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martes, enero 20, 2009

CRISTIANISMO Y REVOLUCION DE LA MANO

El Reverendo Pablo Odén Marichal, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y secretario ejecutivo del Consejo de Iglesias de Cuba, recibe a Trabajadores

Por Yohanna Torres y Maylenis González (Trabajadores)
Foto: José Raúl Rodríguez Robleda

Como un escritor de historietas, capitula escenas de su memoria. Recuerda los nombres de antes y después. Teje las fechas, repasa ideas, nos invita a sortear peripecias. Discretamente se emociona y ofrece disculpas, porque las cajas con libros que donará a una biblioteca no han dejado asiento libre.

Conversamos casi cuatro horas y no alcanzó el tiempo para repasar todos los senderos.

¿Qué camino ha recorrido Pablo Odén Marichal?

“Los cubanos casi nunca vivimos donde nacimos. Yo soy de Esmeralda, un pueblo de Camagüey. Vivimos en una finca cerca del poblado y más tarde nos mudamos a este para poder estudiar, porque en el campo no había escuelas.

“Cuando el golpe de Batista, todo empeoró. Tuvimos que recesar las clases y ¡a trabajar! Me hice aprendiz de zapatero y luego fabriqué guantes para cortar caña. Alternaba esas labores y pasaba en ellas todo el día, pues los salarios eran muy bajitos.

“Gracias a vecinos y amigos reanudé mis estudios e ingresé en el Instituto de Morón y luego en el Seminario. Desde la escuela ayudaba a mi familia con los pesitos que ganaba barriendo los patios”.

¿Usted mantuvo algún contacto con el movimiento de protesta social que se gestó durante los años posteriores al golpe de Estado de 1952?

“Con 14 años me afilié a la juventud del Partido Ortodoxo y cuando las acciones del 26 de Julio, los muchachos de la iglesia episcopal de Esmeralda, que pertenecíamos al Movimiento, participamos en ellas.

“En mi célula me asignaron algo sencillo: tenía que colocar una bandera del 26 en el asta del Banco. Mi hermano mayor, que era dirigente del Movimiento, no sé cómo se enteró y me dijo: ‘Oye, ya no se va a poner la bandera ahí’.

“Yo me hice el bobo: ‘¿Cuál bandera?’. Pero él enfatizó: ‘La bandera’. Solo pude balbucear: ‘Ah, está bien, no se va a poner…’ “Y no la colocaron. Todavía cuando voy a Esmeralda los compañeros de aquella época bromean conmigo por eso.

“Ya en Morón sí me tocó una tareíta más o menos continua de recoger, guardar y entregar paquetes a militantes del 26 o de tirar un boletincito con el mimeógrafo del templo. Cosas que pueden parecer simples ahora, resultaban muy peligrosas ante un posible delator.

“Después me vinculé a la Federación de Juventudes Evangélicas de Cuba (FEJECU). La experiencia de esos años resultó muy provechosa porque fue en ese grupo (metodistas, bautistas y episcopales) en donde se produjo una primera confrontación de ideas, respecto al carácter comunista o no del proceso revolucionario”.

¿Entraron en contradicción los principios de su formación cristiana con los presupuestos de la Revolución?

“En la iglesia y en la escuela no tuve formación cristiana, sino anticomunista. Si alguien me forjó como revolucionario y cristiano fue la congregación de Esmeralda, una comunidad muy pobre. O los jóvenes miembros de la Juventud Ortodoxa o los del Partido Socialista Popular (PSP) en las reuniones de estudio que preparaban. Sin olvidar al Movimiento Ecuménico, por supuesto, y a mi madre, que me educó políticamente escuchando a Chibás todos los domingos.

“Una vez en el Seminario, mi preparación cristiana mejoró mucho, pues tuve excelentes profesores. Aquí rescatamos a la FEJECU y organizamos el Movimiento Estudiantil Cristiano, muy de izquierda, por lo que nos relacionamos con todo ese sector de Europa del Este y de América Latina.

“No hicimos revolución en el gobierno o desde las instituciones políticas y gubernamentales, sino desde nuestras filas. Vino la polarización y muchos se fueron. Representó una pérdida tremenda, porque si toda aquella buena gente, con un compromiso tremendo de fe y revolucionarios, no se hubiera marchado, la derecha no habría ganado los espacios que hizo suyos en este medio.

