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martes, noviembre 20, 2007

La Condesa de Jibacoa de Guanajay

Tomado de Radio Artemisa

Guanajay, La Habana.- En la calle Caballero y Agramonte, existía una amplia casona de madera y piedra, testigo mudo del esplendor de una sociedad controvertida y perteneciente a una familia que, por sus acciones benefactoras se convirtieron en leyenda del Guanajay de ayer y de hoy.

La mansión fue construida por orden de la Sra. Doña Asunción de la Barrera y Espinosa de Contrera, Condesa de Jibacoa y esposa de Don Miguel Herrera, a quien pertenecían los ingenios de azúcar San Francisco, San José, San Gabriel, Nazareno y casi todas las extensas fincas que constituían en el siglo XVIII la Villa de Guanajay.

Sin embargo, según cuenta la leyenda, construir casas y regalárselas a diferentes familias necesitadas, educar niños, sostener hospicios de huérfanos y hospitales, albergar a desheredados y dar de comer a hombres y mujeres, víctimas de la más deplorable miseria, se convertían en la ocupación cotidiana de la Condesa.

Muchas son las anécdotas que cimientan la historia de nuestra protagonista, contadas de generación en generación y plasmadas en las Estampas de Guanajay por su autor Enrique Díaz Ortega y que en una de sus partes contiene la llegada a Cuba, en el año 1798, del joven príncipe Luis Felipe, Duque de Orleáns, junto a sus hermanos menores, el Duque de Montpensier y el Conde de Beaujolois, sobrinos de Luis XVI, los cuales viajaban escasos de dinero, desterrados de su patria y fugitivos de las hordas napoleónicas.

Luis Felipe de Orleáns y sus hermanos trajeron cartas para la opulenta dama, en cuya casa se alojaron.

Así pasaron un año los jóvenes franceses en Cuba como invitados de honor a las más brillantes fiestas organizadas en la época, tanto en la ciudad, como en la finca de los Jibacoa en Guanajay (ubicada en el Batey de San Francisco, hoy cooperativa Mártires de Barbados). Al término de dicho tiempo se recibió la orden de que fueran expulsados de la isla por motivo de las quejas del gobierno de Francia.

Su Majestad Católica criticó severamente a Don Juan Procopio de Bessecourt, Conde de Santa Clara y Capitán General de la Isla, por el extraordinario recibimiento hecho en La Habana a los Orleáns, deponiéndolo por tal motivo en el mando de Cuba.

La Condesa de Jibacoa ordenó a su mayordomo que colocara en cada equipaje de los Orleáns, la cantidad de mil onzas de oro, por lo que los sobrinos de Luis XVI lloraron de agradecimiento, partiendo hacia Las Bahamas, para posteriormente seguir rumbo a Inglaterra.

Transcurridos los períodos de Napoleón y Luis XVIII, a Carlos X lo sucedió en el trono de Francia aquel joven príncipe hospedado aquí. A los pocos meses de su reinado, según cuenta la historia, recibió la Condesa de Jibacoa una carta sellada en la que el mayordomo del Palacio del Rey le escribía en nombre de S.M., pidiéndole que le dijera en cuánto ascendía en oro francés, el oro español que la Condesa hiciera colocar en los equipajes de los tres príncipes y el monto de los intereses de la suma durante los años transcurridos para devolvérsela.

La dama, enojada con el hecho, contestó inmediatamente a Luis Felipe, comunicándole que ella no recordaba haber prestado ni a él, ni a sus hermanos cantidad alguna y que sí hacía memoria de haber regalado a tres jóvenes escasos de recursos y fugitivos, una suma con la que pudieran afrontar su suerte.

El propio Rey de Francia, al recibir la misiva, contestó de su puño y letra a la Condesa con frases de gran agradecimiento, enviándole un grueso diamante en hermosa sortija y nueve miniaturas de su retrato, encerrados en estuches orlados con brillantes de gran valor: uno para la condesa y los ocho restantes para cada una de sus hijas.

La bondad que caracterizaba a Doña Asunción de la Barrera, su decisiva contribución a la consolidación y desarrollo de la Villa, es lo que ha llevado a los guanajayenses de hoy, fieles al rescate de sus mejores tradiciones, a mantener vivo su recuerdo, mezclando leyenda y realidad a tres siglos de su existencia.

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