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domingo, junio 19, 2011

LA HORA DEL ALMENDRÓN


Foto: Juvenal Balán
Presente en las calles habaneras y de otras ciudades desde tiempos inmemoriales, el almendrón sigue adelante con su pertinaz existencia.

Algunos parecieran tener el secreto de la eterna juventud y sin transformaciones en la carrocería, los mismos faroles, las defensas intactas, ruedan como en los mejores días de esplendor ––cincuenta, sesenta, setenta almanaques atrás––, llevando al timón a unos propietarios a los que se les adivina un respirar más pleno con cada puesta en marcha del vehículo.

Otros almendrones son hijos de la inventiva, del injerto, de la necesidad de que "caminen" a toda costa, y ahí están.

Al almendrón habría que agradecerle el servicio que viene prestando como taxi rutero. Ignoro la cifra de los pasajeros que mueven a diario en la capital, pero a juzgar por el ir y venir constante, no deben ser pocos.

Desde hace un tiempo para acá, con la reapertura de las licencias "para alquilar", al almendrón parece haberle llegado su hora de gloria.

No sé dónde estaban, pero lo cierto es que nunca había visto tantos almendrones, de todos los años y modelos, circulando por las calles de La Habana.

Algo ha cambiado, sin embargo, en la imagen tradicional del almendrón: el chofer.

Se asombran aquellos que estaban acostumbrados a ver detrás del timón a personas prudentes y enteradas de que movían carrocerías dignas de un tanque de guerra y ahora, por el contrario, descubren una proliferación de Rápidos y furiosos (como el título de la película), que amparados en el poderío de sus estructuras, cañonean a diestra y siniestra, igual a si llevaran una patente de corso en el parabrisas.

El nuevo chofer, por lo regular vivaz, siempre apurado, porque mientras más avanza, más gana (y si el carro es rentado, ni hablar), ha descubierto su peligrosa superioridad y hace uso de ella a partir de una verdad que nadie está dispuesto a poner a prueba: no hay lata de carro capaz de hacerle frente a un almendrón (ni peatón que deje de correr y hasta soltar una palabrota con cada arremetida temeraria en la vía pública).

De ahí los giros bruscos, el tomar izquierda o derecha sin hacer señales cuando se va a la caza de un cliente, el campear a partir de una ley del más fuerte que poco a poco, y no sin preocupación, veo crecer en las calles de la ciudad. Y ahí están las calzadas de Monte y 10 de Octubre como pruebas irrefutables, aunque otras arterias populosas, como El Prado, no faltan.

Resuelve el almendrón, nadie lo discute, pero ojo en la vía pública con la hora de gloria que se adjudican sus nuevos conductores.