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lunes, septiembre 06, 2010

EL DILEMA DE LA CONTAMINACION SONORA

Por Doctor Arnaldo González Arias* (Granma)
Foto: Otmaro Rodríguez

Sin apenas darnos cuenta, en las últimas décadas el ruido pasó a formar parte de la cotidianidad en la existencia del hombre, sobre todo en las ciudades y zonas de gran desarrollo industrial.

Escuchar música a altos decibeles en los reproductores de música puede causar lesiones auditivas.

A pesar de contar con leyes y reglamentos que regulan y sancionan la emisión de sonidos por encima de lo establecido, nuestras urbes tampoco escapan a los efectos de la contaminación sonora, convertida en otro problema ambiental a enfrentar con el máximo de rigor.

El sonar de los claxon, televisores, radios y equipos de música a todo volumen en no pocos hogares y centros recreativos, vehículos devenidos verdaderas discotecas ambulantes, la molesta sinfonía acústica emitida por diferentes procesos fabriles, por solo mencionar algunos de los ejemplos más frecuentes, lastran los esfuerzos por asegurarle a cada ciudadano el irrenunciable derecho a una mejor calidad de vida.

RAZONES PARA MEDITAR

El decibel (dB) es una unidad relativa empleada en la acústica y las telecomunicaciones para expresar la relación entre dos intensidades del sonido, pues la práctica indica que cualquier sujeto necesita escuchar al menos dos sonidos de diferente magnitud para dar una estimación confiable de su valor. La escala de medida no es lineal, sino logarítmica, que se ajusta mejor a la sensibilidad del oído humano.

Para evaluar el riesgo auditivo es preferible utilizar el decibel A ponderado (dBA), que se basa en determinaciones realizadas aplicando un filtro. El proceso elimina parte de las bajas frecuencias (sonidos graves) y las muy altas (sonidos agudos), dejando solo las frecuencias medias, de mayor percepción.

Existen diferentes acepciones del ruido: sonido desagradable, perjudicial, perturbador o dañino para quien lo recibe, pero actualmente la más aceptada parece ser "sonido no deseado", cualquiera que este sea.

Los animales reaccionan ante el ruido huyendo, escondiéndose o enfrentándose agresivamente a su fuente. Si estaban dormidos, despiertan. La secreción de adrenalina que se origina es similar a la causada por cualquier otra señal de peligro.

En los seres humanos se muestran instintivamente las mismas reacciones, en dependencia de la sensibilidad individual de cada persona frente a tan incómodo estímulo.

El efecto más usual del ruido es el malestar, que durante el día se suele experimentar moderadamente a partir de los 50 dbA, y llega a ser fuerte por encima de los 55. Al anochecer, en estado de vigilia, el efecto es mayor, y estas cifras se reducen en 5 ó 10 dbA.

También interfiere en la comunicación entre las personas. en una conversación normal, para que una palabra sea perfectamente inteligible, la intensidad debe ser superior al ruido de fondo en no menos de 15 dBA.

El ruido de fondo, o los ruidos repentinos, pueden causar la disminución del rendimiento en muchos trabajos, especialmente en aquellos que exigen concentración. Aparecen errores y se reduce la calidad y cantidad de las tareas realizadas.

En algunos casos las consecuencias pueden ser duraderas. Por ejemplo, los niños sometidos a altos niveles de ruido durante la edad escolar aprenden a leer con mayor dificultad y tienden a alcanzar niveles inferiores de dominio de la lectura.

Además de la imposibilidad de dormir cuando hay mucho ruido, a partir de un nivel de 45 dBA la probabilidad de despertar cuando se duerme es mayor. Pero aun cuando no haya interrupciones en el sueño, la contaminación sonora puede afectar seriamente su calidad, y este se vuelve intranquilo, suelen acortarse sus fases más profundas, ocurren cambios en la respiración y puede aumentar la presión arterial y el ritmo cardiaco.

Por tanto, la persona no habrá descansado bien y será incapaz de realizar adecuadamente sus labores cotidianas. Si la situación tiende a prolongarse, los daños al equilibrio físico y psicológico pueden ser mayores.

La relación de daños a la salud humana ocasionados por el ruido incluye la denominada sordera transitoria (fatiga auditiva) o permanente en el caso de exposiciones prolongadas a niveles superiores de 75 dBA. También la pueden desencadenar los sonidos de corta duración mayores de 110 dBA.

De acuerdo con la opinión de algunos especialistas se necesitan unas 16 horas de descanso en situación de confort acústico para recuperarse totalmente de la fatiga auditiva.

Las personas sometidas a cualquiera de las situaciones descritas anteriormente suelen desarrollar algunos de los padecimientos siguientes: cansancio crónico, tendencia al insomnio, hipertensión, cambios en la composición química de la sangre, isquemias cardiacas, trastornos del sistema inmune (responsable de la respuesta a las infecciones y a los tumores); trastornos psicofísicos tales como ansiedad, manía, depresión, irritabilidad, náuseas, jaquecas, problemas digestivos y también neurosis o psicosis en individuos predispuestos a ello.

El ruido es capaz de propiciar la aparición de conductas negativas como hostilidad, intolerancia, agresividad, aislamiento social y disminución de la tendencia natural hacia la ayuda mutua.

Parafraseando en sentido contrario el título de una popular serie televisiva que se retransmite en la programación de verano, se impone apostar por un entorno con "menos ruido", es decir, mucho más sano.

NOTA DE LA REDACCIÓN

El problema de la contaminación sonora pasa, sobre todo, por la pérdida de autoridad y la desidia de quienes tienen que hacer cumplir lo legislado por la Asamblea Nacional del Poder Popular. A la indolencia de los que convierten cualquier espacio en un infernal bullicio, se suma la falta de exigencia de quienes están facultados para imponer las sanciones previstas. Y como si fuera poco, al habitual ruido de nuestra cotidianidad se suma por estos días de verano la nueva moda de concluir las fiestas en plena calle, mientras muchos a esa hora de la madrugada intentan conciliar el sueño entre insensibles algarabías y coros estridentes.

* El autor es profesor de la Facultad de Física de la Universidad de La Habana