Búsqueda Personalizada

sábado, mayo 22, 2010

HOMOSEXUALIDAD MASCULINA EN LA OSHA

Por Alejandro Fernández Calderón (Cubaliteraria)

Género y religión comparten hoy nuevas problemáticas en el debate de la sexualidad como aristas entrecruzadas. Actores sociales con una alternativa diferente, se ubican entre los estudios de lo masculino y lo femenino. Su impronta en los diversos escenarios de la actividad social, obliga a quienes estudian estas temáticas a profundizar en los análisis que generan sus comportamientos. La religión, en sus manifestaciones diversas, representa una zona donde grupos no tradicionales asumen funciones que no se establecen en los roles de división del trabajo según el sexo.[1] La Regla de Osha resulta uno de sus ejemplos ilustrativos.

Las prácticas de raigambre africana, por la posición de dominación ejercida mediante la explotación económica y social, representaron un espacio de socialización para una mayoría desfavorecida. Los esclavos y esclavas de diversas etnias trajeron un variado mundo mágico-religioso, y supieron mantener sus tradiciones adaptándolas a las duras condiciones que implicó el universo plantacionista. Afectados por las condiciones del sistema esclavista, apelaron a la simulación para reconvertir a sus dioses y diosas y continuar adorándoles. Una serie de prácticas religiosas, ubicadas en el mundo de los cabildos y sociedades mutualistas, representaron un área de escapismo social para quienes estaban ubicados en los escalones más bajos de la sociedad. Su base teórica operacional, se sostuvo dentro de una serie de preceptos que legitimaron una masculinidad religiosa alternativa, negro, esclavo y liberto, profano, discriminado; que se enfrentaba a un modelo hegemónico: blanco, propietario, católico, explotador. En ambas definiciones, el elemento falocrático heterosexual, establece disensiones sobre las estructuras de poder diseñadas, que a lo interno se observaban privativas de los hombres, que otorgaban a las mujeres un espacio, en caso de existir, de manera subordinada. Un proceso de interracialidad, de clases y transculturizaciones religiosas amplió el diapasón participativo, permitiendo que nuevos actores y procesos sociales, se fusionaran en un componente autóctono que define al nosotros social en una de sus expresiones del ethnos cubano.

No obstante, modelos diferentes como la homosexualidad no son contemplados con igual nivel de aceptación. El conservadurismo de las mentalidades respecto a las diferencias que van más allá de los roles establecidos de hombre o mujer, contaminan con sus estereotipos en los ámbitos más insospechados. Lo anterior obligó a los demeritados a establecer estrategias efectivas que permitieran obtener el deseado reconocimiento.

El marco religioso afrocubano es una muestra de cómo los nuevos tiempos y sus estrategias grupales hacen cambiar lo tradicionalmente establecido. La presencia de una serie de requisitos para ascender dentro de la élite religiosa marcaría una pauta que ha ido transformándose, provocando nuevas maneras para la incorporación a estos espacios.[2]

En el caso que nos ocupa, la homosexualidad masculina ha presentado un mayor nivel de trascendencia dentro del fenómeno de la Osha y el Palo Monte, no así para el caso de otras prácticas como Ifá y los Abacuá, donde han enfrentado una serie de resistencias para ingresar en sus filas. Su ausencia, puede considerarse desde el sustrato explicativo religioso dentro de las mismas, que no permiten la presencia de mujeres, haciéndose entonces extensivo a los homosexuales, además de una jerarquía que responde a cánones de exclusivismo masculino.

Para el caso de la Osha, la visibilidad del grupo homosexual masculino, denominado “addodis” en lengua yoruba, se calza con una posible mitología que responde a su inclusión. A pesar de existir una arraigada mentalidad machista por la mayoría de los practicantes, tal aspecto no ha impedido el ascenso palpable de homosexuales en los últimos tiempos; la condición de macho, les ha permitido que tengan ventaja por encima de las mujeres heterosexuales que se hallan limitadas por una serie de códigos que las ubica en posiciones subordinadas.

Entre las actividades que realizan, se ubican las funciones relacionadas al oriate, el obbá, sacrificio de animales mayores (cuatro patas), oficiar ceremonias, por citar las más relevantes. De igual modo, por el conocimiento que con los años adquirieron y su dedicación al culto religioso fueron ganando, poco a poco, protagonismo dentro de sus comunidades que, aunque no compartieran de manera general sus preferencias sexuales (prejuicios sociales mediante), no podían menospreciar su poder dentro de este mundo.

Además, por el tono discreto con que se manejó el tema de las creencias durante años, muchas personas se trataban con santeros que eran reconocidos como homosexuales sin poner reparo a su condición. La laguna del prejuicio que los condena se matiza, según la jerarquía del practicante, en función de la relación de familiaridad y el respeto demostrado. Muchas veces, el oficiante homosexual de una comunidad lograba alcanzar un poder de aglutinación que en su entorno generaba imaginarios específicos.[3] La presencia de los santeros es un escenario donde se aprecia la inclusión de los homosexuales dentro de la religión sin distinción de sexo.

