Búsqueda Personalizada

miércoles, julio 09, 2008

PALABRAS QUE VAN Y VIENEN

Dolorosas erratas editoriales
Por Celima Bernal (Juventud Rebelde)

Nada puede ser más desagradable para un escritor que encontrar una errata en alguno de sus trabajos. En mi caso, he descubierto centenares, algunas «de campeonato»: «bibijagüa», «tí», «Jeréz», tildes y signos de menos o de más; le, donde debía ir les, personajes que cambian de nombre... en fin, ¿para qué angustiarme recordándolas? Lo peor es que nadie les quita a los lectores la idea de que fue nuestra la culpa, de que cometimos los dislates por desconocimiento o por falta de cuidado. Eso no quiere decir que jamás nos equivoquemos, muy lejos de ello, pero lo cierto es que la mayoría de las veces se trata de un desliz ajeno, porque una cuida lo suyo con muchísima dedicación, son madrugadas y madrugadas pensando en cómo dar un giro diferente a ese párrafo, en cómo mejorar aquella expresión, de qué modo hacerla más bella. Luego, igual que los hijos, se van de nosotros los artículos, los libros, andan de acá para allá, y ya no nos pertenecen.

La publicación de unos versos míos: «A mis hermanos muertos el 13 de Marzo», me tuvo sin dormir varias semanas. Eran muy malos, lo confieso apenadísima, pero ni a causa de esto, merecían semejante destino. Por: «...lúgubre viaje...», alguien puso: «...legumbres viejas...», y como si tal locura no hubiera sido suficiente, al final, en vez de: «...hay una humedad de sal mojándonos las ojeras...», se leía, para mi desesperación: «hay una humedad de sol mojándonos las orejas».

Sin embargo, en cierta ocasión, una errata me hizo pensar que podía salvar la vida, gracias a ella. Fue en tiempos de la clandestinidad. Nixon, después presidente de los Estados Unidos, ocupaba en aquel momento un cargo que le exigía visitar los países de América, en viaje «de buena voluntad». Había estado en Venezuela, y pretendía venir a Cuba.

Yo había redactado un escrito, «Go home, Mr. Nixon»; se había publicado en hojas sueltas con mi nombre de guerra; pero siempre existía el peligro de que fuera descubierta, por indiscreción, o por denuncia. Quien lo copió en stencils, cometió una falta garrafal: en lugar de «Empire State», escribió: «Humpire Estates». Primero, me dolió muchísimo: luego pensé: «Si vienen a buscarme, les enseño mi foto frente a ese edificio, y les muestro que no soy capaz de semejante disparate». Eso me tranquilizó. ¡Qué tonta! Aquella gente no daba tiempo a explicaciones.

LA RESPUESTA DE HOY

Max Lesnik acaba de escribir en su leída columna, una crítica elogiosa a mi libro Rafa, el desordenado, que Guillermo Cabrera, a quien tanto quise, a quien tantos quisimos, había prolongado. ¿Saben que cuando un viejo amigo me envió el mensaje con la noticia, pensé por un instante en llamar al Guille? Desde aquí, y con permiso de la redacción, doy mil gracias al Duende, y ¿por qué no?, también al Genio. Sé que va a oírme, me oyó siempre.