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jueves, junio 30, 2011

CHACUMBELES Y EL COCINERO PINAREÑO

Por Ciro Bianchi Ross (Juventud Rebelde)

Caricatura: LAZ

Una vieja frase popular —nunca bien aprendida— asegura que no todo lo que brilla es oro. Algo más o menos similar podría decirse de las historias que corren por Internet. No todo lo que brilla en la red de redes es cierto.

En la página correspondiente al 1ro. de mayo pasado se aludió a una de esas historias, la de Lola (¿Cuándo mataron a Lola?). Ningún cubano que se respete ignora que la mataron a las tres de la tarde, aunque no sepa nada más acerca de tan legendario personaje, y lo que sobre ella se cuenta en Internet deja más dudas que certezas. Lo mismo sucede con Chacumbeles, de quien nos ocuparemos enseguida. Escuchamos mencionar su nombre y, de manera casi instintiva, repetimos: «Él mismito se mató», como reza el sabroso estribillo del son afro compuesto por Alejandro Mustelier y que grabó el trío de Servando Díaz, para la Víctor, el 12 de junio de 1941.

¿Quién fue Chacumbeles? Esa es precisamente la incógnita que pretende despejar la página que gracias al correo electrónico ha circulado con profusión durante las últimas semanas en La Habana y en Miami, en Santiago de Cuba y en Madrid. Dicen que era oriundo de Santa Cruz del Sur, en Camagüey, y que logró sobrevivir al ras de mar de 1932. Fue, con posteridad, vendedor de flores en el Parque Central habanero y trapecista del circo Santos y Artigas y terminó quitándose la vida a causa de un amor desgraciado. Se llamaba, según la versión de Internet que manejamos, José Ramón Chacón Vélez, y de ahí —dicho de corrido— Chaconvelez y luego Chacumbeles, hasta que la «s» final quedó en el camino.

TOSTONES PARA LA REINA

Otra historia que también nos atañe circula asimismo gracias al correo electrónico. Se titula «El cubano que le hace los tostones a la reina Isabel de Inglaterra». Ya imaginará su asunto el lector. Hay un cocinero cubano, pinareño por añadidura, en el palacio de Buckingham, en Londres, que logró aficionar a toda la familia real a la cocina criolla. Elio, que ese es el nombre del supuesto chef, nació en Pilotos, un pueblecito situado cerca de Consolación del Sur y en 1975 salió de Cuba, junto a su familia, con cinco años de edad. Siguiendo siempre la información diseminada por Internet, hizo estudios de cocina en Boston y saltó a la capital británica. Allí trabajó como chef en un restaurante exclusivo y logró que un miembro de la realeza se aficionara a la ropavieja, el congrí y a la yuca con mojo que preparaba. Con el tiempo y un ganchito, la familia real terminaba fichándolo.

Dijo el aparente Elio en unas pretendidas declaraciones a la prensa:

«A la Reina le encantan los tostones rellenos con camarones al ajillo y la sopa de malanga. A su esposo Felipe, le privan las frituritas de seso. El príncipe Carlos es adicto a los plátanos en tentación y al congrí con chicharrones. Los príncipes Harry y William son bien dulceros. Para ellos elaboro boniatillo y buñuelos pinareños que llevan un toquecito especial de nuez moscada con canela fina de la India. Por lo general una vez cada dos semanas confecciono un menú totalmente cubano».

Solo en Internet vivió Elio los 15 minutos de gloria a los que todo mortal tiene derecho. Su historia está tan bien contada y tiene sus detalles tan bien resueltos, que cualquiera puede pensar que es cierta. Solo sé que hubo quien se encargó de indagar y no hay ningún cocinero cubano en Buckingham.

