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sábado, junio 06, 2009

REALEZA RUSA EN TIERRA CUBANA

Un piloto del último Zar de Rusia, llamado Alexander de Bernard Kourakine, falleció en La Habana en 1929, en los días en que trabajaba como constructor de la Carretera Central de nuestro país

Por Luis Hernández Serrano (Juventud Rebelde)

A la altura de Cacocum, en tierras orientales, había un hombre que a pleno sol, a pie de obra, construía la Carretera Central, pero, de pronto, un dolor terrible en el abdomen lo hizo doblarse, con las manos en el estómago, casi a punto de gritar. Sufría un ataque apendicular agudo.

Eso ocurría a finales de 1929. No era cubano, sino ruso, nacido en Moscú. Había venido en barco a Cuba con su esposa, huyendo de los campos de concentración franceses, y se estableció en una casa del Vedado.

En verdad pocos de quienes compartían los rudos trabajos de levantar la Carretera Central de Cuba conocían que se trataba de un militar del ejército del último Zar de Rusia, Nicolás II, piloto por más señas y, además, diplomático del gobierno zarista en Francia.

En ese país precisamente lo sorprendió el estallido de la Gran Revolución Socialista de Octubre y, para no caer en manos del gobierno francés, aliado del nuevo estado, tuvo que montarse en un barco y partir hacia otras tierras. Así llegó a Cuba y comenzó su historia de extranjero aquí.

Como era ingeniero civil, graduado en París, con el tiempo logró participar en la primera etapa de la construcción de la Carretera Central, obra que se inició en 1927.

Se llamaba Alexander de Bernard Kourakine, y era hijo de una princesa rusa. Fue piloto del Zar hasta que este fue derrocado por la Revolución de Octubre en 1917.

Tatiana de Bernard Heydrich, y su hermana Natalia, dos de las tres hijas que tuvo el piloto —nacidas en la capital de nuestro país, en la primera y segunda décadas del siglo XX— explicaron detalles de esta historia.

«Mi padre, Alexander de Bernard Kourakine, teniente de aviación de las tropas del Zar Nikolái Alejandrovich Románov, era hijo de la princesa rusa María Fiodorovna Kourakine y del marqués Eugenio de Bernard. Además de aviador, tenía un cargo importante en la embajada de Rusia en París, hasta el triunfo de la Revolución en su tierra», refiere Tatiana.

«Él —dice Natalia— estudiaba ingeniería y arquitectura en la Universidad de La Sorbona, en París. Había recibido la Cruz de San Vladimiro,una de las condecoraciones rusas más preciadas. Cuando triunfa la Revolución en 1917, Francia, aliada de Rusia, empezó a internar en campos de concentración a todos los rusos, considerándolos “traidores”.

«Nuestro padre —refiere Tatiana—, en 1917 conoció en París a mi madre, Hilda Heydrich Rouvier, y allí se casaron en octubre de ese año, dos veces el mismo día: por la Iglesia Ortodoxa Rusa, situada en la Rue Daru, a las 11 de la mañana; y a las 12 en el templo católico de Saint Ferdinando, en el aristocrático barrio de La Estrella.

«En 1918 viajaron a Cuba, donde nací yo ese mismo año, en el Country Club, frente al Laguito; y mis hermanas Natalia, en 1923, e Hilda, en 1924, esta última ya fallecida».

Alexander, el piloto, quien padecía de gastritis crónica y tenía una úlcera estomacal, se sintió mal a mediados de diciembre de 1929, cuando laboraba en uno de los tramos de la Carretera Central, y tuvo que ser traído a La Habana para ser operado. Ya había aprendido bien el español. Murió de peritonitis, luego de estar ingresado unos días, el 31 de diciembre de 1929, en la Clínica de Martínez Fortún, en una época en que aún no existían los antibióticos.

«Cuando él muere yo era alumna del colegio Washington Seminary, en Atlanta, Georgia, evoca Tatiana. Tenemos entre los recuerdos materiales de mi padre, un escudo grabado, un ícono, fotos de sus padres, cuadritos pintados por él, un retrato que le hizo el pintor cubano Miguel Ángel Melero (1887-1925) y su uniforme de aviador ».

Alexander, el piloto, tuvo buenos amigos en Cuba. Le gustaba el clima de la Isla y se llevaba muy bien con los obreros y los campesinos cubanos.

Era un hombre culto, que hablaba varios idiomas. Recordaba su patria, claro está, pero le tomó cariño a la tierra cubana. En cierto sentido sus pasos de constructor aún se deben sentir en algunos tramos de la Carretera Central que ayudó a construir.

