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jueves, mayo 15, 2008

REVELACIONES SOBRE LA MUERTE DEL MAYOR GENERAL IGNACIO AGRAMONTE

Una investigación, a 135 años de su caída en combate, revela que no hubo en El Mayor asomo de capricho, sino convicción y arrojo

Por Mario Cremata Ferrán, estudiante de Periodismo, (Juventud Rebelde)

Como ha sucedido con otras grandes figuras de la Revolución —Martí, por ejemplo—, sobre las circunstancias de la caída en combate del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz, existen disímiles interpretaciones, insinuaciones y tergiversaciones más o menos descabelladas. Ha sido tildada indistintamente de inoportuna, imprudente, absurda, caprichosa, oscura y misteriosa.

Triste es que hombres de prestigio incurrieran en la tentación de evaluar superficialmente lo acontecido en Jimaguayú el 11 de mayo de 1873, y censuraran la actitud última del Bayardo.

Algunas opiniones, ora transmitidas verbalmente por los propios enjuiciadores, ora reflejadas en la prensa por mediación de terceros, apuntan a que no debe tenerse a Jimaguayú como «la gran contienda», o acción de guerra «de las buenas».

La posición del mando español y la prensa integrista ante la catástrofe no nos sorprende. La mayoría de los partes de guerra que emitió la corona durante las dos contiendas, se caracterizaron por la distorsión que, ex profeso, hacían los altos oficiales de todo lo relativo a las acciones. Esta intención se mantendría también en las casi seis décadas de República.

Sin embargo, sí nos extraña que Ramón Roa, quien fuera ayudante y secretario particular de Agramonte, se refiriera al destino de los generales cubanos como «misterioso», pues a su entender, «¡Casi todos cayeron en acciones que han sido poco más que escaramuzas!». Resulta paradójico que quien eso escribió, fuera entonces de los pocos sobrevivientes de aquel día.

Desde Cayo Hueso, Estados Unidos, su compañero de armas Serafín Sánchez se refirió a la «...inesperada y hasta imprudente muerte de Agramonte, (quien) no debió dejarse llevar de su impetuoso brío de guerrero y entrar en la acción de Jimaguayú como un simple soldado de fila, puesto que su carácter de Primer Jefe le ordenaba militarmente lo contrario de lo que desgraciadamente hizo».

De igual forma Manuel Sanguily, cuando se conmemoraba el primer aniversario, sembró la duda al condolerse de aquellos a los que el destino reservó «...una muerte trágica y obscura, entre la angustia y la zozobra, olvidados del mundo y abandonados vergonzosamente por sus mismos hermanos...».

Este criterio parece sustentar la tesis, desmentida, de que fue víctima del fuego de sus armas, o que un cubano que frecuentaba a los españoles, una vez incorporado a las fuerzas insurrectas, descargó un revólver en su espalda.

El General Bartolomé Masó achaca el desenlace fatal a «...su voluntad y capricho, separado de sus bravos, solo pues, erguido en su caballo...»; como si aquella hubiera sido la única vez en que él se abalanzara sobre sus contrarios en primera fila, y por esa razón le estaba «garantizada» la descarga que acabó con su vida.

En su obra Iniciadores y primeros mártires de la Revolución Cubana (1901), Vidal Morales, quien tampoco fue testigo ocular de los hechos, asegura que fue «víctima de la audacia y de su propia imprudencia...».

¿Qué impulsó a Ramón Roa a considerar esta acción como una «escaramuza»? ¿Por qué Manuel Sanguily, Bartolomé Masó, Vidal Morales o el propio Serafín Sánchez fueron tan severos al referirse a la voluntad del hombre que, ciertamente, tanto respetaron e incluso veneraron?

Nunca lo sabremos. Los hombres, criaturas imperfectas al fin, cometemos equivocaciones. Pero no corresponde y tampoco interesa al que esto escribe, censurar conductas pasadas sobre episodios también lejanos en el tiempo. Estaríamos cometiendo similar error.

