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jueves, octubre 22, 2009

AQUELLA QUE FUI

La bailarina y coreógrafa Maricusa Cabrera, una de las mujeres más bellas y fotografiadas de la Cuba de los años 50 y poco más, nos cuenta de un tirón la historia de su vida

Por Edel Lima (Juventud Rebelde)

No me acuerdo cuándo fue la última vez que salí en una revista. La gente ni me conoce ya. Que algunos creían que estaba en Colón o en Miami. ¡Estoy aquí! Allá no se me ha perdido nada. Sabes, hace tiempo te esperaba: en el fondo de mí algo me decía que algún día ibas a venir.

Mi nombre real es María Leonor, pero no preguntes por él ni en los centros espirituales, porque desde pequeñita me llamaron Maricusa y se me quedó. Esta vieja es lo que queda de la bailarina y coreógrafa Maricusa Cabrera. ¡Eso sí!, ¿quién me quita lo baila’o? Yo tengo mi historia en la televisión y los cabarets de este país.

Nací el 9 de marzo de 1937 —ya pueden sacar la cuenta de mis años— en la casa de «la cubanita que nació con el siglo», en B y 15, en el Vedado. Sí, yo soy la hija única de la escritora Renée Méndez Capote con el periodista Antonio Cabrera Escanelle. Por supuesto, también la nieta del General Domingo Méndez Capote, al que no conocí, pero de él saqué estos ojos verdes.

Me bautizaron en el Palacio Presidencial. ¿Mis padrinos? El presidente de la República Federico Laredo Brú y su esposa, Monona.

Mi infancia fue feliz, en una familia de buena posición social y muy vinculada a la cultura, aunque a los seis años de edad sufrí un trauma muy grande, cuando mi papá, que había enfermado de los nervios, intentó matarme. Por suerte la manejadora pudo salvarme y se refugió en el apartamento de al lado, el de mi tía Rita Chaple.

Al enfermar mi papá, mi mamá me crió sola; fue madre y padre a la vez. Me dio una educación muy amplia y con mucha libertad; ¡a la francesa!, como ella decía. Por eso he sido siempre una mujer muy libre e independiente.

Empecé en Pro Arte Musical a los nueve años, de solista en el ballet de las niñas, con clases de Alberto Alonso y Elena del Cueto. Recuerdo que Alberto decía: «Ella casi no habla, pero mira cómo se expresa en la danza». El baile fue mi salvación; me llevaba a otra realidad más alegre y eso me fue sacando del trauma que viví con mi padre.

Por esa época también estudié en el Instituto Musical Margot Díaz Dorticós, donde me gradué de Solfeo y Teoría. De allí me fui en cuarto año de piano, porque me atormentaban mucho las escalas y los arpegios. La verdad, yo no servía para estar sentada. Entonces dejé de ser la directora de la revista infantil DO RE MI, del Club Musical Mozart, del mismo Instituto. Por cierto, quien escribía los editoriales no era Maricusa, sino Renecita (ríe), porque yo era muy niña.

Volviendo a Pro Arte, Lydia Díaz Cruz era la bailarina principal de las muchachitas. En Alicia en el reino de las cartas ella hacía el protagónico, y yo de acusado, ya entre las primeras figuras. Nunca olvidaré que Mirta Aguirre publicó en una nota de prensa: «A Maricusa Cabrera hay que vigilarle la carrera, tiene mucho talento».

Entre mis compañeritas estaban Laurita Alonso, Menia Martínez, Loipa Araújo, Mirta Plá, Aurora Bosch... Al fundarse en 1950 la Academia de Ballet Alicia Alonso, pasamos a estudiar allí, donde recibimos una formación magnífica. Imagínate, clases con Fernando Alonso, el mejor profesor de ballet que ha tenido Cuba. Cuando Alicia venía del extranjero, se hacían las presentaciones. Bailé en El lago de los cisnes, Giselle, Las Sílfides, Paganini, Toque...

Al ir creciendo, me di cuenta de que mi silueta no era igual a la de las otras bailarinas delgaditas, de cuello largo... Tenía demasiado muslo, demasiada nalga. Había que ver cómo paraba el tutú de la parte de atrás. Pero lo que era un handicap para el ballet clásico era una suerte para el moderno. Por eso en 1953 me fui a la televisión, que fue donde realmente tuve éxito.

