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jueves, octubre 09, 2008

UN ITALIANO INVENTO EL TELEFONO EN CUBA

Por Héctor Arturo (CubAhora)

El de Carlos Juan Finlay no fue el único caso en Cuba en el que un habitante del país era despojado del reconocimiento de sus descubrimientos por parte de autoridades judiciales de Estados Unidos.

Al sabio Finlay se le trató de escamotear durante mucho tiempo que haber sido el verdadero descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla, el Aedes aegypti, a pesar de que para demostrar sus teorías puso en riesgo su propia vida y la de sus seres más queridos.

Un médico militar yanqui, durante años, fue presentado con tales méritos, hasta que la verdad se abrió paso y el científico cubano ocupó su lugar en la Historia de las Ciencias, reconocido por toda la humanidad.

Algo similar ocurrió con el italiano Antonio Meucci, único y verdadero inventor del teléfono, quien por demás realizó en La Habana el famoso descubrimiento de trasmitir la voz a distancia mediante la corriente eléctrica.

Nacido en la ciudad italiana de Florencia, en 1808, Meucci se desempeñó como aduanero, al tiempo que cursaba estudios de Ingeniería Mecánica y matriculaba en la Academia de Bellas Artes.

Contratado como tramoyista por el Teatro de La Pérgola de Roma, ideó un sistema que permitía a los trabajadores comunicarse entre ellos a ciertas distancias, así como otros aparatos que facilitaban las labores en los escenarios.

En la década de los años 1830, Meucci se trasladó junto a su esposa hacia la capital cubana, para ocupar una plaza en el Teatro Tacón, en Prado y San Rafael, el mismo sitio que hoy ocupa el Gran Teatro de La Habana.

Aquí continuó con su pasión por los experimentos y un buen día, mientras trataba la enfermedad de un amigo mediante choques eléctricos, se percató de que escuchaba la voz de éste desde otra habitación, a través de los cables de cobre que unían ambas recámaras.

Toda la década siguiente la dedicó Meucci a perfeccionar su invento, con el cual viajó a Nueva York en busca de mercado.

La artrosis deformante que padecía su esposa lo llevó a crear una conexión fija entre su laboratorio, enclavado en el sótano del inmueble y el cuarto que ocupaban en el segundo piso.

En 1855, Meucci perfeccionó su invento con una caja de jabón y un diafragma metálico, lo cual le permitió ampliar sus dispositivos a otras habitaciones, conectadas al taller donde laboraba en una edificación contigua.

Cinco años después envió a Italia su descubrimiento, pero ningún empresario se interesó en fabricarlo ni en financiarlo, lo que ocasionó que el genio quedara en la más absoluta pobreza, que varias veces lo llevó a la idea de vender los derechos de su invención.

Meucci presentó su proyecto a un diario neoyorquino de lengua italiana, que lo apoyó para realizar demostraciones públicas, con el fin de atraer a inversionistas, que pudieron escuchar con absoluta claridad la voz de un cantante italiano a través del aparato.

En 1871 el italiano quedó postrado durante cierto tiempo en un hospital, debido a las graves quemaduras sufridas en la explosión del vapor Westfield, en el cual navegaba hacia Nueva York.

En ese lapso, su esposa vendió por seis dólares los numerosos prototipos de Meucci, incluido el teléfono. Cuando su esposo trató de recuperarlos, el comprador de artículos usados le respondió que un "joven desconocido" se los había comprado.

Incansable, Meucci se dedicó a reconstruir y perfeccionar su invento antes de que alguien lo patentara y ese fin de año, con 20 dólares recaudados en una colecta entre sus amistades, se presentó en la Oficina de Patentes de Nueva York, donde depositó una inscripción preliminar del "teletrófono", la cual requería ser renovada anualmente.

Así lo hizo en 1872 y 1873. Sin embargo, al siguiente año no consiguió los 250 dólares que ya le reclamaban para el engorroso trámite.

Pero Meucci cometió en 1872 el error de confiar en la honestidad de la Western Union Telegraph Co., a cuyos directivos mostró su "teléfono parlante" con todas las especificaciones.

Comenzó entonces a recibir constantes evasivas de esos personeros, quienes dos años después le dijeron que habían perdido sus muestras y papeles.

En 1876, el norteamericano Alexander Graham Bell presentó la patente del teléfono como de su invención. Casualmente, Bell laboraba en la Western Union, con cuyos directivos los burócratas de la Oficina neoyorquina de patentes tenían magnificas relaciones.

Sencillamente le explicaron que los documentos de su patente provisoria se habían extraviado y Meucci decidió denunciar la situación ante los tribunales.

Comenzaron las numerosas vistas de amañados juicios de Meucci contra Bell. En 1886 el Fiscal mostró suficientes pruebas a su favor y Thomas Alba Edison escribió una carta al juez en defensa del inventor italiano.

Pero el jurado falló en su contra, debido a la cuantiosa fortuna que ya acumulaba Bell y a los prejuicios aún vigentes contra los inmigrantes.

Meucci falleció ese mismo año y aún en las escuelas se enseña a los niños que el inventor del teléfono es el usurpador yanqui Graham Bell y no el inquieto italiano.

Sin embargo, a más de un siglo de aquella patraña, el Congreso de Estados Unidos se vio obligado a aprobar por unanimidad el reconocimiento a Antonio Meucci como verdadero inventor del teléfono.

El congresista italo-norteamericano Vito Fossella presentó la moción, en la cual se condenaba el fraude de Graham Bell y se reconocía el "trabajo de Antonio Meucci en la invención del teléfono, 16 años antes de que Bell lo patentara".

Pésimo como empresario, sin contactos en las altas esferas, carente de recursos financieros, inmigrante y desconocedor del idioma, Antonio Meucci fue, sin embargo, un genial inventor y luchador incansable por recibir los honores que él y nadie más merecía por haber descubierto algo capaz de revolucionar a la humanidad.