Para reconstruir y esclarecer lo que realmente sucedió el 11 de mayo de 1873, acaba de ser publicado el libro Ignacio Agramonte y el combate de Jimaguayú (Editorial de Ciencias Sociales, 2007), fruto de un empeño que reunió a siete especialistas*, y que constituye un hito en nuestra historiografía, porque es, presumiblemente, la primera vez que un equipo multidisciplinario se concentra en el estudio de una acción combativa.

Unas y otras posturas son reflejadas, en busca de la diversidad de criterios y fuentes, y se utilizó lo disponible en archivos españoles gracias a la donación del arqueólogo Javier Navarro Chueca.

¿CÓMO SUCEDIERON LOS HECHOS?

Se dice que el Brigadier Valeriano Weyler y Nicolau —quien más tarde fuera Capitán General de la Isla— entonces al frente de los destinos de Puerto Príncipe, juró vengar los descalabros sufridos días antes por su ejército en el fuerte de Molina y Cocal del Olimpo, donde lamentaron 46 muertos a machetazos.

Para garantizar el éxito de la operación, Weyler envió una columna fortísima y bien dotada, al frente de la cual comisionó al teniente coronel José Rodríguez de León.

El Potrero de Jimaguayú formaba un trapezoide de más de 30 caballerías de un terreno, en su mayoría, sembrado de hierbas de guinea que se levantaban bien tupidas por más de dos metros.

Estas cubrían a un hombre a caballo e imposibilitaban divisar la infantería, elemento que, unido a los muchos arroyos que dificultaban el paso de la caballería, conspiraba también contra nuestras tropas.

La investigación pone en claro que el combate —se prolongó por casi una hora— tuvo varias etapas no exentas de contratiempos para la parte cubana, que se encontraba dividida, y en gran medida incomunicada.

Llegado el momento, Agramonte envió la orden de retirada, pero esta se sabría tarde. A última hora, se adelantó al puñado de jinetes que le acompañaban, y fue cuando un grupo de tiradores, camuflados entre la hierba alta, le dispararon a corta distancia, de frente y desde abajo, impacto que lo derribó de su caballo Ballestilla.

«Un proyectil lo alcanzó en la sien derecha, le salió por la parte superior del parietal izquierdo y le causó la muerte instantáneamente», según el examen forense, que permitió elaborar un acta de reconocimiento médico.

Sus subordinados, creyéndolo inmortal, se resistían a darlo por cierto. Sobre el impacto de la noticia en la oficialidad, apuntan los autores: «Todo parece indicar que sumidos en el más profundo estupor, ni Henry Reeve ni Serafín Sánchez ni ningún otro jefe cubano atinó a disponer nada por confirmarla ni por intentar rescatar de inmediato el cuerpo del héroe camagüeyano».

Cuando ya el enemigo había partido, el capitán Serafín Sánchez, con un grupo de hombres, recorrió durante tres horas el sitio, casi «a sabiendas» de que la búsqueda sería infructuosa.

Se toparon con el cuerpo del teniente Jacobo Díaz de Villegas, ayudante de El Mayor, y se apresuraron a darle sepultura. Lo que no intuyeron fue que a solo 300 metros yacía el cuerpo de su jefe.

Ya avanzada la tarde, Rodríguez de León fue enterado de que un soldado de la tropa había ocupado a un sujeto varios documentos y prendas que identificaban a Agramonte, y que el detenido confesó haber robado de un cadáver. El español mandó traer enseguida el cuerpo.

Además del tiro mortal —así consta en el acta—, se encontraron dos heridas de arma blanca en la parte anterior y media del cuello, y en el segmento superior del hueso coronal, proferidas, seguramente, por aquel bárbaro que ultrajó y despojó de sus pertenencias al héroe sin vida, en la desesperación de quien se sabe culpable por lo denigrante de la acción que comete.

EL MITO SOBREVIVE

En la mañana del día 12 llegó a Puerto Príncipe el cuerpo, donde «fue paseado por algunas de sus calles en medio de la algazara de los voluntarios y exhibido al público en una esquina del corredor de entrada del hospital de San Juan de Dios», como relata el texto.

