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jueves, marzo 26, 2015

ROSALÍA Y SUS MONOS


Por Orlando Carrió (La Jiribilla)

Muchos ciudadanos en su sano juicio supondrán que ciertas imágenes de monos vestidos de manera elegante, comiendo con cubiertos de plata, ahogando su sed en copas de bacará y echados sobre colchones de plumas, son propias de las leyendas provincianas, tan llena de imposibles como todas. Otros, en cambio, saben que la negación poética de la realidad puede llevar, con cierta frecuencia, a escenarios muy crudos y emotivos, ideales para los noctámbulos, noveleros y contadores de mitos.

Lo dicho tiene mucho que ver con Rosalía Abreu Arencibia, una rica aristócrata, nacida en 1862, en la ciudad de Santa Clara, quien, tras enviudar y haber hecho numerosas donaciones en favor de los cubanos durante la Guerra de 1895, se dedica a criar seres peludos con los dones de su carácter bravío y un temperamento inclinado al capricho y la controversia (era bien echaíta palante).

En un artículo publicado en Granma, el 10 de junio de 1989, Jorge Oller indica que Rosalía, hermana de Martha, la benefactora santaclareña, inaugura, en mayo de 1906, un palacete con evidente influencia francesa en la finca Las Delicias, ubicada en la habanera Calzada de Palatino. En aquella ocasión, interrumpe a la Banda de Artillería y a la Orquesta de la Sociedad de Conciertos para mostrarles a los concurrentes un macaco adquirido en el sur de Francia y un orangután, procedente de Filadelfia, los cuales, en medio de un jardín con mixturas amazónicas, no paran de hacer graciosas piruetas.

Ya en esa época, la mujer, con una gran curiosidad y amor por los animales, posee colecciones de guacamayos, papagayos, canarios, pavos reales, patos, gallos japoneses, águilas, osos, siervos conejos, caballos…y hasta cría al pequeño elefante Jumbito. Aunque lo mejor no ha llegado: Rosalía se pone a estudiar seriamente las costumbres y hábitos alimenticios de los antropoides y, después de ordenar la construcción de enormes jaulones de hierro y alambre, rodeados de frondosos y multicolores frutales, llena a la más adelante Finca de los Monos con unos 200 ejemplares pertenecientes a unas 40 especies de América, Europa, Asia y África. Unos tienen el tamaño de una rana y varios pueden igualar al de un humano.

Un tiempo después, Las Delicias, convertida ahora en centro de atención para la prensa, es visitada por Isadora Duncan, la bailarina norteamericana precursora de la danza moderna, quien viaja a Cuba y enseguida manifiesta su deseo de conocer la finca, a pesar de que durante su larga carrera se hace famoso por sus desplantes contra la burguesía de la época. En su libro Mi vida, publicado en 1985, cuenta:

“Visitamos una casa, que estaba habitada por una representante de las más rancias familias cubanas, que tenía la manía de los monos y los gorilas. El patio de la casona estaba lleno de enrejados, donde guardaba a sus bestias favoritas. Era este uno de los sitios curiosos para visitantes. La dueña dispensaba a estos una pródiga hospitalidad.  Los recibía con un mono sobre el hombro y con un gorila que llevaba de la mano: los seres más domesticados de su colección, en la que había algunos que no eran tan dóciles y que, cuando las visitas pasaban por delante, se agarraban a los barrotes, lanzaban chillidos y hacían toda clase de muecas. Le pregunté si eran peligrosos, pero me dijo, con desenfado, que, aparte de escapadas ocasionales y algún guardián muerto, eran inofensivos. La noticia me intranquilizó y apresuré mi marcha.

“Lo notable de esta señora es que era muy hermosa, con grandes ojos expresivos, culta e inteligente. En su casa se reunían las lumbreras literarias y artísticas. ¿Cómo, pues, explicarse su fantástico afecto hacia los monos y gorilas? Me dijo que en su testamento dejaba todo al Instituto Pasteur, para los experimentos relacionados con el cáncer y la tuberculosis. Me pareció una forma muy singular de demostrar a aquellos rudos su cariño póstumo.” (Duncan, 1985: 424-425) 

Protegidos por 18 guardianes, los simios de Rosalía no tardan en llamar la atención de los medios científicos internacionales. Como asevera Inés María Martiatu en Cuba: costumbres y tradiciones (2006), el doctor Mann, de la Universidad de Hamburgo, y el novelista T. Everett Harre la visitan con frecuencia y en 1924 una comisión de la Carnegie Institution no duda en reconocer que el suyo “era el experimento antropológico más grande jamás realizado”, únicamente comparable con las observaciones sobre el lenguaje de los micos emprendidas por Richard Francis Burton, uno de los traductores de Las mil y una noches.

Rosalía funda un par de escuelas, reconstruye asilos de huérfanos y acondiciona hospitales, entre otras filantropías; además, organiza, como ya sabemos, unas tertulias de fines de semana visitadas por lo más conspicuo de la intelectualidad habanera de entonces. Sin embargo, nada la salva de la comidilla mordaz de los tabloides amarillistas. Cuando patrocina un baile de caridad, los caricaturistas la ponen a dirigir a unos primates danzantes; cuando es la primera criolla en sobrevolar los cielos de la capital, la muestran en un monoplano pilotado por un salvaje. Los chistes, a la larga, llegan a sus propios salones, donde sus “amigos”, entre tragos y “saladitos”, lanzan risitas y groseras carcajadas cuando el Diario de la Marina se ocupa de ella empleando un tono burlesco, sarcástico y poco respetuoso.

Cansada de estos ataques, suspende sus tradicionales fiestas y se refugia en el cuidado de los cuadrumanos, no sin antes planear su venganza: un domingo invita a un suntuoso ágape y cuando más divertidos están los comensales, muestra un inmenso mural, donde los presentes aparecen bailando alrededor de un gacetillero disfrazado de Lucifer, como bufones sin gracia, quienes arriesgan un puntapié si no celebran las satánicas arengas. El escándalo es mayúsculo. Rosalía, tildada de loca, es amenazada de muerte y no faltan quienes la acusan, sin prueba alguna, de mantener relaciones maritales con un apuesto gorila. Finalmente, el asunto no pasa de ahí y la dama muere en 1930, a los 78 años, tras haber conquistado una linda vejez con maní y platanitos.

Lo perverso del relato es que a sus 180 mascotas nadie las quiere: su hija, Rosalía Sánchez Abreu, “Lilita”, amante furtiva de Saint-John Perse, Premio Nobel de Literatura en 1960, y musa inspiradora del notorio poema “A la extranjera”, no tiene cabeza para más y a su hermano Pierre, siempre distraído, solo lo emocionan los pollos de raza. El dictador Gerardo Machado, trata de hacer un zoológico, pero la idea colapsa por falta de financiamiento. A última hora, ningún mortal mueve un dedo en defensa de una de las mayores colonias de monos del mundo. Sus miembros son cedidos al Carnegie Institution, a universidades y a circos norteamericanos. Del endiosamiento se pasa al desprecio.

Un mal día, apostilla Oller, la antigua villa afrancesada se incendia y sobre ella se construye el Castillo de Las Delicias, mezcla de renacimiento y moldes mozárabes, el cual no engaña nadie: para el pueblo, Rosalía, con nuevas y ambiciosas pretensiones, sigue rondando por el lugar.