“Aquel obispo mexicano, gran amigo nuestro, Sergio Méndez Arceo, siempre decía que entre cristianismo y revolución no había contradicción. Con las ideas de Cristo de amor, de paz, de fraternidad y de justicia, no la hay, lo ha expresado Fidel.

“Algunos creen que los cristianos no estaban preparados para el socialismo. En Cuba nadie lo estaba. Quizás un grupo pequeño del PSP, pero hablando de pueblo, no. Si era así, ¿por qué unos renegaron de la Revolución y se fueron, y otros, la inmensa mayoría, la abrazó y está aquí? Considero que fue una opción de clase.

“Las personas que se iban pertenecían a las iglesias más solventes y ricas. Se dio un problema sociológico. La jerarquía eclesial, representante de la burguesía, chocó con los cambios. A sus miembros les expropiaron sus casas con la Ley de Reforma Urbana, las tierras con la Reforma Agraria, las industrias con las nacionalizaciones. Hablamos de una clase que se vio afectada y no favorecida.

“Nosotros, un Raúl Suárez, un Sergio Arce, un Juan Ramón de la Paz y otros tantos, permanecimos mal vistos porque éramos religiosos; y fuimos segregados dentro de la iglesia por ser revolucionarios. Errores que hemos cometido como Revolución, pero que venimos resolviendo. Sin embargo, ha existido una discriminación más articulada dentro de la iglesia, contra los creyentes que son revolucionarios”.

¿Qué posición toma usted ante actitudes como esas?

“La génesis de toda discriminación es que una persona se sienta superior a otra y termine creyendo solo en su verdad. Los revolucionarios tenemos la misión de escucharnos, de comprendernos.

“Nadie, y mucho menos el que haya sufrido la experiencia de la discriminación, debe arrogarse la potestad de practicarla. En ese sentido, los cristianos no podemos perder tampoco nuestra memoria histórica.

“Pienso que los homosexuales, por ejemplo, tienen pleno derecho como seres sociales que son. Hay quienes argumentan su homofobia con el texto bíblico, donde se condenan las relaciones desordenadas. Pero también es importante recordar que más adelante se aclara que Jesús ‘venía por los pobres, los pequeñitos, los enfermos y los débiles’. Aquellos que se escandalizan con una relación homosexual, ¿por qué no lo hacen por los millones que padecen enfermedades y miserias?

“Y esta no es solo una posición de las iglesias. Existen cientos de personas que se rehúsan a aceptar al otro. Considero vital la labor que realiza el grupo del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), pues ellos están recorriendo el camino más espinoso y largo, y el más gratificante: el de la educación a las instituciones y a la población, en pos de construir una sociedad que abogue por el respeto a lo diverso.

“Claro, este asunto de la discriminación no se reduce a los homosexuales y a los revolucionarios. Pensemos en la diversidad racial y en las religiones afrocubanas. Aquí opto por dialogar con todos los creyentes.

“Los cristianos convertimos a latigazos a miles de sujetos de piel negra. Ellos, para preservar sus creencias, las sincretizaron con las nuestras. Entonces, somos responsables de que necesiten nuestro bautismo y a mí me parece inmoral negarlo. Por eso, si un santero lo desea, yo lo complazco”.

¿De qué manera se funde en usted la condición de creyente con la de revolucionario?

“Mira, yo soy diputado a la Asamblea y la gente me ha preguntado, ‘oye, ¿por qué tú no eres miembro del Partido?’ Resulta que en el Evangelio encuentro tantas motivaciones para luchar por la justicia, la paz y la equidad, como un comunista en su sistema de ideas sociales. Los valores que yo abrazo están en los textos, ya sean marxistas o cristianos, y también en los seres humanos.

“Tuve llamados a traicionar a la Revolución y al pueblo y a irme y vivir bien, hasta en medio de las crisis. Las castas sacerdotales en los países capitalistas son estables y muy bien pagadas. Nunca sentí la vocación ni tuve el coraje de traicionar a la gente que confiaba en mí”.