Sobre las cuatro de la tarde las autoridades de la ciudad, temerosas de una revuelta por la connotación del mártir, condujeron en la más absoluta discreción el cadáver hacia el Cementerio General de Puerto Príncipe, donde procedieron a la cremación, empleando dos carretas de leña mojada con petróleo.

«De boca en boca y de libro en libro ha corrido desde entonces la fábula de que sus cenizas se esparcieron y el viento hizo el resto. En verdad, para reducir a polvo un cadáver se precisa de un horno a temperatura muy superior, y por eso la hipótesis manejada en el libro de que los restos fueron enterrados en fosas comunes», explicó el Doctor Roberto Pérez Rivero, uno de los especialistas involucrados.

Una carta que escribiera el 30 de septiembre de 1891 el general Máximo Gómez a Amalia Simoni, viuda de Agramonte, da cuenta de que un año después de la muerte de El Mayor, se enterró en el sitio una botella que contenía «un acta fúnebre con la fecha y los detalles del fatal suceso».

El Generalísimo ordenó que cada miembro del Ejército Libertador allí presente arrojase una piedra para marcar el sitio. Idéntica determinación tomó en 1896, en Dos Ríos, donde un año antes cayera José Martí.

Como parte de la investigación, se hizo una intervención arqueológica para ver si aparecía la botella, «y en torno al obelisco se aplicó la moderna técnica del georradar, pero nada resultó. Intuimos que durante la excavación para fijar la base del monumento que allí se inauguró en 1928, nadie reparó en ella y fue destruida», detalló Pérez Rivero.

«De cualquier manera, sí sabemos que lo ocurrido no fue el saldo de una terquedad, sino un riesgo que corre cualquiera que permanezca en un escenario bélico; más aún tratándose de un guerrero principal. Esto tiene mucho que ver con que siempre nos hemos enfrentado a un enemigo muy superior en número de efectivos y avituallamientos, y una de las maneras a las que se acudió para compensar esa desproporción fue a la prueba del factor moral, cuyo componente esencial ha sido el ejemplo personal de los jefes», asegura.

Ignacio Agramonte, el intrépido Mayor General, cuyas órdenes eran acatadas sin protesta por sus hombres fieles; el estratega militar de excepción que se formó sobre la marcha y exigía con el ejemplo; el mismo hombre de dos grandes amores, por los cuales peleó sin desmayo; el gallardo de la caballería inigualable, intransigente solo cuando veía amenazado el orden; el temerario caudillo que provocó la cólera de España y hacía temblar a su adversario aun después de muerto, era un joven de solo 31 años.

En el curso de la historia patria no ha sido el único que hizo tanto en tan poco tiempo. Imaginemos, por qué no, a aquel muchacho de rostro noble pero enérgico a punto de lanzarse sobre los españoles con el machete iluminado y filoso, arengando a sus hombres, las más de las veces en total penuria, para levantar sus ánimos en bien de Cuba. O cuando a escasos pasos del enemigo ocupaba las primeras posiciones, no porque quisiera demostrar que un Mayor General mambí nunca permanecía a buen resguardo en el fragor del combate mientras los subordinados se batían como fieras, sino porque entendía que el arrojo, era para él un deber.

Los que amamos la historia tanto como a Cuba, no ignoramos que este libro —resultado de una investigación acuciosa y paciente—, llega a tiempo para reforzarnos la idea de que no hay en la vida ninguna verdad absoluta y sí mucho de azar. No vemos a Jimaguayú como mero «tiroteo», acto absurdo, y mucho menos oscuro, sino como sinónimo de gloria y de necesidad.

* El equipo, encabezado por el Doctor Raúl Izquierdo Canosa, presidente de la Unión de Historiadores de Cuba y del Instituto de Historia de Cuba, lo integraron, además, los doctores Ángel Jiménez González y Roberto Pérez Rivero; los másteres Elda Cento Gómez y Ricardo Muñoz Gutiérrez; el ingeniero Jesús Ignacio Suárez Fernández y el licenciado José María Camero Álvarez.