toda la Isla y luego viajan por muchas capitales del mundo: Buenos Aires, París, Madrid, Chile, Caracas, Nueva York, etc.

Bola es ya una figura universal, con su forma única de tocar el piano y decir sus canciones y con un estilo personalísimo. Entre sus creaciones están "Messié Julián", "Drume Negrita", "Vete de Mí", "Si me pudieras querer", "La flor de la canela", "Chivo que rompe tambó", "La vida en rosa" y otras muchas.

Continuó viajando, visitando país tras país donde derrochaba su arte afrocubano como embajador de nuestra música.

Después del triunfo de la Revolución brinda su arte a nuestro pueblo y en especial a Guanabacoa, donde ofrece actividades gratuitas en el Liceo, hoy Casa de Cultura.

A Bola le sorprende la muerte en uno de los lugares que él más quería, Ciudad México, el 2 de octubre de 1971, y tal como siempre dijo: "Cuando muera quiero que me entierren en Guanabacoa"

Una mañana, junto a la tumba familiar en el Cementerio Nuevo de la Villa el Poeta Nacional cubano Nicolás Guillén dijo del genial artista: "...Bola quedará en la historia y lo que es más poético, en la leyenda, allí donde la historia sea impotente para explicarlo"

Y el guitarrista español Andrés Segovia, el más destacado guitarrista clásico del siglo XX, expresó: "...Escuchar a Bola es asistir al nacimiento conjunto de la palabra y la música".


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martes, julio 19, 2011

EL VERDADERO CONSTRUCTOR DE LA TORRE EIFFEL

Por Míriam Zito (Somos Jóvenes)

Reconocida como una maravilla arquitectónica, la Torre Eiffel o La Dame de Fer (La Dama de Hierro) como se le conoce en Francia, es el símbolo de París, su edificio más alto y el monumento que recibe la mayor afluencia de visitantes cada año.

Con una altura de 324 metros, equivalente a un edificio de 81 pisos, desde ella puede vislumbrarse en todo su esplendor la Ciudad Luz.

Edificada para la Feria Mundial de 1889, su creación se acredita al arquitecto Gustave Eiffel, pero la mayor parte de su proyecto constructivo se debe a la labor del cubano Guillermo Pérez Dressler, información que pocos dominan.

Más conocido como Guillaume Dressler, Guillermo Pérez Dressler nació en 1860 en la villa de Guanabacoa. De procedencia española, su padre, Juan Pérez Zúñiga, vio la luz en la isla caribeña, de donde también era su madre, Purificación Dressler de la Portilla, de padre escocés y madre cubana.

El gran talento del joven para el dibujo y la arquitectura, hizo que sus padres se trasladaran a La Habana para que cursara esa carrera universitaria. Poco después de cumplir los 15 años, muere el padre de Guillermo, y la familia queda en ruinas, por lo que el joven abandona sus estudios y empieza a laborar en una farmacia.

Convencido del gran talento del muchacho, un profesor amigo le tramita una beca para estudiar en la Sorbona, a través de una familia burguesa del Vedado. Con 16 años llega a Paris Guillermo Pérez Dressler, quien muy pronto cambiaría su nombre por el de Guillaume Dressler.

Con honores se gradúa a los 21 años de la prestigiosa universidad y obtiene trabajo en la firma Dumouriez, Valmy et Frères, donde se convierte en uno de sus mejores arquitectos, para acometer la reedificación del puente Peronet y la construcción de la autopista Vichy-Nantes, además del diseño del edificio Charpentier y la catedral de Bersy.

A raíz del fallecimiento del rey Ludwig II de Bavaria, en 1886 la familia real lo contrata para levantar la tumba del monarca en Munich, a lo que se suma la construcción del Nomer Platz, y más tarde el hotel Ciboulette du Lac, en Montmartre.

La vida de Dressler cambia un año después cuando su ex-profesor de La Sorbona, el arquitecto Gravier de Vergennes, le presenta a Gustave Eiffel, quien busca un asistente para la edificación de su famosa torre.

Pronto el cubano, ahora ciudadano francés, se convierte en la mano derecha del prestigioso arquitecto, quien lo nombra administrador ejecutivo. Eiffel, quien además de la torre tiene varios proyectos a la vez, le permite a Guillaume diseñar en su totalidad una cuarta parte de la torre, aunque nunca se le acreditó públicamente al cubano.

Al padecer de vértigo, Eiffel solo subió al primer piso de la edificación, por lo que a partir de ese momento Dressler fue el encargado de la obra y supervisó su construcción íntegramente, hasta que se inauguró el 31 de marzo de 1889.

Convocado en julio de ese mismo año a Inglaterra por la reina Victoria, quien lo contrata para edificar The Victoria and Albert Museum and Gardens en las afueras de Londres, Dressler parte el 4 de agosto rumbo a Inglaterra en el HMS Forepina.

Víctima de una tormenta, el barco naufraga y solo cuatro personas sobreviven. Dressler pereció en las aguas del estrecho de Dover, y su cadáver jamás fue hallado. Su nombre fue eclipsado por el tiempo, y hoy solo se reconoce a Gustave Eiffel como único creador y constructor de la torre que lleva su nombre, aun cuando le corresponde gran parte de su gloria a un cubano.

miércoles, mayo 06, 2009

ENRIQUE DIAZ QUESADA: ENTRE EL ENSUEÑO Y EL CINE CUBANO

Por Jennys Laura (Somos Jóvenes)

Desde aquella primera demostración pública del cinematógrafo en Cuba el 24 de enero de 1897, el cine ha devenido en una de nuestras más arraigadas pasiones. Para develar su historia inicial es necesario acudir a un hombre, un parque y una constante.