Estuve pocos meses en el cuerpo de baile del Conjunto Coreográfico de la Televisión Nacional, de Alberto Alonso, porque Luis Trápaga me llamó y me colocó en su compañía de primera bailarina y pareja suya, contratados como artistas exclusivos del Canal 4. Pero a finales de 1955 me casé, más que todo porque estaba embarazada, y tuve que abandonar el baile. Trápaga se decepcionó muchísimo... Él quería hacer de mí una gran bailarina moderna.

Aquel matrimonio se acabó rápido, y en cuanto tuve a mi primer hijo regresé a la danza; esta vez al cabaret Montmartre, con las coreografías de Sergio Orta. Allí formé pareja de baile con Robertico Gutiérrez, pero bailábamos también en televisión, en el Canal 2 de Pumarejo. Nos hicimos muy cotizados, pero nos separamos después, porque él quería viajar a otros países y la idea no me gustaba.

Piensa que yo había ido a México con Renée y mi pequeño en 1956 (eso lo relata mi mamá en el libro Hace muchos años, una joven viajera...), y me fue muy mal, le hice alergia a la altura. Pero lo que ella no cuenta es que la representante del dueño del cabaret Astoria, donde yo iba a trabajar, me levantó la sábana mientras dormía y dijo: «¡Como la soñó el señor Fabert!». Me estaba esperando no solo para bailar... No acepté ni la recepción de bienvenida y al mes estábamos de vuelta en Cuba.

Es cierto, tuve que ir a México porque me estaban asediando personajes de la dictadura. Un día estaba en la finca de Rodney, el coreógrafo de Tropicana, y me dice: «No te vayas, que Fernández Miranda, el hermano de la mujer de Batista, viene a conocerte». ¡Me fui enseguida! Y Luisito, el hijo de Justo Luis del Pozo, me rondaba la cuadra en su carro. Aun así aquí en Cuba era otra cosa, me respetaban por mi madre y por la memoria de mi abuelo. En México o en cualquier país no me conocía nadie.

En los años 50 hice muchos comerciales para la televisión y trabajé en programas como Casino de la Alegría, Jueves de Partagás y US. KEST. También en los espectáculos de cabarets como el Capri, el Parisién y Tropicana.

Fueron años de muchas notas de prensa, siempre halagadoras. Por mi figura me buscaban los fotógrafos y aparecía en Show, Carteles, Gente, Bohemia... A mí Rodney me decía que yo salía más en las revistas que el anuncio de la Coca Cola. ¡Oye!, una vez me hicieron unas fotos en la casa de Félix B. Caignet, en Santa María del Mar, y el viejo, muy salpicón, comentó: «Esta muchacha con la piel trigueña, el pelo negro y los ojos verdes es un cheque al portador».

Mis mejores fotos fueron las de Alberto Korda. Me retrató para la revista Cine Belleza, hicimos amistad y fui una de sus modelos hasta entrados los 60. Y yo lo prefería, porque no era de mucho retoque, como Armand o Narcy, otros fotógrafos de aquella época. Sus fotos eran en vivo y en directo, como diría Eva Rodríguez.

Trabajé con muchos famosos: Alfredo Sadel, Fernando Albuerne, Maurice Chevalier, Edith Piaf... A Pedro Vargas lo conocí en el show de Radiocentro y sus hijos eran muy amiguitos míos. Yo tenía un baile que se llamaba Holiday for string (Festival de cuerdas), y Benny Moré me hacía con los platillos el mismo sonido de las cuerdas, sin partituras. ¡Increíble!

¿Que si luché contra la dictadura de Batista? ¡Cómo que no! Mi casa, la de mi madre, era un cuartel general donde se hacían muchas reuniones, y si nos cogían... Antonio Núñez Jiménez y su esposa, Lupe Velis, vivían con nosotros. Me acuerdo cuando los batistianos le quemaron a él los ejemplares de la Geografía de Cuba, un libro acabadito de publicar. ¡Cómo lloró ese hombre! ¡Un trabajo de tantos años!

