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jueves, junio 27, 2013

EL DAÑO TERRIBLE DEL FRAUDE


Tomado de Granma

El sistema de educación hizo un gran esfuerzo este año en la enseñanza media superior para facilitar a los estudiantes la preparación adecuada y que cumplieran satisfactoriamente el ciclo de sus respectivos grados.

No pocas veces se ha insistido en la necesidad de que los padres velen con esmero por la educación de sus hijos. Es, al fin y al cabo, una de las cosas de las que dependerá en buena medida el futuro de ellos.

La educación y los valores promueven y edifican el conocimiento, y es lo que permite combatir actos censurables como el fraude, por ejemplo, porque lamentablemente nunca faltará quien valiéndose de artimañas, busque suplantar el esfuerzo ajeno.

El fraude, amparado en el finalismo, tiene mucho que ver con la mentira, pero sobre todo con el autoengaño. Una vez abordado el camino fácil, se obvia el daño terrible que eso ocasiona.

El fraudulento, por lo general, tiende a pensar que es muy listo, cuando en verdad es muy tonto e ignora que se puede comprar una prueba, pero no se pueden comprar los conocimientos. O que la nota verdaderamente importante es la que otorga la ética en la vida.

En ese sentido, algo siniestro ocurre cuando personas inescrupulosas, quebrantando sus principios, deciden sustraer un examen con ánimo de lucro, como lamentablemente sucedió con la prueba de Matemáticas aplicada en la capital del país, para los estudiantes de onceno grado que, detectada por las autoridades del Ministerio de Educación, fue anulada y se repetirá el próximo 1ro. de julio.

En el proceso investigativo se pudo conocer que dos profesores de un instituto pre-universitario de Arroyo Naranjo y una trabajadora de una imprenta del Cerro son responsables de estos hechos, por lo cual fueron acusados y detenidos por las autoridades policiales. Los resultados serán publicados al concluir las investigaciones.

El hecho no puede verse como un incidente menor y es preciso profundizar en determinadas causas.

Una vez más falla el concepto de la vigilancia y de la exigencia y se facilitan las condiciones para que un trabajador que tiene la confianza de participar en la impresión de una prueba se lleve una copia y de pie con ella a un ilícito negocio.

No menos preocupante, sin embargo, es que algunos padres, en su afán de querer a toda costa las mejores notas para sus hijos, hayan caído en la trampa y pagado por ese fraude como si el conocimiento fuese mercancía y, lo peor de todo, que después los propios estudiantes incurriesen en la reventa, extendiéndose el fraude a no pocos municipios capitalinos.

Numerosos padres al ser informados por el Ministerio de Educación de los hechos han reaccionado indignados y exigen con justeza que no se permitan ni el fraude ni lo ilícito y se tomen medidas ejemplarizantes con los responsables.

No es menos cierto que algunos, aunque indignados también, se han quejado de que ahora todos los estudiantes deben enfrentarse nuevamente al rigor de otro examen, pagando justos por pecadores. No deberían, porque una vez que un hecho de esta naturaleza sucede, le quita legitimidad a ese momento.

Lamentable es que sus muchachos deban someterse al estrés de otra prueba, pero igual convendría que tuviesen claro, además, que la consagración y el esfuerzo inherentes al estudio terminan imponiéndose y que la honradez vale más, muchísimo más, que el dinero.

También es justo resaltar que, a pesar de lo sucedido, la mayoría de los profesores sustentan principios que merecen respeto. La educación, a fin de cuentas, se trata de valores. Y aunque pueda parecer paradójico, no debería limitarse únicamente a la escuela.

Fidel señalaba en un discurso sobre la educación que había que ver en toda su profundidad lo que significa en cualquier joven las consecuencias de una actitud fraudulenta.

Y al respecto, decía: Imagínense, para citar un ejemplo, a un estudiante de medicina que cometa fraudes; y después tenga que ver con la atención de los ciudadanos en un hospital. Desde luego, es casi seguro que aquel que empieza copiando en el primer año, o en el segundo, no llega al último año, es casi seguro. Pero un médico en una asignatura importante, o en cualquier asignatura, que haya cometido un fraude y que no la conozca, y que después tenga en sus manos la vida de un niño, la vida de una madre, la vida de un adulto, la vida de un anciano, ese es el momento en que necesita aquello que dejó de estudiar.

El fraude y el finalismo lo único que hacen es "fabricar" un inepto.