Era el 25 de marzo de 1906 cuando un temerario operador fue capaz de atrapar en apenas siete planos el ambiente festivo del habanero Parque de Palatino. La prensa de su época lo catalogó como “Padre de la Cinematografía Cubana”. Su nombre era Enrique Díaz Quesada. Lo cierto es que su primer filme “El Parque de Palatino”, revela una increíble intuición cinematográfica.

Este pionero del cine nació en La Habana de 1883. Con 15 años conoció a José García, un publicista que desde finales del siglo XIX ya fabricaba los primeros anuncios lumínicos en Cuba e incursionó en cristales y películas, llegando a experimentar incluso con anuncios animados. Díaz Quesada se asoció con este hombre sin saber que iba acercándose a su verdadera vocación.

Hay un proverbio chino que reza que la más larga caminata comienza con un paso. Sin dudas, para el Padre de la Cinematografía Cubana ese primer paso fue la filmación de su cortometraje documental “El Parque de Palatino”, que patrocinó la empresa cervecera propietaria de ese centro de atracciones. Meses después ya se proyectaban las imágenes de su documental “La Habana en 1906”. Al año siguiente propone el cortometraje “Un duelo a orillas del Almendares”, y tres días después exhibe el corto “Un turista en La Habana”. Enrique continuaba produciendo películas que, aunque de corta duración, indicaban su constante de vida: hacer cine.

Los títulos iban en aumento cuando lleva a cabo otra hazaña. Instala el primer estudio cinematográfico del país. Narran que utilizaba telas para tamizar la luz solar y que en los bajos de aquella azotea de la calzada de Jesús del Monte se ubicaban el laboratorio y otras instalaciones.

Díaz Quesada fue también un cronista de su época. A él se debe el más lejano antecedente de los noticiarios en la Isla. Bajo el título de “Cuba al día” comenzó a presentar noticias de sabor local. Entre los sucesos registrados por su cámara se encuentran las sesiones de la Asamblea Constituyente de 1901, la partida de Charles Magoon de La Habana y la salida de tropas hacia Santiago de Cuba durante la sublevación de los Independientes de Color. Este reportaje se conoce con el título “La Campaña”, en el cual, según testimonios de espectadores, logró escenas impresionantes.

Su próximo nacimiento fílmico resultó ser el primer largometraje de ficción del cine silente nacional. Este basaba su argumento en un libro de Federico Villoch. En él daba vida a un afamado bandido. Su título era “Manuel García” o “El rey de los campos de Cuba”. El rodaje se realizó durante seis meses y fue compensado con la aceptación del público y la crítica. Entre sus cuadros culminantes se encontraban el despeñamiento de una locomotora desde lo alto de un terraplén, el asalto de un tren en marcha… escenas que cautivaron a aquel público de 1913.

Sin embargo, para este habanero la osadía no solo sería causa y precursora de su éxito, sino que también le traería algunos contratiempos…Cuentan que Enrique se dispuso a filmar la competencia por el Campeonato Mundial de Boxeo en 1915, que se celebraría en el Hipódromo de Marianao entre el campeón Johnson y Jess Willard, aspirante al título; pero el primero se negó a validar el contrato. Con su afán de siempre, el cineasta decidió introducir en secreto una cámara y logró filmar los hechos climáticos de los 26 rounds, al final de los cuales Johnson perdería el título.

Por supuesto que las imágenes fueron exhibidas y nada menos que en un cine al aire libre que se encontraba frente al actual cine Payret. Johnson se disgustó muchísimo, a tal punto que inició una querella judicial. El juez encargado del asunto resolvió que no había delito alguno, ya que no se especificaba ninguna prohibición en cuanto a tomar fotografías o filmar películas. Exonerado de culpabilidad, aquello no fue más que una de las tantas manzanas de la discordia que el viento se ha llevado.

Díaz Quesada también fue el realizador de la que se consideró la película más taquillera del cine silente cubano. Era este un filme de ficción para el cual se escogió un argumento que mostraba el hecho ocurrido en 1902 cuando fue arriada la bandera española en el Morro y se izó la enseña nacional cubana.

“El rescate del brigadier Sanguily”, otro de sus filmes, causó gran impacto en el público de la época. Narran que incluso suscitó una riña inmensa el día de su estreno. Los contendientes eran cubanos y españoles que acudieron a ver el filme; el escenario del duelo resultó ser el teatro París.

La reacción local ante aquella cinta que reflejaba la heroica hazaña de una tropa cubana contra las fuerzas españolas no se hizo esperar. Un cronista relata que “enardecidos los ánimos al poco rato aquello no era un teatro, se tornó una babel ensordecedora; los cubanos la emprendieron a piñazos limpio con los españoles al extremo de que hubo que encender las luces del teatro y desalojar el salón”. Sin dudas, aquel filme había hecho vibrar la fibra más intensa del sentir nacional.

Conminado por sus ansias de hacer Díaz Quesada realiza otro filme que puede conceptuarse como el primer intento de acercamiento del cine nacional al folklore afrocubano. Su título era “El poder de los ñáñigos”. Posteriormente continúa con su prolífera producción.

Cuando tenía casi listo el guión de lo que hubiera sido la película cumbre de su carrera, “El Titán de Bronce”, muere víctima de una neumonía provocada por una fuerte gripe contraída como secuela de un torrencial aguacero durante una grabación que decidió no interrumpir. Tenía entonces 40 años este iniciador al cual se debían 17 de los 40 títulos de ficción rodados en el período de 1907 a 1922.

Poco tiempo después un incendio destruyó los negativos originales de toda su obra, mas “El Parque de Palatino” sobrevivió milagrosamente a la voracidad de las llamas. Con ella perdura la obra de un innovador por excelencia que hizo del cine su constante de vida.