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sábado, octubre 16, 2010

UNA CONDESA ENTRE DOS MUNDOS

Por Graziella Pogolotti* (Prensa Latina)

La Habana.- Personaje singular, la Condesa de Merlín merecería una biografía novelada, género poco cultivado entre nosotros por exigir la feliz conjunción de saber histórico y talento narrativo.

Nacida en Cuba, las circunstancias familiares la llevaron a instalarse en Europa hasta adoptar el francés como lengua literaria. Se sitúa, pues, entre fronteras y culturas.

Una parte de su obra regresa a nuestras manos en selección hecha y prologada por la ensayista cubana Luisa Campuzano para las Ediciones Boloña de la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Mercedes Santa Cruz y Montalvo, hija del Conde de Jaruco y Mopo, procede de una familia de poderosos terratenientes esclavistas, cuando empezaba a alentar el primer proyecto reformista cubano. Ciudadanos españoles de ultramar, definidos ya como criollos, ilustrados y poseedores de considerable riqueza, los representantes de este grupo social comprendieron la necesidad de asumir un papel político que les asegurara voz y presencia en defensa de sus bienes.

Atemorizados por las consecuencias de la revolución haitiana, no pensaban en la independencia. Avalados por su condición de sólidos contribuyentes para los recursos monetarios de una corona cada vez más insaciable, desempeñaron una intensa labor de lobby en la corte de Madrid.

Con perspectiva de futuro, el Conde de Jaruco obtuvo de la metrópoli el presupuesto para estudiar el territorio aún poco explorado de Guantánamo.

Apremiado por las veleidades cortesanas, los condes de Jaruco, todavía muy jóvenes, se instalaron en Madrid y dejaron en La Habana, al cuidado de las abuelas, a la hija recién nacida, una de ellas permisiva en extremo, y de irreflexible rigidez la otra.

Sus primeros 12 años transcurren entre la libertad absoluta del corretear por los campos -algo impensable según los preceptos de la educación femenina de la época y la breve estancia en el Convento de Santa Clara, sometida a un implacable régimen disciplinario.

Conocerá a su madre tan solo cuando viaje a España, cumplidos ya los 12 años. Es una criollita de melena indómita, tez bronceada, muchas lecturas y poca instrucción formal. Muy independiente para la época, rebelde y audaz, ha sabido imponer su voluntad al escapar del convento y evitar la imposición de un regreso no deseado.

En medio del boato madrileño, la madre ocupa el centro de una importante tertulia a la concurren políticos, artistas y escritores, muchos de ellos inclinados a lo que entonces se calificó de afrancesamiento, deudor de la corriente avanzada del siglo de las luces.

Al parecer, el pintor Goya estuvo entre los asiduos. Al producirse la invasión bonapartista, la Condesa de Jaruco no tiene reparo en integrarse a la corte de Pepe Botella. Su hija se casará con un militar galardonado con nobleza napoleónica, el Conde de Merlin. Con la vuelta de los Borbones no tendrán más alternativa que huir a Francia. Sus cuantiosos bienes serán confiscados.

Cronista de ese tiempo, Cirilo Villaverde no deja de incluir en su novela Cecilia Valdés, entre los esclavos de los Gamboa, a los que fueron adquiridos en ocasión de producirse la liquidación de los que pertenecieron a la familia Santa Cruz.

En Paris, la Condesa de Merlin logra establecer su propio salón, a pesar de su irrenunciable marca bonapartista, difícil de sobrellevar bajo la restauración borbónica. Dotada de hermosa voz, despliega sus facultades musicales y se mueve en un entorno literario al punto de inspirar, al parecer, un personaje de Balzac.

Distante, la isla no ha dejado de ser el país natal, de suave y bondadoso clima tropical. Para los reformistas cubanos, es una pieza situada en Europa, donde puede contribuir a divulgar el tema cubano, en especial lo referido al debate acerca de la esclavitud, condenada por ella en nombre del respeto a la condición humana. Las memorias de la Condesa forman parte de esta estrategia.

*Ensayista y crítica cubana de arte. Directora de la Fundación Alejo Carpentier