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domingo, marzo 11, 2012

MANUEL CORONA

Por Nicolás Guillén (La Jiribilla)

Manuel Corona
La Habana ha recobrado rápidamente su ritmo normal. Es decir, su tumulto ordenado, su vocerío lleno de templanza, su ponderada desorbitación… Luego de las fiestas de Pascua, ya un poco lejanas, y las más recientes de Año Nuevo y de Reyes, el habitante de este rincón antillano hállase entregado a la desagradable tarea de arreglar cuentas consigo mismo.

Claro que allí entran también las cuentas que tiene que arreglar con los demás. Porque es ya clásico (al menos entre nosotros) que después del torbellino suscitado por la grasienta conmemoración de la divina natividad, los acreedores (que son deudores a su vez) han de esperar hasta febrero para cobrar los adeudos… de noviembre.

Hay, pues, un mes económicamente muerto, y es enero. Caras largas, cejijuntas; ojos perdidos en un cielo pitagórico de cálculos matemáticos; tardíos remordimientos; tumultuosa aglomeración de cuentas por coñac, por whisky, por champaña. Ese mundo sombrío, en fin, que sucede a lo que fue alegría desordenada y en medio del cual entramos precisamente en el año «nuevo», el que deseábamos lleno de las consabidas venturas para todos, comenzando desde luego por nuestra ventura personal.

Solo que enero comenzó en forma harto cruel con la música popular cubana, pues nos ha arrebatado a Manuel Corona… ¿Y quién era Corona?, preguntará el lector venezolano. Corona era un trovador que no solo cantaba canciones, sino que las componía, entre ellas algunas que se hicieron famosas. No sabía una nota de música, pero tocaba muy bien la guitarra; no medía sus versos al modo clásico, puestos en fila, con los consonantes «en las puntas» (como en la anécdota de don Ricardo Palma), pero sus letras rezumaban gracia, límpida frescura de manantial que brota muy de debajo de la tierra.

Ningún cubano que hoy tenga más de cuarenta años habrá olvidado las composiciones de Corona. Yo recuerdo, allá en mi lejano bachillerato, la boga obsesionante de Santa Cecilia, cuyo ritmo lánguido subía y bajaba lentamente, en un alarde de ingenua complicación técnica:

Por tu simbólico nombre de Cecilia,
tan supremo que es el genio musical…

De aquella época son también otras canciones que alcanzaron larguísima divulgación: Mercedes, Adriana, y una guaracha titulada Acelera, Ñico:

Acelera, Ñico, acelera,
acelera y ponte en primera…

Pero sobre todas, Longina, hermana gemela de Santa Cecilia, de modo que no puede hablarse de una sin que la otra nos venga en seguida a los labios:

En las sensuales líneas
de tu cuerpo hermoso
hay un tema que destaca
sensibilidad…

Por cierto que Longina –llamada Longina O’Farril– vive todavía. Era hace treinta años una mujer de cuerpo flexible, negra, de altos senos y ojos relampagueantes. Hoy ha engordado, naturalmente, y la mirada brilla menos, pues los años no pasan en vano. Pero todavía da pruebas de que fue lo que fue. A causa de la muerte de su cantor, surgió en estos días a un plano de súbita actualidad.

–A la una de la mañana –cuenta Longina– tocaron a mi puerta para darme la noticia de la muerte de Manuel, y eso me hizo una horrible impresión. Estaba y estaré agradecida a él. Corona ha muerto, pero la mujer que le inspiró una de sus mejores canciones está viva y lo recordará sin cesar. En cierto modo él me inmortalizó. Hubiera querido estar a su lado en el instante en que lanzó su último suspiro. Yo sabía que se hallaba enfermo, tuberculoso, y sabía también que no se cuidaba, que se había entregado a la bebida, sin importarle su estado físico. Puedo decir que Corona se suicidó, porque si se hubiera cuidado un poco habría vivido algún tiempo más…

Corona se sabía herido de muerte. La propia Longina dice que cuando alguien le pedía que abandonara «el trago», contestaba el viejo trovador invariablemente:

–¿Para qué quiero vivir unos cuantos días más, dándome cuenta de todo? El alcohol al menos me hace creerme bien y me permite compartir el tiempo que me queda con aquellos amigos y amigas de mi juventud…

Hace unos meses encontré a Corona en uno de los cafetuchos situados frente a la Estación Terminal. No hablaba con él hacía años, cuando la terrible enfermedad no había estragado su cuerpo. Flaco, flaquísimo, los ojos hundidos, el mentón en proa, la voz cavernosa.

–¿No te acuerdas de mí?

–Claro que me acuerdo –le dije–. Tú eres Corona…

–Yo soy Corona –respondió a su vez–, pero me muero. Mírame cómo estoy.

Lo invité a una copa y la bebió ávidamente con mano temblorosa.

–Un día quiero verte –concluyó al despedirme de él–. Me gustaría cantarte las viejas cosas. Yo soy el autor de Santa Cecilia y de Longina… ¿No te acuerdas?

La verdad es que esas dos canciones constituían su orgullo.

Al entierro de Manuel Corona solo fue un puñado de amigos, los fieles de siempre. Sindo Garay, el patriarca; Rosendo Ruiz, Tata Villegas, Gonzalo Roig (que despidió el duelo), Pancho Majagua y algunos más.

Poco antes de morir (en un cuarto oscuro del cabaret Jaruquito), el infeliz trovador había expresado su último deseo: café y guitarras. Por eso cuando la comitiva fúnebre regresó del cementerio de Marianao, donde quedaban sus despojos, Sindo Garay propuso:

–Ahora vayamos a casa; hay que cumplir la voluntad de Manuel… Y en casa del glorioso autor de La bayamesa se reunieron los compañeros de Corona. Allí, como quien cumple un rito, cantáronse sus viejas melodías subrayadas por breves tazas de negro café.

Por lo demás, la desaparición de este modesto músico vernáculo denuncia nuevamente esa grotesca antinomia que existe entre la vida y la muerte de nuestros artistas populares, aplastados por una sociedad ciega «que mata a un hombre del mismo modo que hiela una manzana». Vivos, se les desconoce y hasta desprecia; muertos, se les exalta ruidosamente y, como si el tránsito fuera un nacimiento, surgen a una nueva vida: la vida que tanta falta les hiciera cuando vivían en realidad.

¿Quiénes de los que hoy gastan millares de dólares en lujos inútiles, en vicios lujosos, llegaron nunca hasta la tenaz miseria del trovador para poner en ella la realidad de una dádiva decorosa, o la dádiva, aunque fuera irreal, de una promesa? ¿Cuántos de los que ahora pregonan el mérito de aquel sencillo forjador de belleza se le acercaron antaño para musitar en sus días de angustia lo que hoy gritan, batiendo el parche hipócrita, junto al caído? ¿Corona? ¡Bah! Era apenas un mulato guitarrero…

Sin embargo, él durará más, muchísimo más que los que piensan que durarán toda la vida. Porque su obra de ingenuo creador está ligada por abajo, por la raíz, por la tierra húmeda y fecunda, al pueblo de cuya sangre, de cuyo espíritu se nutrió.

El Nacional, Caracas, 1950.

Tomado de Prosa de prisa. Tomo II. Compilación y notas, Ángel Augier. Editorial Arte y Literatura, 1975.