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martes, mayo 26, 2009

PALABRAS QUE VAN Y VIENEN

Una crítica
Por Celima Bernal (Juventud Rebelde)

Recibí una carta muy interesante:

«Señorita Celima Bernal, este mensaje es para comentarle sobre su sección de hace unos días cuando se refirió a la construcción francesa C’est beau.

«Yo acostumbro a leer su sección, más porque estudié Lenguas y me gusta siempre aprender (...), que porque me agrade leerla. Para serle sincero, (...) yo no simpatizo para nada con su estilo egocéntrico (porque muchas veces se limita a contar experiencias personales que a nadie más interesan) y autosuficiente (sobre todo cuando se mete en terreno de lenguas extranjeras, como es el caso que me motivó a escribirle). Pero bueno, como le dije, siempre se aprende, y yo me leo el periódico casi completo.

«Ahora bien (...) la frase C’est beau (que usted dice no entender qué le ven de bonito), la explicación es bien simple: Aunque la traducción literal sería precisamente esa, es decir, “Está bonito”, no debemos olvidar que casi nunca hay una correspondencia unívoca entre las palabras de dos idiomas diferentes. En este caso, simplemente la traducción más cercana podría ser: “Está bueno ya”, o “Está bien”, aunque creo que la que mejor ilustraría el estado de ánimo del hablante y la intención del mensaje más bien sería, simplemente: “Ya, ya!”, para calmar al afligido; pero eso usted lo menciona en el inicio de su comentario.

«Otra cosa que quizá le interese saber es que en algunos lugares del oriente del país (yo pensaba que era en todo el archipiélago, pero deduzco por su nota que no es así) en realidad se le dice “yayai” a la herida, sobre todo si deja cicatriz o marca. Es decir, los niños no identifican al golpe como tal, y mucho menos al dolor, sino a la herida dejada por el golpe o la caída (mucho más frecuente).

«Aunque no creo que vaya a comentar mi nota en su sección (o quién sabe, a lo mejor me sorprende y publica una opinión donde la critiquen, para variar, porque hasta el día de hoy las únicas que he leído son las que la ensalzan y glorifican), le ruego que si lo hace, omita mi nombre. No porque tenga miedo o algo por el estilo, sino simplemente porque no me gusta atraer la atención sobre mí (...). Reciba un cordial saludo. (...)».

No me escandaliza nada. Créame que le agradezco la molestia de escribirme. He aprendido con usted, y me parece que los lectores también. Siempre que recibo una crítica, la publico; pero a las personas, generalmente, les disgusta censurar con acritud. Cuando emiten una opinión diferente, lo hacen con amabilidad, y no me tratan tan duramente. Además de su explicación, muy útil, oí decir a Teresa Cárdenas, la escritora amiga, que la palabra yaya procedía del lucumí.

Comprendo que estén cansados de leer mis anécdotas, la causa no radica en mi egocentrismo; es que no encuentro otras. Sin ironías, lo juro, envíeme algunas suyas, relacionadas con el lenguaje. Este ruego lo hago extensivo a los demás amigos, será más fácil para mí redactar estas líneas, sin tener que andar registrando en los casi 74 años que he vivido.

En cuanto a citar vocablos de otros idiomas; puede estar convencido de que jamás lo he hecho con la intención de que me imaginen políglota. Me encargo siempre de advertir que apenas hablo el mío.