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sábado, febrero 11, 2012

JUVENTINO ROSAS: SOBRE LAS OLAS

Por Josefina Ortega (La Jiribilla)
 
Juventino Rosas
Sobre el genial músico mexicano Juventino Rosas se ha tejido más de una leyenda. Muchas veces su nombre es invocado en algunas de nuestras ceremonias espiritistas, sobre todo en las fiestas rituales conocidas como “los violines”, donde también se toca con frecuencia el vals “Sobre las olas” que lo hizo famoso en todo el mundo.

En estos ritos, como cubanos al fin, siempre se mezcla el violín con la tumbadora y otros instrumentos de percusión característicos de la música popular de la Isla.

Tal vez fuera el halo de misterio que siempre acorraló a este talentoso artista, no solo en Cuba sino también en el propio México, lo que lo hizo trascender más allá de su temprana muerte, ocurrida por azares del destino en Batabanó, pequeño pueblo costero de la provincia de La Habana, aquel fatídico 9 de junio de 1894.

Según la tradición, Juventino Rosas había muerto de una cirrosis hepática, abandonado a su suerte, y de no haber sido por la generosidad de unos humildes pescadores de esponjas, que corrieron con los gastos del sepelio, sus restos se encontrarían solo dios sabe dónde.

Es curioso conocer cómo en esta versión romántica de los hechos se rumorea sobre lo intensamente dramáticas que fueron sus últimas horas: borracho, errabundo y decepcionado, muy junto a la partitura de uno de los valses más populares de todos los tiempos, dedicado a una ingrata que no supo corresponder a su amor.

Hoy se sabe, sin embargo —gracias a serias investigaciones y muy al contrario de lo sostiene el mito—, que el famoso compositor y violinista mexicano murió en el apogeo de su gloria artística, a causa de una mielitis espinal aguda, 12 días después de haber llegado al pequeño poblado habanero, donde fue ingresado en la mejor clínica del lugar y atendido precisamente por su dueño, el doctor José Manuel Campos.

Muchos son, pues, los misterios que asedian el paso del autor del célebre vals “Sobre las olas” por la Isla y, muy en especial, por Batabanó, cuyos vecinos, en apreciable actitud, acogieron con todos los honores los restos del gran artista en el cementerio de la villa.

Allí descansaron hasta 1909, cuando fueron trasladados a su tierra natal, debido a la diligencia de un periodista compatriota suyo, que de visita por el modesto poblado reconoció sorprendido la tumba del joven músico mexicano en la necrópolis de la localidad.

Sus restos reposan en nuestros días, como justo reconocimiento a sus elevados méritos como artista, en la Rotonda de los Hombres Ilustres de México, y su pueblo natal, Santa Cruz de Galeana, en Guanajuato, se nombra hoy Santa Cruz de Juventino Rosas.

Algunos se preguntan cómo dio a parar el famoso músico al humilde poblado del sur de La Habana, luego de una fructífera estancia en el país durante casi seis meses, en la que realizó una exitosa gira como figura principal de la compañía musical de González y Bianculli.

El recorrido comenzó por La Habana, y continuó por Matanzas, Cárdenas, Santa Clara, Cienfuegos, Trinidad, Sancti Spíritus, Guantánamo y Santiago de Cuba.

La cuestión es simple: en aquellos primeros días de junio, partía de Santiago de Cuba la compañía en cuestión, en un buque de la naviera Menéndez y Cía, cuyo destino final era el pequeño pueblo costero de Batabanó como punto de enlace con La Habana, y desde donde los artistas irían después a Nueva York, con destino a Europa.

Sin embargo, Juventino Rosas se ve impedido de proseguir el viaje pues llega al puerto sureño peligrosamente enfermo de la dolencia que lo llevará poco después a la muerte.

Parecía un viejo cuando solo tenía 26 años. Tal era el grado de postración en que la enfermedad y la vida bohemia lo habían sumido.

De su andar por la región oriental de la Isla, aún se conoce poco, y demandará de una nueva etapa de investigaciones. Sin embargo, se sabe que, en Guantánamo, Juventino estrechó amistad con el recién iniciado poeta Regino Boti, quien, a instancias del músico, escribió una nueva versión de la letra del vals “Sobre las olas”.

En Batabanó se levanta un modesto monumento dedicado a la memoria del gran músico mexicano, que si bien apenas vivió unos breves días en aquellos parajes, es este quizá uno de los hechos más recordados por sus moradores.

Su dramática muerte en aquel pueblito de pescadores fue acaso el último impulso que necesitaba su leyenda.