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miércoles, marzo 02, 2011

CUANDO ERROL FLYNN SOÑABA CON LA REVOLUCIÓN

Por Sergio Berrocal* (Prensa Latina)

En algún momento, en algún lugar de nuestra cabeza, todos hemos querido ser un día u otro el héroe de Falling down (Un día de furia). Y es probable que en algún momento lo hayamos sido.

Seguro que como el funcionario desesperado Hill Foster, encarnado por Michael Douglas, alguna vez nos hemos lanzado, aunque solo haya sido con la imaginación, testaruda y feroz, a la locura de la rebelión para intentar rescatar nuestra autoestima, lo único que no debe de perderse.

En 1993, Joel Schumacher, un director que quizá merece más respeto del que se le tiene, rodaba Falling down con dos excelentes actores, Michael Douglas y Robert Duval, el rebelde y la autoridad encargada de meterlo por vereda.

Porque la vida es así, una mañana de verano calenturiento, el funcionario Hill Foster trata de regresar en coche a casa de su madre. Ya no tiene casa propia. Está divorciado y su mujer no quiere verle. Lo han echado del trabajo y sólo le queda lo que nadie ve, la convicción de la injusticia de que ha sido víctima.

A medida que pasan los minutos y el coche que conduce queda atascado en el tráfico caótico de la ciudad, el hombre va tomando conciencia del poco caso que la gente hace a los demás. No comprende que unos a otros se traten con desprecio, indiferencia y violencia.

En un momento de su marcha por calles atestadas de bochorno, humos y ruidos, comprende que si quiere llegar a casa con su dignidad intacta, tiene que remangarse. Repele el ataque de unos hampones y acto seguido se apodera de sus armas con las que quiere hacer entrar en la cabeza de la gente el sentido de la educación más elemental.

Su paseo se convierte en un ajuste de cuentas contra los maleducados, contra la intransigencia. Un obrero quiere cortarle el paso porque le explica con altanería que están arreglando una calle. El rebelde saca de su saco de deporte un bazuka, cuyo manejo le enseña un niño que pasa, y vuela la obra inútil y costosa.

El camarero del eterno McDonald se niega a servirle un desayuno. Insiste y como argumento supremo tira unas ráfagas de fusil de asalto. Ha empezado su particular cruzada, a la que pondrá fin el agente de policía con un pie en la jubilación. Robert Duval, que también busca vengarse del cachondeo y del menosprecio de sus compañeros y hasta de su caprichosa esposa. Esta es su última oportunidad para rehabilitarse. Acorrala al Michael Douglas y en la primera oportunidad le arroja el mar con un tiro certero.

Los dos han querido pelear, cada cual a su manera, contra la corrupción de una sociedad que no respeta más que la fuerza.

Siglos después, en 2011, otros rebeldes en otras partes del mundo luchan por la libertad.

En un santiamén de la historia, dos países árabes regidos por la locura de dictaduras ominosas, Túnez y Egipto, han pasado de la opresión a la libertad, por peligrosa que pueda ser. Y otros días de furia amanecen en países cercanos, Argelia, Libia, Bahrein.

Mientras veo desfilar por mi pantalla estos intentos de liberación, esta desesperada lucha y pienso que sólo los miserables olvidados son capaces de echarse a la calle, un documental me trae el palmito de Errol Flynn, uno de los reyes de Hollywood cuando el mundo tenía otro color, mucho antes de que en Argelia y Vietnam, interminables días de furia terminasen con la colonización de franceses y norteamericanos.

Resulta -ya uno confunde las contundentes imágenes de la actualidad con las del cine- que según su hija, que le adoraba, el actor Flynn, que no fue nunca un soldado Ryan, tuvo pruritos revolucionarios.

Nos conocimos hacia 1956 (la prehistoria) en Tánger, ciudad marroquí e internacional enclavada en el norte de África, cerca de Túnez, de Argelia. Ciudad única aquella, donde todo parecía posible, donde yo realicé el sueño que en otro lugar ni siquiera me hubiese atrevido a tomar en serio.

Quise entrevistarle cuando acababa de romperle la mandíbula a un tipejo que se había colado en su yate, el Zaca. Me obligó a embarcarme en un bote sin trabajo bahía abajo un día de terrorífico levante, ese viento que asusta hasta a los pescadores.

Desde todo lo alto de su cubierta, de madera preciosa, mientras nuestro bote se balanceaba peligrosamente, me dijo que nanay, que no quería saber nada. Todo ello con la sonrisa hollywoodense que había conquistado a multitudes. Entonces fue cuando recordé que yo no sabía nadar.

Errol Flynn todavía no había adquirido para mí la dimensión de leyenda que le tejí más tarde, mucho más tarde. Aquella misma noche, ya con el Zaca anclado en el puerto en medio de lanchas de contrabandistas de tabaco rubio agujereadas por las ametralladoras de los aduaneros, la esposa de la estrella, la dulce Patricia Wymore, me recompensó del susto de la bahía con una entrevista en cubierta.

Estoy convencido de que de haber seguido viviendo, Errol Flynn podría haberse metido de algún modo en alguna de esas revoluciones árabes de los apaleados por la injusticia. Como al parecer quiso estar cerca de la Revolución cubana. Era un rebelde, un James Dean de los suburbios, un Michael Douglas furioso.

En 2011, los héroes ya no están en las pantallas desde las que antes nos mandaban mensajes de esperanza y hasta de resignación. Ahora, los héroes de verdad, morenos y orgullosos, patean las calles delante de los tanques, quizá acompañados por aquel estribillo del francés Gilbert Bécaud que en pleno comunismo europeo floreciente le cantaba a la rubia Nathalie, con la que quería tomar un chocolate en el Café Pushkin, cerca de la Plaza Roja de Moscú.

Qué lástima. Cuando nos hablamos a gritos en Tánger me hubiese gustado saber que Errol Flynn había soñado con la misma Revolución que unos pocos años después nos haría soñar a nosotros, los jóvenes de los años sesenta que no teníamos en la cabeza más que amor y concordia.

Porque aquel temible bucanero, espadachín y soldado en la jungla birmana no fue únicamente un juerguista. Era, sobre todo, un tipo bien, el padre que a muchos nos hubiese gustado tener.

*Escritor y periodista francés, radicado en España. Colaborador de Prensa Latina