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jueves, septiembre 12, 2013

POLVO DEL SAHARA: ¿VERDUGO DE LOS CICLONES?

Por Orfilio Peláez (Granma)
En la gráfica puede observarse el comportamiento del polvo del Sahara sobre el Atlántico oriental hasta el 5 de septiembre. 

El desarrollo de la tecnología satelital abrió el camino para que los científicos comenzaran a mostrar interés hacia un fenómeno típico del norte de África, sin implicaciones aparentes sobre el clima y otros ecosistemas.

Se trata de la formación de nubes de polvo generadas por las famosas tormentas del desierto del Sahara, proceso monitoreado hoy desde el espacio en todas sus etapas, incluida la dirección de su desplazamiento.

Esas nubes conformadas por partículas de polvo vienen cargadas de sal, hierro, sílice, cuarzo y otros minerales, además de hongos, bacterias y virus.

Una vez emergidas del continente africano pueden moverse sobre las Islas Canarias y afectar luego a España, Portugal y Gran Bretaña, en tanto otras avanzan hacia el oeste por el océano Atlántico impulsadas bajo el flujo de los vientos alisios, y llegan hasta el mar Caribe, y en ocasiones al Golfo de México. A esta región suelen arribar a los seis días de ocurrida la tormenta, aproximadamente.

Reportes internacionales dan cuenta que en las últimas cinco décadas la cantidad de polvo del Sahara diseminada a la atmósfera creció en más de diez veces.

En el caso particular de Cuba, estudios realizados por el doctor en Ciencias Físicas Eugenio Mojena, de la Sección de Satélites del Centro de Pronósticos del Instituto de Meteorología, el máximo de frecuencia de días con polvo del mencionado desierto tiene lugar de mayo a agosto, pero los picos ocurren en junio y julio, fundamentalmente.

CONTRA LAS CUERDAS

Como explica a Granma el reconocido especialista en el tema, las nubes de polvo suben hasta alturas de tres a siete kilómetros y originan una masa de aire muy caliente, con valores mínimos de humedad relativa.

Tal condición inhibe de manera significativa el surgimiento y desarrollo de los ciclones tropicales, o tiende a debilitar los ya formados, pues les crea un ambiente sumamente hostil al aportarles aire seco, además de incrementar la cizalladura vertical del viento en la altura, impidiendo que el sistema pueda concentrar la energía para su formación y fortalecimiento, resaltó.

El doctor Mojena indicó que durante julio y agosto hubo una fuerte presencia del polvo del Sahara en la zona comprendida entre los 10 y 20 grados de latitud norte y los 20 y 60 grados de longitud oeste (la zona de máxima actividad ciclónica en la cuenca del Atlántico), y solo surgieron tres tormentas tropicales denominadas Chantal, Dorian y Erin, las cuales tuvieron una vida efímera y no pasaron de esa categoría.

Más allá de los factores adversos prevalecientes en el área, ya mencionados, las aguas del Atlántico se han enfriado con respecto a la temperatura que tenían a comienzos de la temporada (algo no previsto en los vaticinios) y ese comportamiento también parece estar vinculado al polvo, pues al tener una extensa cobertura y alta concentración de las partículas en la atmósfera, disminuye la intensidad de la radiación solar recibida en la superficie terrestre y el mar está menos caliente.

Según adelantó el investigador, la presencia de esta suerte de "verdugo" de los ciclones comienza a ser menor y debe ir disminuyendo de forma paulatina en toda la región.

Como dato curioso vale destacar que hasta el 5 de septiembre ninguna de las siete tormentas surgidas en nuestra área geográfica alcanzó la categoría de huracán.

De acuerdo con lo informado por el doctor Ramón Pérez Suárez, del propio Instituto de Meteorología, desde 1851 a la fecha eso solo ha ocurrido en quince ocasiones, la más reciente en el 2002 cuando el primer organismo tropical en alcanzar esa categoría lo hizo el 11 de septiembre. En el transcurso del periodo mencionado no hubo huracanes en 1907 y en 1914.