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lunes, octubre 05, 2009

CARLOS ACOSTA, EL BUENO DE LA PELICULA

El reconocido bailarín cubano regresó este caluroso verano a su tierra, para probarse nuevamente como actor, en el rodaje del largometraje El día de las flores, donde asume un papel protagónico

Por José Luis Estrada Betancourt (Juventud Rebelde)
Foto: Calixto N. Llanes

Tras hacer delirar a un público que lo adora, y de regalarle a su pueblo amado un sueño: el debut del Royal Ballet en La Habana, Carlos Acosta, para no pocos el mejor bailarín del mundo, regresó este caluroso verano a su tierra. ¿El motivo? Probarse nuevamente como actor. Sí, estimado lector, leyó bien: otra vez, porque ya el renombrado artista había trabajado bajo las órdenes de la no menos famosa actriz estadounidense Natalie Portman (Closer, La guerra de las galaxias II y III, Paris, je t’aime, Los fantasmas de Goya…), según comentó en exclusiva para Juventud Rebelde.

«Mi relación con el cine no viene de ahora», asegura Acosta, quien recientemente acabó de rodar en la capital cubana El día de las flores. Comenzó cuando Natalie Portman me llamó, en el año 2007. Regresaba a Londres después de haber bailado en algún lugar que no recuerdo, y entraba por el aeropuerto cuando recibí su llamada por el celular. Era para decirme que tenía un proyecto y que había escrito una historia pensando en mí. Conversamos, me explicó la trama y discutimos algunas posibles fechas para el rodaje. Luego ella viajó a Inglaterra.

«La película se estrenará próximamente, después de dos años de haberla filmado. Se titula New York, I love you, y está conformada por cortometrajes de cinco a siete minutos, dirigidos por varios directores. En la mía, donde hago el protagónico, solo hay 20 segundos de danza; el resto es actuación. Resulta que en el filme soy un bailarín que se ha quedado a cargo de su hija, tras el fracaso de su matrimonio. Su esposa, cansada de estar con un hombre que apenas consigue trabajar, decide abandonarlo por un banquero.

«Ese fue mi debut como actor. Debo decir que estaba muy nervioso, era mi primera experiencia de este tipo, pero ella siempre confió en mí, a pesar de que los productores le recomendaban que seleccionara a un actor profesional, pues lo del baile luego se podía “truquear”. Sin embargo, Natalie no quiso cambiar de idea; sabía que yo lo podía hacer, y al final lo consiguió».

—¿Cómo llegó a ti el guión de El día de las flores?

—De esta película me enteré cuando estaba intentando levantar mi propia película, la que está inspirada en el libro que escribí, No way home, el cual es muy cinematográfico. La productora con la que estaba trabajando decidió que ese no era un buen guión para mí. Sin embargo, por otras razones, ella abandonó el proyecto y yo me enteré por un amigo de que ya estaba el financiamiento completo para El día de las flores y que se empezaría a filmar durante el verano último.

«Como el director y los productores me tenían como su primera opción, lo pensé mejor y me dije: ¿por qué no? Esta es una experiencia que de cualquier manera me va a favorecer. Y quizá no aparezcan otras oportunidades. Vendrán otros Carlos Acosta más jóvenes, “bonitillos”…, y acepté.

«A decir verdad, El día de las flores estaba dando vueltas desde hacía tiempo. Es un largometraje donde asumo un protagónico bastante fuerte. Soy el bueno de la película, un hombre íntegro, de esos que no se doblegan a pesar de las dificultades. Interpreto a una especie de guía turístico que, entre los grupos de extranjeros que atiende, le toca trabajar con unas escocesas que vienen a la Isla a regar en el Malecón las cenizas del padre, quien había vivido en Cuba durante los primeros años de la Revolución.

«Es como un road movie al estilo de Guantanamera. Porque las hijas de este señor deciden realizar un viaje por toda Cuba. Mi conflicto se desata a partir de la relación con una de ellas, una muchacha realmente insoportable».

—¿Disfrutaste verte nuevamente en el plató?