EL BENEFICIO DE LA DUDA

Si la historia del chef Elio es falsa, a la de Chacumbeles puede otorgársele el beneficio de la duda. Tiene algunos puntos oscuros que ponen sobre aviso a quien la lee y le hacen desconfiar del relato, pero en sentido general puede pasar como real, si bien su andamiaje podría desmontarse asumiéndola desde la perspectiva de los hechos y los personajes que involucra. Hubo un ras de mar en Santa Cruz del Sur en 1932; existió, en efecto, el circo Santos y Artigas, y ciertamente en 1941 el trío de Servando Díaz graba el son afro de Mustelier. ¿Puede decirse lo mismo de la judía Ilona Szabó, la llamada Muñequita Húngara, y de Harry Silver, un negro del Misisipi al que apodaban El Frenesí que, según la narración, eran también empleados del circo? ¿Fueron seres de carne y hueso? ¿Lo fue Chacumbeles?

Dice al respecto la historia que propaga el correo electrónico:

«Con el paso de los años su vida se ha convertido en leyenda y en canción y es extremadamente difícil separar la realidad de la ficción, pero se han encontrado arcaicos archivos meticulosamente guardados por Jesús Artigas, empresario y copropietario del famoso circo Santos y Artigas que detallan el historial de dicha empresa y de los personajes que desfilaron por ella, entre ellos el intrépido Chacumbeles».

Pese a todo, hay detalles que no quedan claros. Y los veremos más adelante.

UNA HISTORIA PATÉTICA

José Ramón Chacón Vélez nació el 9 de noviembre de 1912. Su madre murió en el parto y el niño quedó al cuidado de una tía paterna que lo atendió hasta que en 1924, en unión de su esposo, decidió instalarse en La Habana. A partir de entonces José Ramón vivió solo con su padre, a quien acompañaba en las pesquerías que les permitían librar el sustento y a las que se sumaba Lolita, la perra que el niño adoptara como mascota.

El 9 de noviembre de 1932, justo el día en que José Ramón cumple 20 años, ocurre la mayor tragedia natural que se registra en el acontecer cubano. Un huracán penetra por la costa meridional camagüeyana y al barrer con los vientos de su ala derecha las aguas del mar las empuja sobre Santa Cruz del Sur. Una sola edificación queda en pie en la localidad; suman 3 000 los muertos y se reporta igual número de lesionados. El nombre de José Ramón, sin embargo, no figura en la lista fatal; sí el de su padre. Junto con Lolita, que tiene ya, por lo menos, ocho años de edad —no se pierda de vista este detalle— pasa el maremoto en lo alto de un algarrobo que resiste la furia del agua y el viento. Siempre con Lolita, viene José Ramón a La Habana a fin de instalarse en la casa de su tía. Lava y plancha ella para la calle, en tanto que su esposo sirve en la Policía Nacional. Para ayudar al sostenimiento de la casa, José Ramón vende flores en el Parque Central hasta que consigue plaza de tarugo en el circo Santos y Artigas. De niño vio un circo de los llamados de sombrilla —los que aguantan su carpa con un solo palo— y quedó fascinado con los trapecistas. ¡Él quisiera llegar a ser como ellos!

En ese entonces la máxima atracción de los trapecios en el Santos y Artigas era el Gran Korchinsky, que lo acepta como discípulo y le revela sus mañas hasta que José Ramón despliega todo su talento. Lolita lo acompaña en prácticas y ensayos y muestra tanto entusiasmo que el acróbata polaco decide incluirla en el espectáculo. El programa anuncia al Intrépido Chacumbeles y a Lolita, la perra acróbata. Gozan de una popularidad enorme. La buena suerte, por otra parte, sonríe a Chacumbeles. Un empresario norteamericano hace al Gran Korchinsky una oferta irrechazable y el polaco abandona el Santos y Artigas.