Y triunfó la Revolución, llegó el Comandante y mandó a parar. Con el cierre de los casinos, nos unimos Lilie Maury, Peggy Gómez y yo en el trío Les Girls para trabajar en cabarets. Tuvimos mucho éxito, pero nos separamos porque Lilie y Peggy se fajaron en el Venecia, de Santa Clara.

Con mi segundo embarazo perdí la forma y fui bailando cada vez menos. Entonces me dediqué a la coreografía. Fui fundadora del Ballet de la Televisión Cubana y una de sus coreógrafas en programas como Música y Estrellas, Álbum de Cuba y Cita con Rosita. Una vez Alberto Alonso llamó para preguntar quién había sido la coreógrafa esa noche, porque le había impresionado. Y era yo, su alumna.

El trabajo en la televisión lo combinaba con el del cabaret. Monté varios espectáculos en la pista de El Caribe, del Habana Libre. En los años 65 y 66, creé los pasos del Pa’cá y lo bailaba, pues Juanito Márquez había visto el Joropero montado por mí, le gustó y me fue a buscar. Gané premios en los carnavales con las carrozas del Pa’cá y el Pilón. Fue una etapa en que la música cubana arrebataba; la etapa también del Dengue y el Mozambique.

Más adelante, me fui definitivamente al cabaret, porque había demasiados conflictos en el Ballet de la Televisión. Primero de coreógrafa en el Capri, y en el 70 de directora y coreógrafa en el Habana Libre. Allí monté el show hippy psicodélico Un, dos, tres..., que a los nueve meses lo quitaron de la noche a la mañana, después que lo había visto La Habana entera.

Dice la revista Romances en el 71: «Vuelve la onda moderna al Habana Libre». Monté el espectáculo del Mundial de Pelota. Todo el vestuario era de aluminio; me lo hicieron mis amigos los artesanos. Luego levanté el nivel del Nacional de Prado, El Palermo, El Sierra y otros cabarets chiquitos. También dirigí muchas fiestas de protocolo.

Pero la mala noche en el cabaret y los problemas familiares me causaron un break down nervioso. Y con solo 41 años, en 1978, me bajó la jubilación. Entonces, me dediqué a llevar una vida tranquila. Por miedo a la soledad me casé con Rigoberto Monzón, el editor de los libros de mi mamá. Y como buena abuela, ayudé a criar a mis nietos.

La muerte de mi madre en 1989 fue un golpe terrible. Pero le quise hacer el entierro que merecía, guardé las lágrimas para después y le avisé a todo el mundo. En la cara me estoy pareciendo a ella enormemente, porque aunque era obesa de joven, de vieja se puso muy delgadita, siempre con su boina, su bastón y sus batilongos. Era una mujer maravillosa, con un sentido del humor tremendo y muy buena memoria, que escribía a cualquier hora. Y como el hijo del gato caza ratones, yo también escribí: la historia de mi vida en unas estampas. Cuando ella las leyó, me dijo: «Has hecho del dolor literatura». Y las rompí.

He pasado la muerte de dos de mis cuatro hijos y mírame aquí, pero prefiero no hablar de eso.

Llevo ya cuatro años y medio en el asilo de Celimar, porque me caí y me partí el fémur; quedé coja y ya no podía salir a la calle. Aunque parezca mentira, aquí he encontrado la paz y la tranquilidad que nunca antes había tenido.

Todavía me pinto como si fuera a salir al escenario; no he perdido la costumbre. Soy la vicepresidenta del Consejo de Abuelos. Canto y bailo en las actividades culturales, y tengo un popurrí de muchas cositas, con el que me divierto y divierto a los demás. A pesar de todo, yo digo que mi vida ha sido una sonrisa. Y sigo siendo la misma, aquella que fui.

1 comentarios:

Animal de Fondo dijo...

Juan, nada más que agradecerle que siga manteniéndonos informados. Gracias a usted no me pierdo un "Palabras que van y vienen". Son muchos años leyéndolo y me reprocho que nunca le dejo el comentario de ánimo y de agradecimiento que usted se merece. La vida pasa rápido. Yo lo leo gracias a que estoy suscrito a su blog a través de Google Reader. Valga este comentario de hoy como disculpa por lo que la prisa diaria puede hacer que parezca ingratitud.
¡Gracias!