—Quedé encantado con todo el proceso de filmación. Fue duro, porque durante un buen tiempo rodamos intensamente, casi todos los días hasta las cinco de la mañana. Recuerdo una escena muy extenuante en que salía corriendo y un taxi que conducía Luis Alberto García, me daba un trastazo. Pero la repetimos mil veces: corre, corre, corre… y ¡corten! ¡Volvemos a repetir! Y… corre, corre, corre… ¡ñooooooo! Cinco de la mañana en San Antonio de los Baños, en un parque, rodeado de mosquitos que me sacaban el alma. Un suplicio (sonríe).

«Pero vale la pena, porque uno aprende; adquieres conocimientos que nunca están de más. Máxime cuando el ballet clásico, sobre todo, es una carrera muy corta, por lo cual uno debe empezar a explorar. De hecho, hace un buen tiempo que lo hago, porque soy un artista muy inquieto, me gusta crecer, aprender… Y esta película es parte de ese proceso de aprendizaje.

«No sé si escucharlos (sonríe), pero al menos los productores y los directores me dicen que el cine se me da bien, que tengo en él una segunda carrera; que seguramente después de El día de las flores me llamarán continuamente por mi biotipo, por la manera como me desenvuelvo, porque doy bien los personajes, entiendo, me dejo dirigir... Bueno, uno nunca sabe qué te deparará la vida».

—Bueno, seguramente antes ya habías recibido otras propuestas de este tipo…

—Sí, pero todas giraban alrededor de lo mismo: el bailarín famoso, y en el cine eso no me interesa, porque en la vida real lo soy. Lo que deseo es enfrentarme a otros desafíos, descubrir si puedo actuar o no. Por ello las he declinado.

«Ahora estoy tratando de sacar adelante mi película. El guión está listo y pienso rodarla con el mismo productor de El día de las flores, quien casualmente desde un inicio estuvo interesado en ese proyecto. En estos momentos intercambiamos ideas y luego veremos qué sucede. Y, por supuesto, actuaría en ella. Me encantaría hacer el papel de mi padre, que es muy interesante, está lleno de matices».

—Hace un momento hablabas de tu libro. ¿Cómo lograste escribir un texto que se convirtió casi en un best seller, si has confesado que empezaste a leer a los 25 años?

—El libro empezó a salir solo. Acababa de llegar al Royal Ballet, en 1998, y estaba muy deprimido. Así fue como empecé a acercarme a los libros. Me leí El profeta, de Khalil Gibrán, El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, y otros más. Mis amigos del ámbito de la literatura compartieron sus libros conmigo, y de esa manera fue despertando una sensibilidad que siempre estuvo conmigo, y que no se había mostrado antes completamente, porque no se puede olvidar que fui muy mal estudiante.

«Algo yo sabía: mi vida podía ser un libro, y comencé a anotar ideas en un papel. Cuando tuve dos o tres y algunos pasajes, se lo mostré a un amigo escritor que andaba de visita por Londres, con el propósito de que me explicara, me ayudara. Pero me desalentó diciendo que quién había visto un bailarín escritor. Que cómo yo le iba a pedir a él que bailara El lago de los cisnes; debía seguir en el ballet y dejarle la escritura a los escritores.

«Lo miré y le dije: Ahora sí voy a escribir el libro. Le di la espalda y me fui… Bueno, creo que a él no le han publicado en Londres, y el mío es casi un best seller. Claro, me tomó diez años, pero ha sido editado en Alemania, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Australia, en varios países… Solo no ha sido publicado en español, como fue concebido, como lo escribí, pero ya llegará».

—Por fin lograste hacer Espartaco, el ballet que, decías, te faltaba para sentirte completo…

—Así es. Después de Espartaco ya no me queda nada. Yo nací para interpretar ese ballet; con él me sentí en mi medio. Por una parte, me daba la posibilidad de representar a un líder, a un mito, para lo cual tenía no pocos paradigmas: Maceo, Quintín Bandera, Flor Crombet…; y por la otra, al esclavo. Y nadie podía dar al esclavo mejor que yo. Vladimir Vasiliev encarnaba perfectamente el héroe, pero le resultaba más difícil el otro papel. Sin embargo, desde que yo salía al escenario evidenciaba el sufrimiento del pueblo encadenado… Aquel solo con las cadenas… Esa otra dimensión no estaba antes en ese ballet, obra insignia del Bolshoi.