EN LA CUERDA FLOJA

Las presentaciones de Chacumbeles incluyen, como las de Korchinsky, a Ilona Szabó. Ella había logrado, con su familia, salir de una Europa marcada por el sentimiento antijudío para encontrar refugio en la Argentina. En Buenos Aires, un norteamericano rico le ofrece matrimonio e Ilona ve en la propuesta la posibilidad de abandonar para siempre los trapecios. La trae el norteamericano a La Habana y aquí la abandona; no tiene ella otra alternativa que la de volver al circo, esta vez al Santos y Artigas. La Muñequita Húngara atrae al camagüeyano con su belleza impactante y el romance no demora en comenzar. Se enamora Chacumbeles perdidamente de Ilona, pero la muchacha siente por Harry Silver unos arrebatos que la ponen fuera de sí y que apenas logra disimular. Silver, alias El Frenesí, es una especie de showman en el Santos y Artigas: canta, baila, toca el banjo, es malabarista. Cuando toca el turno a los malabares, sale con un bañador de malla color púrpura que realza su descomunal hombría mientras que en el rostro se le dibuja una sonrisita sabia e insolente.

Una noche en que estaba en la cuerda floja con Lolita, Chacumbeles vio que Ilona y Silver apenas se escondían para devorarse a besos. Furioso, enloquecido por los celos, perdió el equilibrio. Se precipitó hacia el suelo y arrastró consigo a Lolita. Salvó la vida al caer sobre la perra, que murió en el acto. Chacumbeles llegó al hospital con múltiples lesiones. Tenía las piernas fracturadas y una costilla le atravesaba un pulmón. Meses después abandonaba el centro médico: había quedado definitivamente cojo y sin fuerzas en las manos a consecuencia de la caída, y sus días como el Intrépido Chacumbeles quedaban atrás para siempre.

La tía paterna, como siempre, está otra vez a su lado. Su esposo lo recomienda en la jefatura de la Policía Nacional y Chacumbeles —ahora otra vez José Ramón Chacón Vélez— obtiene una plaza de vigilante. Lo asignan a la Tercera Estación, en Dragones esquina a Zulueta. Soporta bien la tarea cuando debe patrullar a pie, y siempre por las aceras y no por los portales, el Paseo del Prado, pero no tolera custodiar el Parque Central, el mismo espacio que lo acogió a su llegada a La Habana. Su frustración se hace enorme entonces. Cojo y con el alma rota en mil pedazos, se sume en una depresión profunda. Una noche pone fin a su vida con el arma reglamentaria.

Ya para esa fecha Ilona no estaba en Cuba. No se sabe qué la impulsó a volver a Europa. Allá los nazis la apresaron y la Muñequita Húngara, se dice, terminó sus días en un campo de concentración.

Harry Silver no la pasó mejor. Continuó viviendo en La Habana como un rey, pero quiso volver a su pueblo natal con el propósito de ver, quizá por última vez, a su madre enferma. Quería cerrarle los ojos. Olvidó sin embargo que Misisipi no era La Habana. Se atrevió a mirar a una blanca con ojos codiciosos y no quedó vivo para hacer el cuento. Pocas horas después, ya en la madrugada, hombres del Ku Klux Klan lo sacaron de su casa a golpes y patadas y lo ahorcaron. Como una advertencia a los negros del lugar, lo castraron antes de matarlo.

YO, AGUAFIESTAS

La historia de Chacumbeles parece verídica. En verdad puede serlo. Solo que yo, aguafiestas que soy, quiero señalar sus puntos flojos.

¿Admitía la Policía habanera a un cojo en sus filas? Si la perra Lolita ya estaba con Chacumbeles en 1924, ¿qué edad tenía entonces en 1941, la fecha del accidente? Los perros de circo son invariablemente pequeños, ¿qué tamaño tendría Lolita para amortiguar con su cuerpo la caída de Chacumbeles? ¿Era una Gran Danés, una Terranova? Falta aún lo mejor. En el son afro de Alejandro Mustelier se admiten los celos como la causa del suicidio, pero en dicha pieza Chacumbeles no es trapecista ni maromero, sino un tamborero o bailador. Dice explícitamente el son de Mustelier:

«Y bailando por las calles de La Habana, / cuando salen las comparsas, caramba / Y buscando a Chacumbele / Que tocaba su tambor».