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domingo, diciembre 23, 2012

EL LECTOR DE TABAQUERÍA: UNA TRADICIÓN CUBANA

Por Miguel Barnet (Granma)


Lector de tabaquería
Voy a hablar de un gran placer de la vida: el placer de la lectura, y de la lectura en voz alta. Esa de la que tanto disfrutamos en la primera infancia cuando nuestros padres nos leían historias de Julio Verne y aventuras de exploradores en las selvas del Amazonas y entre los esquimales. Que alguien le lea a uno es una de las delicias mayores para el espíritu. Robert Louis Stevenson hizo resistencia a aprender a leer porque disfrutaba que su niñera le leyera al oído o junto al fuego los clásicos ingleses y norteamericanos. Aquella lectura al oído y aquel fuego lo acompañaron el resto de su vida como escritor. La lectura en voz alta le proporciona al texto una resonancia especial, de una belleza única y una aprehensión del tiempo que no posee el acto de leer para uno mismo. El texto, según el tono y las modulaciones del lector, va adquiriendo múltiples facetas y alas nuevas para que quien lo escuche vuele a su antojo con la historia. Experiencia emancipadora y útil, la lectura en voz alta fue un oficio antiguo que sirvió de vehículo para el conocimiento en todas las culturas desde la mesopotámica hasta hoy.

En Cuba la tradición de leer en voz alta en las fábricas de tabaco a operarias y operarios se convirtió en un hábito social. Esta tradición comenzó en 1865. Saturnino Martínez, fumador consumado, periodista y poeta publicó en esa fecha el periódico La Aurora, publicación de avanzada para la clase obrera que sirvió para ilustrar a la capa social de los trabajadores del tabaco principalmente, y tuvo la brillante y altruista idea de utilizar lectores durante la jornada laboral. Así, en la fábrica El Fígaro se dio inicio a la lectura en tabaquerías cubanas, costumbre que ha seguido hasta el día de hoy. Muchas veces estas lecturas eran consideradas subversivas porque la isla vivía bajo el régimen del despotismo colonial español que vio su fin en 1898. Sin embargo, estas lecturas clandestinas fueron el mayor fermento nutricio de los obreros, además de que constituían un entretenimiento nada banal pues se leían en dichas tertulias obras de Víctor Hugo, como Los Miserables; de Alejandro Dumas como El Conde de Montecristo, que dicho sea de paso, bautizó una de las marcas más populares; de William Shakespeare, cuya obra Romeo y Julieta también sirvió como marca a otro habano muy codiciado en el mundo; de Balzac y Stendhal, de Edgar Allan Poe y Herman Melville y de muchos de los más notables escritores españoles, cubanos y latinoamericanos así como la imprescindible lectura de la prensa diaria.

Es notable hoy, y lo fue ayer, la capacidad que estos trabajadores pueden mostrar repitiendo de memoria capítulos de obras clásicas de prosa y de poesía. Quiero recordar que los discursos patrióticos del poeta nacional de Cuba y héroe de la independencia frente a España, José Martí, fueron leídos en voz alta en las tabaquerías de Tampa y Cayo Hueso a los tabaqueros que vivían exiliados en esas ciudades norteamericanas. La lectura de estos discursos que Martí pronunció en esos centros de trabajo le hicieron comentar a su regreso a Nueva York que los tabaqueros eran incondicionales aliados de la causa de la libertad de la isla.

La actividad del torcedor de tabaco no cesa ni aun en los momentos finales de la lectura. Con la chaveta o cuchilla curva, que es el utensilio ideal para cortar la hoja y luego enrollarla, golpean en la mesa de madera en señal de agradecimiento al lector que le ha proporcionado, sin duda, horas de gran placer y aventuras, y para rechazar al lector si no convence o si ha escogido una obra de poco interés, las tiran al piso en señal de desaprobación. Muchos de estos trabajadores inducidos por la lectura se decidieron, en épocas de difícil acceso a la escuela a aprender a leer y a escribir lo que hizo posible que esta capa social fuera la más capacitada del país.

El oficio del lector era y es sagrado. Sigue una disciplina rigurosa y como dice Araceli Tinajero en su libro El lector de tabaquería "los talleres siguieron el modelo conventual de elaborar una serie de reglas de conducta donde se enumeraban las horas de entrada, de salida a las actividades regulares, el silencio, el respeto y las buenas costumbres. Por ejemplo, los artesanos tenían que lavarse las manos en la mañana, hacer la señal de la cruz, ofrecerle su trabajo a Dios por medio de una plegaria y después comenzaban a trabajar".

Cuba aspira a que esta institución pueda algún día ser declarada por la Unesco como Patrimonio Intangible, por su originalidad y porque ha salvaguardado un tesoro de la memoria viva de una colectividad sui géneris.

Los libros, es sabido, no piensan por nosotros sino que nos enseñan a pensar y a soñar. Son como escribió el poeta norteamericano Walt Whitman, "diminutos barcos fletados desde la antigüedad, en ellos hemos viajado entre aguas quietas y turbulentas para enfrentar todo tipo de aventuras".

Los tabaqueros cubanos lo han sabido siempre, y con la lectura de las obras de los grandes autores han logrado seguramente una calidad más alta y refinada del tabaco. Concentrados en una novela, un poema o un simple anuncio clasificado, no miran al lector nunca sino que le imprimen a la hoja esa pasión por lo que escuchan, por las aventuras que viven y los sueños que sueñan para que el placer de los que hacen arder la hoja se convierta en éxtasis supremo. Y recuerde, querido lector, cuando usted crea que su tabaco ya le ha complacido lo suficiente, no lo apague en el cenicero, no lo humille, déjelo morir, lenta y dignamente.