«Interpreté Espartaco hace dos años, tenía 34 años y ya estaba “durito” para un rol tan fuerte —debí haberlo enfrentado a los 26—. A esa edad el cuerpo sufre mucho, pero di todo de mí. Quizá lo bailé con menos saltos que si lo hubiese defendido una década atrás, pero ahí quedó plasmado para la historia, con el Bolshoi detrás y en la Ópera de París.

«Estuve un mes estudiándolo meticulosamente, lo trabajé directamente con Mijaíl Lavrovsky, quien también lo protagonizó, al igual que Vasiliev. Yo entendí muy bien el personaje de principio a fin, y lo bailé con todo mi ser. Modestia aparte: no había habido un verdadero Espartaco en 20 años hasta que llegué yo, que le di técnica, explosividad, fuerza, presencia… Jamás olvidaré el silencio fantasmal cuando lo interpreté en el Bolshoi. ¿Espartaco? ¿Un negro? ¿En el Bolshoi? Cuando terminó el primer acto ya tenía al auditorio en mi bolsillo. Quien te puede contar bien lo que ocurrió es la maestra Loipa Araújo, que lo vivió. Fue un triunfo para mí, pero también para la Escuela Cubana de Ballet. ¿Qué más se puede esperar de un “chamaco” que nació en Los Pinos? Yo me sentí muy bien, le dio un nuevo sentido a mi carrera, era lo que me hacía falta para seguir adelante».

—Eres Doctor Honoris Causa de la Universidad Metropolitana de Londres. ¿Dónde está el techo de Carlos Acosta?

—Yo no me he puesto ninguno. Sigo aprendiendo, sigo haciendo lo que me estimula. No soy de esas personas que viven con un techo. ¿Qué vendrá después? No sé… Me gustaría ayudar más a mi país y a quienes me necesitan en el mundo. Sé que me he ganado un prestigio que podría explotar en ese sentido. Ahora continúo enfrascado en mi carrera, pero en un futuro lo haré, sin dudas, porque mi historia inspira a la gente. Soy una persona muy aferrada a mis raíces, que reconoce la grandeza de nuestra nación, nuestra historia y nuestra cultura. Y el mundo necesita a personas que tengan credibilidad, que la gente pueda escuchar. Esa es un arma poderosa que si se utiliza en beneficio de los demás, sería maravillosa. La gente está sedienta de arte, necesita soñar, y uno puede ayudar a propiciar esos sueños; así que hay que seguir, sobre todo para alimentar la esperanza de los míos, que pese a las dificultades continúan ofreciéndote su amor, su solidaridad y su única tacita de café. Esa es mi Cuba y su gente, y por ellos tengo que seguir.

—Aseguraste que bailarías dos o tres años «a full» y después te retirarías. ¿Sigues pensando así?

—Me refería a retirarme del clásico, pero cuando llegue ese momento me dedicaré a la coreografía, a estudiar más la técnica contemporánea, a tratar de dominarla bien.

—¿Te has sentido alguna vez presionado en tu carrera? ¿Algún miedo?

—Confieso que en estos momentos, sobre todo, me he sentido presionado, porque mi cuerpo va perdiendo facultades. He llegado a lo más alto que se puede hoy en día, y lo que queda es solo bajar. Continuar hacia arriba es casi imposible. Llega un momento en que la gente se cansa de lo que haces. Por eso yo he tratado todo el tiempo de reinventarme, y por eso es que tomaré la decisión de salirme del clásico un poco antes, porque no lo quiero hacer mal, pues lo he hecho muy bien. Sin embargo, el cuerpo ya no es igual, todo me duele mucho. El ballet es para cuerpos jóvenes y la juventud viene pujante detrás, saltando y girando como yo lo hacía. Entonces, ¿para qué batallar contra la naturaleza? Es mejor dejar los clásicos ahí donde están para que vengan otros y los despierten.


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