No obstante, para los hombres homosexuales, si llegan a desarrollar en profundidad sus conocimientos pueden alcanzar nuevos niveles. Unos de los cargos de representatividad homosexual masculina en la Osha lo constituye el Obbá, compartiendo con sus homólogos de condición heterosexual. Aunque la condición de homosexual les impide alcanzar a Ifá, no implica que puedan dedicarse a perfeccionar sus conocimientos y se asienten como los reyes de la santería. Generalmente, en su función para este caso, se asumen los códigos hegemónicos masculinos que rigen dentro de su actuar para el cumplimiento del rol establecido. Los estilos de comportamiento se mantienen, probablemente, por el peso de la tradición que dicta el sentido común con el cual surgió, a pesar de sus modificaciones.

Desde esta perspectiva, la Regla de Osha puede considerarse como una religión que ha logrado desarrollar un discurso incluyente, que da cabida a diversas representaciones de identidad. Sus mutaciones a las realidades siempre cambiantes, a pesar de los fundamentos con que se originaron y que permanecen, no impiden su actual desarrollo. Marcada por la pobreza, la marginalidad y la exclusión, ha logrado desde su poder de convocatoria, adaptarse a la hostilidad con que generalmente se le observa. La tenacidad, la inteligencia y la fe de los practicantes de hoy y de ayer, ha logrado sobrepasar las expectativas investigativas, exigiendo la necesidad de nuevas herramientas de trabajo e interpretaciones, que permitan acercarnos con una mirada serena y justa a este campo. Ante todo, el compromiso de seguir trasmitiendo la valía de aquellos que brindan su conocimiento en calidad de exponentes, portadores de los valores que se depositan, en el caudal de la sabiduría religiosa de la Osha. Para mantener esta tradición debe continuar el respeto continuo, a los valores que hoy nos desarrollan, desde la diversidad de las identidades.

NOTAS

[1] La presencia de la homosexualidad dentro de la religión no ha sido un tópico de atención sostenida por los especialistas de esto temas. Los estudios de las religiones denominadas afrocubanas se han centrado en el imago mundi, arquetipos y la infraestructura religiosa. Los pioneros de estos estudios dedicaron sus análisis a resarcir estas religiones en función del discurso patriarcal y las relaciones de trabajo que en ellas se generan entre hombres y mujeres y sus relaciones con las divinidades. Para el caso de los estudios de género, aún queda por profundizar en la presencia de la homosexualidad en las prácticas religiosas, y sus estrategias de adaptación. Incluso, puede afirmarse que se ha mantenido una tendencia de análisis sobre una base de criterio de masculinidad que homogénea a los practicantes. En otros casos, se ha visto dentro de la impronta del escenario social, sin entrar en particularidades.

[2] Como parte de las normas creadas para la escala jerárquica dentro la religión ya sea en Palo Monte como Tata Enquise (padre de ganga), Awuo Orumila (hijo de Orula en Ifá) se planteaba que todas las personas ocuparán determinados requisitos:

.Tener como mínimo 25 años.

.Si fuese posible una familia constituida.

.Ser buen Hijo, buen Marido, buen Padre, Buen Hermano.

.Que diera ejemplo en la comunidad.

No obstante, estas pautas han sido trasgredidas. Para el caso de la homosexualidad, otros factores han mediado permitiendo que este grupo, diverso a su interior, gane un espacio dentro de las prácticas religiosas afrocubanas. Para una mayor profundización ver: Tomás Fernández Robaina: “Género y orientación sexual en la santería.”, en Revista La Gaceta de Cuba no.1, Enero- Febrero del 2005, pp. 32 - 36

[3] Un informante me comentó que a principios del siglo pasado, en el territorio de Guanabacoa en la calle Cruz Verde se asentó una casa religiosa. La misma alcanzó niveles que superaron el espacio físico. Dentro del imaginario popular de la localidad se le conocía como la casa de Cruz Verde. La autoridad y sabiduría del oficiante permitió crear una rama religiosa. No obstante, por el tipo de afluencia de personas ubicadas dentro de los estratos más bajo (prostitutas, drogadictos, homosexuales, delincuentes) el nombre popular inicial fue cambiado de manera peyorativa hacia la casa de los culos verdes. La presencia de actores relegados al interior de la comunidad, dentro de un espacio religioso específico, da cuenta de lo importante de verse representado por una institución que soluciona sus problemas, y al mismo tiempo fuera espacio de reunión donde los individuos podían ser aceptados. También la visible tendencia religiosa, es muestra del prestigio del oficiante, que a pesar de tener una interpretación social diferente, es capaz de incluirse con su estrategia dentro de su entorno local.