ALAS DE ABEDUL EN LA ISLA

«Mis abuelos maternos vivían en París —cuenta Tatiana— fueron Amalia Rouvier Sánchez, hija de francés, y Roberto Heydrich Martínez, abogado hijo de un alemán y una cubana. Su papá hizo el acueducto de Matanzas. Y mis abuelos paternos tuvieron cuatro hijos, además de mi padre: Sonia, Oleg, Eugenio y Fiodor. El hijo de este último, que se llama igual, vive en Rusia».

Tatiana evoca que, a principios de 1926, en su casa —la de sus abuelos— en 23 esquina a 6, Vedado estuvo el cubano José Raúl Capablanca, campeón mundial de ajedrez entonces, procedente del torneo efectuado en Moscú del 10 de noviembre al 9 de diciembre de 1925. Venía de visitar a su abuela, la princesa María Fiodorovna, de quien habla el gran escritor ruso León Tolstoi, en su novela La guerra y la paz. El famoso ajedrecista cubano les trajo cartas y prendas a las nietas de la princesa Kourakine.

La familia Kourakine —descendiente de los Románov, provenientes a su vez de Rurik, fundador del imperio ruso y emparentada con Iván el Terrible y Pedro el Grande— tenían una de sus grandes mansiones sobre una colina, junto al río Serdoba, y su Palacio estaba en Protchistenka 17, Durnov número 9, en Moscú.

«Mi abuela materna, Amalia —apunta Natalia— se carteaba con mi abuela rusa. Y mi tío paterno Eugenio, ingeniero electricista, graduado en París, montó en Cuba los ingenios Los Palacios y Covadonga. También montó ingenios en Venezuela. «Mi tía paterna, Sonia —quien fuera maestra de idioma ruso en La Habana—, era amiga de los Hemingway. Siendo niña me llevó a verlo a Cojímar, pero él no estaba allí, sino su esposa. También mi tío Eugenio era amigo del escritor norteamericano. Cuentan que una vez tomando en El Floridita, el maletín de mi tío corría de un lado a otro de la barra, y ya de madrugada, a la hora de irse, se enteraron de que el maletín contenía unos cuantos miles de dólares, el pago de los obreros del central azucarero Los Palacios.

«Tío Eugenio se casó dos veces. La primera con María Teresa Goizueta (“Cuca”), quien ya murió. La boda fue en París. Ella pudo visitar Rusia antes de 1917. Eugenio fue quien echó a andar los tranvías en Santiago de Cuba, tuvo tres hijos, una de ellos se llama Tatiana como yo. El con el doctor José María Rodríguez González (“Benny”). «Él fue fundador de la escuela de medicina Victoria de Girón, creador de los Cuerpos de Guardia de los hospitales tuneros, campeón nacional de caza submarina, piloto y luchador clandestino contra la tiranía de Batista. El esbirro Sosa Blanco dijo en una ocasión que “al mediquito ese le iba a apretar el cuello hasta que echara aceite por los oídos». Ha sido el único médico velado en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, el 22 de mayo de 1967. «Como usted ve, mi hermana y yo descendemos de la realeza rusa —comenta Tatiana— pero somos cubanas legítimas. No obstante, nuestra familia entera siente un sano orgullo por la historia de papá.» segundo matrimonio fue con Victoria Saura, de Pinar del Río, la mamá de Sacha, quien vive en La Habana. Ella murió hace relativamente pocos años.

«También era muy amigo de Eugenio “el ruso” Yaborski, quien introdujo el ballet en Cuba. Murió pobre y abandonado en Santiago. «Mariana de Gonitch, la conocida profesora de canto, fue amiga de mis tíos y una escuela en La Habana lleva el nombre de ella. Otro de los hermanos de mi padre, Oleg, murió fusilado por los alemanes en la I Guerra Mundial. Pertenecía al servicio de contraespionaje.

«Yo me casé con el médico cirujano cubano Eugenio Torroella Martínez- Fortún, primer expediente de su curso, quien ganó la cátedra por oposición. Y mi hermana Natalia se casó con el doctor José María Rodríguez González (“Benny”).

«Él fue fundador de la escuela de medicina Victoria de Girón, creador de los Cuerpos de Guardia de los hospitales tuneros, campeón nacional de caza submarina, piloto y luchador clandestino contra la tiranía de Batista. El esbirro Sosa Blanco dijo en una ocasión que “al mediquito ese le iba a apretar el cuello hasta que echara aceite por los oídos». Ha sido el único médico velado en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, el 22 de mayo de 1967.

«Como usted ve, mi hermana y yo descendemos de la realeza rusa —comenta Tatiana— pero somos cubanas legítimas. No obstante, nuestra familia entera siente un sano orgullo por la historia de papá.